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Lorena de Blas, vicepresidenta de una protectora de animales: “No puedes renunciar a todo lo bueno que te aporta un animal solo por el miedo a perderlo”

Дата публикации: 13-10-2026 05:00:00


La responsable de Huellas de Ávila reflexiona sobre el duelo por sus perros y el trabajo paciente que permite a los animales abandonados recuperar la confianza en las personas


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Lorena de Blas creció en una finca de Ávila entre vacas, caballos, ovejas, conejos, perros y mastines. Trabaja como contable y desde hace tres años y medio forma parte de Huellas de Ávila, de la que es vicepresidenta. Su historia está atravesada por animales que fueron familia, pérdidas que dejaron huella y rescates que le han enseñado que la paciencia puede transformar el miedo en confianza. Hay también una razón íntima que da sentido a lo que hace: su hija. Lorena quiere que ella crezca entendiendo que ayudar a otros, aunque incomode o duela, también forma parte de una vida plena.

¿De dónde nace una relación tan profunda con los animales?

En mi infancia, porque me crío en una finca. Mi padre es ganadero y gran parte de mis recuerdos están vinculados a aquel entorno y a él, que fue la persona más importante de mi vida. Había vacas, caballos, ovejas, conejos, perros y peces. Recuerdo cantarle a las vacas, jugar con los mastines, preparar recorridos con sacos de paja para que saltaran y bañarme en las fuentes donde había carpas. Era una manera de vivir libre y pegada a los animales. Tuve la suerte de crecer sintiéndolos como parte de la vida cotidiana. Formaban parte de mi mundo y de mis afectos.

¿Cuándo aparece el primer animal que siente como suyo?

De pequeña tuvimos a Tara, una collie preciosa, y después llegó Rex, un mestizo del que ya podía responsabilizarme más: lo sacaba a pasear y me ocupaba de él. Apareció también Pumuki, mi primer gato, al que encontramos en la calle y escondí varios días porque mis padres no querían tener gato... Pero el gran cambio llega cuando me voy de casa y tengo a Seth. Tenía 19 años y era mi perro, mi compañero, parte de esa primera familia propia que empiezas a construir. Con él el vínculo fue extraordinario. Pasamos once años juntos. Era tranquilo, cariñoso, confiado, noble y divertido. Nuestros caracteres se parecían mucho y para mí acabó significándolo todo.

¿Qué le dejó Seth después de once años juntos?

Me dejó muchas cosas, pero sobre todo la nobleza. Cuando pienso en él pienso en ser bueno. Después llegó Shira, también importantísima para mí, y de ella aprendí algo distinto: la capacidad de luchar, de ser fuerte y superarse. Curiosamente, los dos murieron con once años, uno el 1 de septiembre y el otro el 1 de octubre. Cuando murieron se me rompió el corazón y todavía me emociono al hablar de ellos. Durante un tiempo no quise volver a tener perros porque nada podía llenar el lugar que habían dejado. Pero después llegó Nala, a través de mi pareja, y comprendí algo esencial: ningún animal sustituye a otro. Cada uno te aporta algo diferente y es especial a su manera.

Lorena de Blas: “Cada animal deja algo en ti y te obliga a crecer”. 

Lorena de Blas: “Cada animal deja algo en ti y te obliga a crecer”. Cedida

¿Cómo se aprende a asumir que la vida de un animal será, casi siempre, más corta que la nuestra?

Lo sabes desde el principio: tendrás que despedirte y llegará un duelo doloroso. Pero he aprendido que si duele tanto es porque ha merecido la pena. No puedes renunciar a todo lo bueno que te aporta un animal por miedo a perderlo. Cuando murió Seth, pensaba que no quería volver a pasar por aquello, pero querer a otro perro no borra al anterior. Nala no ocupa el lugar de Seth ni el de Shira; tiene el suyo. El amor no funciona sustituyendo, sino sumando historias y vínculos. Cada animal deja algo en ti y te obliga a crecer.

¿Qué la llevó a implicarse como voluntaria en Huellas de Ávila?

Ya había colaborado como voluntaria en organizaciones relacionadas con personas, pero con animales me daba miedo. Soy muy sensible y pensaba que si entraba en una protectora querría llevarme a todos a casa. Durante mucho tiempo fue mi excusa. Después tuve una hija y pensé que ya no podía seguir posponiéndolo. Decidí probar y fui implicándome más. Llevo tres años y medio y desde hace unos meses soy vicepresidenta. Empecé paseando perros y apadrinando algunos. Mi primera perra apadrinada fue Chía, una galga que me hizo cuestionar prejuicios propios. Pensaba que los galgos no eran perros afines a mí y ella me demostró lo contrario. Cada animal es un individuo, con su carácter, sus miedos y su historia.

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¿Su hija ha sido también una razón para comprometerse más?

Sí, muchísimo. Una razón por la que estoy en la protectora e intento ser mejor persona es ella. Quiero darle ejemplo. Vivimos en una sociedad rápida, muy centrada en el yo, en lo que quiero y necesito ahora. Parece que nunca tenemos bastante. Por eso creo que hay que enseñar a dar y a hacer cosas que pueden incomodar, ser difíciles o duras. Ver sufrir a un animal no es agradable. Enfrentarte a una injusticia genera frustración, impotencia y tristeza, pero también hay que aprender a trabajar con esos sentimientos. Para mí eso desarrolla la empatía. Quiero que mi hija entienda que la vida no es siempre fácil, bonita ni perfecta, como puede parecer en las redes sociales o en determinados contenidos. También existen el dolor, la responsabilidad y la posibilidad de hacer algo por los demás. Me gustaría que creciera sabiendo que mirar no basta: hay que implicarse.

¿Qué significa realmente el día a día en una protectora?

Significa hacer muchas cosas, muchas de ellas invisibles. Intentamos concienciar y damos charlas y cursos, pero nuestra tarea principal es recoger perros y gatos abandonados o procedentes de camadas no deseadas. Cuando llegan, hacemos una valoración veterinaria con clínicas de la ciudad y después pasan al centro de acogida y recuperación. Allí hay que limpiar, alimentar, administrar medicación y, sobre todo, relacionarse con ellos. Un animal abandonado o maltratado necesita recuperar el vínculo con las personas. Por eso son tan importantes voluntarios y padrinos. No basta con cubrir necesidades físicas: hay que conseguir que vuelva a confiar y pueda incorporarse a una familia. A menudo, el trabajo esencial consiste en esperar, no forzar y demostrarle que nadie va a hacerle daño.

La crueldad animal es terrible, pero mirar hacia otro lado cuando sabes que un animal está sufriendo también lo es

Lorena de Blas,

Vicepresidenta de una protectora de animales

¿Qué es lo más duro que ha visto?

He visto cachorros metidos vivos en una bolsa de basura y tirados a un contenedor. Eran cinco y tres murieron. Alguien los oyó llorar y pudo sacar a los que todavía estaban vivos. También nos han dejado animales dentro de cajas cerradas en la puerta de la protectora. Hemos recibido perros con heridas abiertas, gusanos, desnutrición y cicatrices. Ves hasta qué punto una persona puede dañar a un ser indefenso. Pero con el tiempo he aprendido algo que para mí es casi igual de grave: la indiferencia. Evidentemente, la crueldad es terrible, pero mirar hacia otro lado cuando sabes que un animal está sufriendo también lo es. A veces nos tranquilizamos pensando que, como no provocamos ese daño, no tenemos responsabilidad. Yo ya no lo veo así. Si puedes hacer algo y decides ignorarlo, esa indiferencia también tiene consecuencias.

¿Y qué encuentra en el otro extremo, en la parte más luminosa?

Encuentras personas maravillosas. Hay una voluntaria de unos ochenta años que sigue yendo los fines de semana a pasear a uno de los galgos. También llegan personas que no quieren al perro más joven, bonito o fácil, sino al que más lo necesite. Cuando alguien te dice eso, sientes que ha entendido qué significa adoptar: poner por delante la necesidad del animal. También veo un problema de relevo. Vivimos acostumbrados a la inmediatez, con menos paciencia, y un animal adulto que ha pasado por situaciones difíciles requiere tiempo y esfuerzo. No siempre responde el primer día. Por eso el proceso puede enseñarte tanto.

¿Hay algún animal que resuma para usted todo ese aprendizaje?

Galeo. Llegó muy pequeño con sus hermanos y creció en la protectora. Era buenísimo y noble, pero pasaba desapercibido. Cuando lo conocí, tenía algo más de un año y miedo de todo: salir de la jaula, caminar con correa, comer fuera. En la calle ni siquiera hacía sus necesidades porque el miedo lo paralizaba. Durante más de un año trabajé con él, intentando que confiara. Era uno de esos perros que muchos creen que nunca serán adoptados. Pero lo consiguió. Lleva unos seis meses con su familia y yo misma hago el seguimiento porque le adoro. Ver que un ser vivo condenado a una soledad no elegida consigue confiar y tener familia es una satisfacción enorme.

¿Qué se siente cuando un animal deja de tenerle miedo?

Es uno de los momentos más emocionantes que puedes vivir. Al principio puede ser un perro que te recibe agachado en una esquina, que evita mirarte, que no quiere acercarse y que interpreta cualquier movimiento como amenaza. Tú vas trabajando con paciencia, sin exigirle nada, hasta que un día ocurre algo aparentemente pequeño pero enorme: te ve llegar y en lugar de esconderse va hacia la puerta, mueve el cuerpo, salta, te lame. Ese cambio significa que ha decidido confiar. Y cuando un animal que ha sufrido te entrega esa confianza, sientes que te lo ha dado todo. Pensamos que somos quienes ayudamos, porque damos tiempo, comida, cuidados o medicación, pero muchas veces recibimos más.

Lorena de Blas: “Los animales se conforman con lo esencial: compañía, afecto, comida, descanso y seguridad”. 

Lorena de Blas: “Los animales se conforman con lo esencial: compañía, afecto, comida, descanso y seguridad”. Cedida

En casa convive con un perro, una gata y un conejo. ¿Qué le enseñan en lo cotidiano?

Me enseñan muchísimo sobre convivencia y presencia. Vivo con Nala, con una gata de colonia que está en semilibertad y con Kinder Sorpresa, un conejo adoptado al que abandonaron. Cada uno tiene su carácter y forma de relacionarse. Entre ellos se entienden bastante bien, aunque evidentemente hay que vigilar determinados juegos porque una perra grande puede hacer daño a un conejo sin ninguna mala intención. Lo que más me llama la atención es que los animales están presentes. Si juegan, juegan. Si corren, corren. Si descansan, descansan. Nosotros podemos estar al lado de alguien y mentalmente en otro sitio.

¿Qué cree que nos falta aprender de ellos?

A estar más presentes y a necesitar menos. Los animales se conforman con lo esencial: compañía, afecto, comida, descanso y seguridad. Nosotros parecemos necesitar siempre algo más. Un animal no dosifica su entrega como muchas veces hacemos las personas. Un perro te recibe con alegría aunque tengas un mal día. Recuerdo a Shira subida a la ventana esperando que yo llegara. Nala viene a la puerta y Kinder también aparece. Esa forma de recibirte te recuerda que para ellos ese momento importa. Esa capacidad de estar de verdad, sin tanta dispersión, es una gran lección. Cuantos más animales conozco, más me sorprenden: cada uno tiene personalidad propia y una enorme capacidad para crear vínculos. Y cuanto más tiempo paso con ellos, más claro tengo que cuidar a un animal también te obliga a revisar cómo vives tú y qué clase de ejemplo quieres dejar a quienes vienen detrás.

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