Lanuza es un pueblo de cuento de hadas en el valle oscense de Tena. Casas de piedra y pizarra entre montañas y ese embalse que ha terminado siendo mágico. Sobre él, el escenario flotante del festival Pirineos Sur.
El pueblo es bonito de por sí. Tal vez habría que decir mágico. Entre cumbres, al borde de las aguas de su embalse, que le devuelve ahora lo que le quitó, y con casas típicamente montañesas. Porque son de pizarra y piedra, que si fueran de colores nos parecería estar en ¿Noruega? Sin embargo, no nos hemos tenido que ir muy lejos. Solo conquistar el Pirineo aragonés y, más concretamente, el valle de Tena, entre Sabiñánigo y El Portalet, cuyas cimas llegan a superar los 3.000 metros. En este valle glaciar, con bosques, lagos y arquitectura típica, es donde brota, como de un cuento borgiano, Lanuza.
Por si fuera poco, a este sobrado encanto de pequeña aldea pirenaica, sumergida por y en el pantano y emergida con el esfuerzo de sus habitantes, se suma el ambiente del festival internacional Pirineos Sur, que tiene un as inigualable en su manga: un escenario flotante, con un graderío ubicado en la ladera de la montaña en el que caben hasta 5.500 personas. Curiosamente, Lanuza apenas llega a los 50 habitantes. ¿Por cuánto habría que multiplicar?
Es en Lanuza, pintoresco como ninguno, donde del 9 al 26 de julio se desplegará una programación que volverá a situar al festival una vez más, y van 33, como uno de los planes más apetecibles del verano, con un ambiente difícilmente igualable. Ya no es la tentación del senderismo, el montañismo y demás, sino ese otro ascenso que nos promete la música, llegada además desde cualquier rincón del mundo. Esta apuesta, no hay que olvidarlo, es multicultural.
Lanuza y el Pirineos Sur
Entre las aguas embalsadas del río Gállego y la peña Foratata se podrá escuchar al canadiense Rufus Wainwright (día 9), a Nacho Vegas (día 10), a Christina Rosenvinge (día 11), al panameño Rubén Blades (día 19), a los colombianos Monsieur Periné (día 19) o a Valeria Castro (día 23), entre muchos otros. La experiencia es única. Quien lo probó lo sabe. Lo musical en el escenario natural de Lanuza tiene su extensión en el vecino Sallent de Gállego, a solo 3,5 km, donde por idénticas fechas se despliega El Mundo de Sallent Festival, que incluye también conciertos (Busy Bluesman, Longstomps o Carolina & Los Alisios), además de talleres, teatro o circo, y con el Mercado, con mayúsculas, como corazón de la fiesta. Todo con entrada libre.
Este mercado, que cumple su quinta edición, se compone de 35 puestos de artesanía de todo el país, así como de una zona gastronómica donde se pueden degustar platos típicos libaneses, marroquíes o alemanes, además de opciones veganas y exquisiteces locales, siempre con el acento puesto en lo ecológico, en línea con el Pirineos Sur. De hecho, para minimizar el impacto medioambiental, solo se podrá acceder al festival a pie, en bicicleta o a bordo de los autobuses lanzadera que salen del parking de Formigal. Nada de coches. Lo que se dice una vía verde.
Lanuza y los quiñones
Lanuza es un pueblo con mucha historia. Aparece documentado por primera vez allá por el siglo XIII, y se sabe que en 1488 estaba compuesto de 20 hogares. Junto con Sallent formaba uno de los tres históricos quiñones del valle de Tena, antiguas demarcaciones que agrupaban a los pueblos para compartir leyes, pastos y privilegios, bajo la administración de las Juntas Generales del Valle.
Junto al quiñón de Sallent estaban el de Panticosa, formado por Panticosa, El Pueyo de Jaca y Hoz de Jaca -donde está la tirolina doble y más larga de Europa-, y el de la Partacua, que comprendía Tramacastilla, Sandiniés, Escarrilla, Saqués, Piedrafita y Búbal, este último anegado por el embalse del mismo nombre. Todos ellos a tener en cuenta a la hora de curiosear, que no solo se viene aquí a esquiar.
A pesar de su pequeñez, Lanuza fue cuna de nueve justicias de Aragón, entre ellos el que le ha dado nombre, Juan V de Lanuza. Se trataba de una institución de autogobierno que funcionó desde la Edad Media hasta 1711. El justicia tenía dignidad de ilustre, y hay quien lo considera el precedente de la figura del defensor del pueblo. Y fue Lanuza también un pueblo próspero, ganadero mayormente, hasta que la construcción del embalse lo echó a perder. En los años setenta, las aguas en las que hoy se refleja su perfil, y que tan idílicas resultan, ocasionaron el forzado despoblamiento de la localidad, tras la expropiación de la Confederación Hidrográfica del Ebro. Quedó completamente deshabitada en 1975.
Qué ver en Lanuza
Lo verdaderamente fantástico de este lugar, más allá de lo evidente, es que sus habitantes no se resignaron a la pérdida, sino que en los años noventa pusieron en marcha un proceso de recuperación admirable, entre lo que se salvó de la inundación y lo restituido, a imagen y semejanza de lo anterior y con los mismos materiales. Esto incluyó la iglesia de El Salvador, que había sido levantada en el siglo XIX sobre un templo románico anterior, incendiado durante la guerra de la Independencia, y que se puso otra vez en pie con los sillares originales. Junto a ella, otros elementos como la fuente o los bancales.
Este paisaje y todos los de alrededor son palabras mayores. Altas cumbres, ríos, barrancos y uno de los más importantes conjuntos de ibones, esos espectaculares lagos de origen glacial, del Pirineo. El senderismo aquí es obligado: el Camino Natural de Lanuza (6,5 km), la ruta de El Frondón (8 km) o la del Mirador de la Sierra Plana - Ibon del Portet (8 km). Lo mismo que la visita a Sallent de Gállego, donde se unen los cauces del Gállego y el Aguas Limpias, a la cola del embalse de Lanuza y a los pies de la emblemática peña Foratata.
Si Lanuza está a 1.284 metros de altitud, Sallent lo supera, al elevarse a 1.305 metros. Lo forman igualmente casas de piedra y de pizarra con contraventanas de madera. Presume de puente medieval, por donde se cuenta que pasaban los contrabandistas camino a Francia; de iglesia del siglo XVI con retablo renacentista y de calles con mucha solera. En las proximidades, entre Tramacastilla de Tena y Piedrafita de Jaca, bosques encantados como el de Betato, refugio de las brujas en la Edad Media. Sin exagerar, este destino es hechizante.