Tras el fallecimiento de su hermana, Barroso decidió crear la asociación La Luz de Laura en su memoria, para que “su recuerdo estuviera presente en este trabajo”
A sus 50 años, Lucía Barroso compagina su trabajo como auxiliar de enfermería en Huelva con una vocación que ocupa buena parte de su vida: rescatar, cuidar y ofrecer una segunda oportunidad a perros mayores, enfermos o con necesidades especiales, sobre todo de pequeño tamaño. Desde 2016 lo hace a través de la asociación protectora La Luz de Laura, creada en memoria de su hermana.
En una propiedad acondicionada con pequeñas casas para los animales, atienden habitualmente entre 21 y 25 perros. Muchos tienen 15 o 16 años; otros padecen enfermedades, ceguera, miedos extremos o secuelas de abandono. El objetivo no es acumular rescates, sino devolverles estabilidad, cuidados, tratamiento veterinario y, sobre todo, una vida digna.
¿Cómo empezó esta relación tan intensa con los animales?
Siempre me han gustado, pero desde hace años me han dado una pena especial los perros mayores, los que nadie quiere, los que son abandonados cuando empiezan a dar problemas o necesitan más cuidados. Al principio ayudaba de manera puntual, colaboraba con personas que recogían animales o acogía algún perro. Pero irme a vivir a una zona donde empecé a encontrar muchísimos animales abandonados me cambió. No tenía que ir al campo ni buscar casos: simplemente salía de casa y aparecían perros en mal estado. Ahí fue cuando empecé a implicarme mucho más. Buscaba casas de acogida, pagaba residencias, intentaba moverlos en redes. Durante muchos años lo hice como particular, hasta que la actividad fue creciendo y vimos que necesitábamos organizarnos mejor.
En 2016 nace La Luz de Laura. ¿Por qué ese nombre?
Por mi hermana Laura, que falleció. Quise que la asociación llevara su nombre y que, de alguna manera, su recuerdo estuviera presente en este trabajo. La Luz de Laura es una asociación protectora. No tenemos un gran refugio como pueden tener otras entidades, pero yo tengo una propiedad, un campo, y cedí aproximadamente mil metros para los perros. Allí hicimos tres casitas pequeñas y hemos ido adaptando el espacio. Eso nos da estabilidad porque no dependemos de un alquiler. Intentamos que los perros estén bien, tranquilos, con sus camas, zonas donde descansar y una atención individualizada. Nuestro límite suele estar entre 21 y 25 animales. No queremos recoger más si eso significa atenderlos peor.

¿Cuál es hoy la verdadera especialización de La Luz de Laura?
Sobre todo los perros mayores y, dentro de ellos, muchos perros pequeños. Aquí tenemos animales de 15 y 16 años. También llegan perros enfermos, con problemas de piel, alimentación, ceguera, miedo extremo o distintas patologías. Son precisamente los animales que más difícil lo tienen para encontrar una familia. Un cachorro sano tiene muchas más opciones; un perro de 15 años, con tratamiento y que quizá se hace pipí en casa, tiene muchas menos. Nosotros intentamos estar ahí. Trabajamos sobre todo con perros pequeños porque soy yo quien lleva gran parte del cuidado diario y físicamente no puedo hacerme cargo de muchos perros grandes. Tenemos algunos, pero la mayoría son de tamaño pequeño. Lo fundamental es que, aunque sean viejos o estén enfermos, puedan vivir con dignidad.
¿Qué significa exactamente “darles una vida digna”?
Significa que un perro que ha sido abandonado a los 14 o 15 años no tenga que pasar sus últimos meses o años solo, asustado o encerrado. Significa llevarlo al veterinario, hacerle analíticas, tratarle la piel, la alimentación o la enfermedad que tenga, ponerle una cama, mantenerlo limpio, darle una rutina, afecto y tranquilidad. A veces no podemos curar todo, porque la edad y algunas enfermedades están ahí, pero sí podemos conseguir que viva bien. Para mí eso es muy importante. Muchos llegan completamente desorientados porque han pasado toda su vida con una persona y, de repente, esa persona desaparece o la familia decide que ya no quiere hacerse cargo. Ellos no entienden nada. Nuestro trabajo es intentar que vuelvan a sentirse seguros.
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¿Es frecuente que las familias renuncien a un perro cuando envejece?
Muchísimo. Tenemos muchos casos en los que fallece la persona que cuidaba al perro y la familia no quiere hacerse cargo de él. Pero también ocurre algo todavía más duro: el tutor sigue vivo y simplemente ya no quiere al animal porque se ha hecho mayor. Empieza a hacerse pipí dentro de casa, aparece una demencia leve, tiene algún problema digestivo, ladra cuando se queda solo o necesita medicación y, de pronto, se convierte en un problema. Eso sucede muchísimo. Algunas personas además no te cuentan la verdad. Dicen que están enfermas o que no pueden cuidarlo y luego descubrimos que el motivo real es que el perro requiere más atención. Para mí, precisamente cuando envejece es cuando más responsabilidad tenemos con él.
¿Cómo llegan emocionalmente esos animales?
Algunos llegan muy mal. Los primeros días lloran, ladran, buscan a su persona, están inquietos. Han vivido durante diez, doce o quince años en una casa y, de repente, todo desaparece. Imagínese lo que debe significar para ellos. Nosotros intentamos no forzar nada. Les damos su espacio, su cama, una rutina estable y tiempo. Poco a poco empiezan a tranquilizarse. Hay un momento que para mí es muy especial: cuando ves al perro que llegó totalmente angustiado dormido tranquilamente en su cama. Entonces piensas que por fin ha entendido que allí nadie le va a echar. Y muchas veces te preguntas qué problema tan grave podía tener ese animal para que una familia decidiera desprenderse de él.

Uno de los casos que mejor explica vuestra labor es Bubu. ¿Qué ocurrió con él?
Bubu llegó con unos 15 años. Es un perro muy pequeño, de unos tres kilos y pico, parecido a un cruce de yorkshire. Nos escribieron diciendo que, por determinados problemas, ya no podían atenderlo. Nosotros siempre pedimos vídeos porque para nosotros es fundamental saber cómo se relaciona el animal con otros perros. En el vídeo había algo que me llamó la atención. Yo lo paraba y veía que parecía tener algo colgando de la barriga. Pensé inmediatamente que había algo que no nos estaban contando. Dije que teníamos que recogerlo. Cuando llegó fue directamente a nuestra clínica veterinaria de referencia y la veterinaria me llamó para decirme que el perro venía muy mal, con bultos, problemas importantes de piel y señales de no haber recibido los cuidados necesarios.
¿Cómo está Bubu ahora?
Muchísimo mejor. Le hicieron analíticas y todas las pruebas necesarias. Nuestra veterinaria sabe que puede hacer lo que considere necesario porque no tiene sentido rescatar un animal y después no darle tratamiento. Bubu tenía problemas de alimentación y de piel, y con el tratamiento ha mejorado mucho. Es además un perro buenísimo, muy cariñoso. Sí, se hace pipí algunas veces, pero eso no justifica abandonar a un animal. Si hace falta, se le pone un pañal, se intenta trabajar el hábito, se limpia y ya está. Son cosas que forman parte de cuidar a un perro mayor. Lo importante es que ahora está atendido, está tranquilo y tiene una vida completamente distinta de la que llevaba cuando llegó. Eso resume bastante bien lo que intentamos hacer.
¿También atienden perros con enfermedades o discapacidades que hacen muy difícil su adopción?
Sí. Tenemos casos que probablemente nunca saldrán adoptados porque necesitan familias muy especiales. Coral, por ejemplo, lleva con nosotros unos siete años. Es una perra con miedos extremos que fue rescatada con una jaula trampa y prácticamente solo se deja manipular por mí. Tiene su propia casita y necesita vivir de una manera muy concreta. También tenemos a Bunco, un mastín de 92 kilos que es ciego. Son animales que no puedes ofrecer a cualquier familia. Si aparece la persona adecuada, perfecto, pero si no aparece, nosotros debemos asumir que ese perro puede quedarse aquí toda su vida. Por eso ponemos límites al número de animales que recogemos. Cada rescate puede convertirse en un compromiso de muchos años.
¿Cómo gestionan las peticiones de ayuda?
Durante mucho tiempo prácticamente lo hacía todo yo y llegó un momento en que era imposible. Soy sanitaria y tengo descansos que me permiten dedicar muchas horas a los animales, pero el teléfono no paraba. Finalmente decidimos centralizarlo todo por correo electrónico y he tenido que delegar. María se ocupa especialmente de revisar los mensajes y ayudar con gestiones y publicaciones. Nos escribe muchísima gente: familias que ya no quieren o no pueden hacerse cargo de su perro, personas que encuentran animales abandonados, voluntarios y gente vinculada a perreras. Intentamos aprovechar cada adopción para liberar una plaza y poder ayudar a otro perro. Hemos sacado animales de perreras de Huelva, Sevilla, Córdoba e incluso de lugares mucho más alejados.

También ha rescatado algunos perros grandes de perreras.
Sí, aunque tenemos que ser muy prudentes porque nuestro espacio y nuestra capacidad están orientados sobre todo a perros pequeños. Hace poco sacamos a dos perras grandes, una malinois y una cruzada de mastina. Una de ellas llevaba tres años y medio encerrada en una perrera. Pregunté expresamente por una perra que llevara mucho tiempo allí y que fuera compatible con otros perros. Cuando me dijeron que llevaba tres años y medio, pensé que había que sacarla. Hoy está aquí, ha engordado, se relaciona bien, pasea bien con correa y es una perra buenísima. A veces ves esos animales y no puedes comprender qué motivo llevó a alguien a abandonarlos. Ese es uno de los aspectos que más me cuesta aceptar.
¿Qué ha aprendido sobre el abandono después de tantos años?
Que muchas veces tratamos al animal como si fuera un objeto. Mientras es cachorro, hace gracia, juega con los niños y todo parece perfecto. Cuando crece, rompe algo, necesita educación o empieza a enfermar, algunas personas se cansan. Con los mayores ocurre todavía más: mientras no molestan, siguen en casa; cuando necesitan medicación, pañales, más paciencia o atención veterinaria, dejan de resultar cómodos. Y un animal no funciona así. Tener un perro significa asumir toda su vida, también la vejez, la enfermedad y las etapas difíciles. Afortunadamente, también conocemos a personas maravillosas, madrinas, adoptantes y voluntarios que hacen muchísimo. Si no existiera esa red, sería imposible continuar.
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¿Se ve dedicándose a esto durante muchos años?
Sí. Mientras tenga salud, quiero seguir. Tengo mi profesión, pero esta parte de mi vida es fundamental para mí. Además, el espacio es mío y eso me permite saber que los perros tienen un lugar estable. Ahora contamos con dos voluntarias, Isma y Toñi. Toñi era amiga de mi hermana Laura y siempre ha estado ayudando. No queremos convertirnos en una asociación enorme. Nuestro objetivo es hacer bien las cosas. Prefiero tener 20 o 25 perros bien cuidados que 50 a los que no pueda ofrecer la atención que necesitan. Y especialmente quiero seguir ayudando a esos animales mayores, enfermos, pequeños, frágiles, que muchas veces parecen invisibles. Para nosotros no son casos perdidos. Son perros que todavía pueden tener una vida digna, tranquila y feliz.