En apenas diez meses, sus vídeos sobre animales rescatados lo han convertido en un fenómeno digital y le han proporcionado los recursos para impulsar el proyecto de crear en Galicia un refugio
José Lojo tiene 33 años, cerca de dos millones de seguidores en redes sociales y una vida que ha cambiado radicalmente desde que adoptó a una perra abandonada. Tras empezar a postear vídeos sobre ello en redes sociales, ha podido crear en Galicia un refugio especializado en perros que han sufrido maltrato extremo. Su historia habla de crueldad, compromiso, sacrificio y, sobre todo, del descubrimiento de un propósito vital.
A las cinco de la mañana, mientras buena parte de Madrid todavía duerme, Lojo ya está cambiando pañales, preparando comida y limpiando excrementos de perros paralíticos. Vive en un pequeño piso donde cada cuatro horas debe interrumpir cualquier actividad para atender a unos animales que dependen completamente de sus cuidados. Entre sesiones de trabajo y grabaciones para redes, su existencia gira alrededor de seres vulnerables que otros maltrataron. Lejos de lamentarse, asegura que jamás había experimentado una felicidad así. Ahora prepara su regreso a su Galicia natal, para transformar una finca familiar de 20.000 metros cuadrados en un espacio esperanzador.
¿De dónde procede su vinculación con los animales?
Nací en Vilagarcía de Arousa y crecí muy vinculado al mundo rural. Mi abuelo era de Cornazo, donde nuestra familia tenía una finca, y desde pequeño estuve rodeado de perros, gatos, ovejas y naturaleza. Siempre he querido vivir en un pueblo, tener una casa y compartir mi vida con animales. Sin embargo, llevo quince años en Madrid por motivos profesionales. Durante mucho tiempo trabajé como entrenador personal y nutricionista, ganando unos 1.200 euros mensuales. Vivía en un piso compartido y apenas podía pensar en otra cosa que no fuera sobrevivir. Aquel sueño de infancia parecía muy lejano.
¿Qué sucedió para que su vida cambiara tanto?
En noviembre de 2025 adopté a Moana, una perra que habían encontrado abandonada en una carretera de Toledo. Mis familiares y amigos de Galicia me preguntaban constantemente por ella, así que decidí abrir una cuenta de Instagram para compartir vídeos y evitar tener que enviárselos individualmente. No existía ninguna estrategia comercial. Mi primer vídeo, en el que explicaba su abandono, se hizo viral. En unos diez meses he conseguido cerca de dos millones de seguidores entre las distintas plataformas. Todo empezó con una perra que necesitaba una familia.

Pero el verdadero punto de inflexión llegó con otro perro.
Exactamente. Meses después conocí el caso de Gunter, un perro paralítico cuya acogida estaba terminando y que necesitaba urgentemente un hogar. Me puse en contacto con la protectora y decidí hacerme cargo de él. Aquella decisión me enfrentó a una realidad que desconocía: existen animales que han sufrido una violencia humana extrema. Según las pruebas veterinarias, Gunter había quedado paralítico como consecuencia de golpes repetidos con un objeto contundente. Descubrí que no estábamos hablando simplemente de abandonos, sino de perros a los que disparan, golpean brutalmente o someten a auténticas torturas.
¿Qué le resulta más difícil de comprender de esa crueldad?
Que alguien pueda disfrutar haciendo daño a un ser indefenso. Creo que hay personas profundamente frustradas que descargan su rabia contra quienes no pueden defenderse. Es una forma de castigar al mundo por las insatisfacciones que experimentan en sus propias vidas. Y lo hacen porque consideran que las consecuencias serán mínimas. Me parece especialmente preocupante que exista una percepción de impunidad ante determinadas agresiones. No hace falta ser animalista para comprender que maltratar a un perro es absolutamente intolerable. Es una cuestión elemental de empatía.
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¿Considera que la sociedad y las instituciones responden?
No. Me parece que prestamos demasiada atención a cuestiones secundarias mientras dejamos sin resolver problemas verdaderamente graves. Se discute si un perro puede entrar en un restaurante o en un centro comercial, pero creo que el gran debate debería centrarse en cómo protegemos efectivamente a los animales frente a quienes les provocan sufrimientos extremos. Necesitamos que estas conductas tengan consecuencias proporcionadas a su gravedad. Hay una realidad terrible que demasiadas personas prefieren no mirar.
Actualmente convive con varios perros rescatados. ¿Cómo es una jornada cualquiera en su casa?
Mi vida es muy rutinaria. Me levanto a las cinco de la mañana, cambio pañales, limpio, alimento a los animales y me voy al gimnasio. Cuando regreso, vuelvo a repetir buena parte de esos cuidados. Después trabajo por videollamada como entrenador personal y, cada cuatro horas aproximadamente, necesito dedicar unos cuarenta minutos a atender a los perros paralíticos. Por la tarde suelo grabar vídeos. Tengo a Moana, a Gunter y a Miel, una perrita a la que, según la información que recibí, un cazador disparó en Andalucía y dejó paralítica. También acogí a Caramelo, un podenco que recientemente pudo marcharse adoptado. Es una vida exigente, pero me gusta profundamente.
José Lojo
Creador de contenido
¿Qué significa entregarle un animal recuperado a otra familia?
Es precisamente uno de los objetivos de la acogida. No se trata de acumular perros, sino de ayudarles a recuperarse física y psicológicamente para que puedan empezar una nueva vida. Con algunos animales el proceso es especialmente complicado porque, después de determinadas experiencias, necesitan volver a confiar en las personas. No basta con proporcionar tratamiento veterinario. Necesitan cariño, atención y tiempo. Cuando un perro encuentra una familia capaz de ofrecerle todo eso, el trabajo realizado adquiere su verdadero sentido.
Su gran proyecto es crear un refugio en Galicia.
Quiero regresar a Vilagarcía de Arousa y aprovechar una finca de 20.000 metros cuadrados que heredé de mi abuelo. Estoy tramitando la constitución de una asociación que se llamará Moa y Gunter, en homenaje a mis dos primeros perros. Mi intención es comenzar la actividad antes del verano de 2027, posiblemente entre febrero y abril, aunque todavía quedan cuestiones importantes por resolver. Quiero especializarme en casos especialmente difíciles, animales que otras protectoras no pueden asumir por falta de recursos o porque requieren cuidados médicos y psicológicos muy intensivos.
¿Aspira a reunir a muchos animales?
No necesariamente. Mi criterio es la calidad, no la cantidad. No quiero tener ciento cincuenta perros si eso significa que no puedo ofrecerles la atención que necesitan. Prefiero atender a cinco, diez o los que realmente pueda cuidar bien. Un perro que ha sufrido una agresión brutal puede necesitar meses de tratamiento, pero también mucho tiempo para recuperar la confianza. Necesita que alguien esté con él, juegue, lo acaricie y le demuestre que no todos los seres humanos representan una amenaza. Eso es imposible si intentamos abarcar más de lo que podemos atender.
¿Cuáles son las principales dificultades que está encontrando?
La primera es sanitaria y logística. Tener una finca enorme constituye una ventaja, pero su ubicación plantea dificultades. Los animales que quiero acoger necesitan profesionales especializados y tratamientos de rehabilitación. Puede ocurrir que tenga que trasladarlos hasta Vigo, con desplazamientos de unos cincuenta minutos por trayecto. La segunda gran dificultad es encontrar personas de absoluta confianza. Estoy buscando cómo organizar el proyecto, qué responsabilidades delegar y con quién trabajar. Cuando eres la cara visible y el principal impulsor económico, cualquier problema acaba afectándote directamente.

¿Cómo piensa financiar un refugio con necesidades veterinarias tan importantes?
Actualmente, mi principal fuente de ingresos son las redes sociales. Tengo alrededor de 825.000 seguidores en Instagram y cerca de dos millones sumando Facebook, Instagram y TikTok. Hay meses en los que alcanzo unos 120 millones de visualizaciones en Facebook y entre 55 y 60 millones en Instagram. Las plataformas remuneran determinadas visualizaciones y eso me proporciona ingresos suficientes para plantearme mantener un refugio pequeño. No quiero concretar cuánto gano porque creo que desviaría la atención de lo importante. También estoy recibiendo ayuda; por ejemplo, un profesional del ámbito jurídico se ha ofrecido a tramitar gratuitamente la constitución de la asociación.
¿Le preocupa depender económicamente de unas plataformas tan cambiantes?
Por supuesto. Todo ha sucedido a una velocidad increíble. Las redes sociales pueden impulsar un proyecto de forma extraordinaria, pero también pueden perjudicarlo de repente. Basta imaginar que una plataforma bloquee una cuenta o modifique determinadas condiciones. Soy consciente de que mi situación es excepcional. No conozco a muchas personas que puedan conseguir semejante cantidad de visualizaciones hablando de animales rescatados. Por eso quiero actuar con responsabilidad y construir algo sostenible, sin perder de vista las necesidades reales de los perros.
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¿Cómo lleva la fama y las críticas que recibe?
Me resulta curioso observar cómo cambia la percepción de la gente. Vivo en un piso pequeño y antiguo, con paredes desconchadas, y nunca me he preocupado por esconderlo. Al principio recibía críticas porque aparecía despeinado, recién levantado o con una toalla colgada detrás. Algunos interpretaban aquello como dejadez. Ahora esas mismas características se consideran autenticidad. Yo sigo siendo exactamente la misma persona. Nunca preparé un escenario para parecer interesante ni adopté animales pensando en ganar dinero. Sencillamente, empecé a mostrar mi vida tal como era.
¿Qué ocurrirá si las necesidades de sus propios perros entran en conflicto con la puesta en marcha del refugio?
Tengo clarísimas mis prioridades. La salud de mi padre y el bienestar de Moana y Gunter siempre estarán por encima del proyecto. Si Gunter necesita una atención especial que me obliga a retrasar o modificar mis planes, no tendré ninguna duda. Es el perro que me abrió los ojos ante esta realidad y tengo una responsabilidad con él. No tendría sentido construir un refugio para ayudar a otros animales si eso implicara desatender a aquellos que ya dependen de mí.
José Lojo
Creador de contenido
En apenas un año ha pasado de una vida profesional convencional a convertirse en un referente para muchísimas personas. ¿Qué ha descubierto sobre sí mismo?
He descubierto la importancia de tener un propósito. Durante muchos años estudié, trabajé e intenté avanzar profesionalmente siguiendo el camino que se suponía que debía seguir. Sin embargo, tenía la sensación de atravesar un desierto, de vivir jornadas demasiado parecidas entre sí. Ahora siento que aquello que hago tiene un sentido. Ayudo a animales que necesitan una oportunidad y, además, encuentro personas que apoyan ese compromiso. Nunca había experimentado algo semejante. Es una satisfacción enorme.
¿Tiene miedo de que esta etapa de plenitud termine?
Soy consciente de que todo está sucediendo demasiado deprisa y de que probablemente llegarán momentos emocionalmente difíciles. No creo que sea posible mantener indefinidamente esta sensación de crecimiento y entusiasmo. También sé que habrá obstáculos con el refugio y circunstancias personales que no puedo prever. Pero eso no cambia lo esencial: he descubierto una manera de vivir con la que me identifico profundamente.
Después de todo lo vivido, ¿qué significa hoy para usted la felicidad?
Durante diez años no pude seguir una regla que siempre había considerado fundamental: intentar ser feliz. Estaba demasiado ocupado intentando construir una vida que encajara con lo que socialmente se considera el éxito. Ahora me despierto a las cinco de la mañana para limpiar excrementos, cambiar pañales y cuidar perros que otros han hecho sufrir. Puede parecer una contradicción, pero nunca he sido tan feliz como ahora. Ellos necesitan mis cuidados, pero también me han dado algo extraordinario: una razón para levantarme cada mañana.