Los vivos y los muertos. A sus casi ochenta años, cuando Patti Smith se sube al escenario le acompaña una eternidad: sus músicos, la niña que orinaba en el río y escupe en el suelo, la chica que espera la llamada nocturna de su amante, la nación india exterminada, Arthur Rimbaud convertido en el capitán de un barco que navega ebrio por el cielo, Jim Morrison, su difunta pareja Fred Sonic Smith, Federico García Lorca y la madre de Jesse Paris y Jackson. A todos ellos invocó e hizo presentes este martes en el escenario del Teatro Jovellanos de Gijón la Princesa de Asturias de las Artes en su primera gran noche de esta casi pequeña gira asturiana que acompaña los días previos a la entrega del galardón. El concierto, que coincidía exactamente con el 50 aniversario de su primera actuación en España, en 1976 en Badalona, fue una hermosa y enérgica demostración del poder de la poesía y el rock que acabó con el inefable People Have the Power y todo el patio puesto en pie, despojada ya su menuda figura de su levita y entregada a la comunión colectiva. Un canto al poder de soñar, de votar, de amar y de vivir juntos que cerró en lo más alto un recital breve hora larga e intenso.Seguir leyendo....
Los vivos y los muertos. A sus casi ochenta años, cuando Patti Smith se sube al escenario le acompaña una eternidad: sus músicos, la niña que orinaba en el río y escupe en el suelo, la chica que espera la llamada nocturna de su amante, la nación india exterminada, Arthur Rimbaud convertido en el capitán de un barco que navega ebrio por el cielo, Jim Morrison, su difunta pareja Fred “Sonic” Smith, Federico García Lorca y la madre de Jesse Paris y Jackson. A todos ellos invocó e hizo presentes este martes en el escenario del Teatro Jovellanos de Gijón la “Princesa de Asturias” de las Artes en su primera gran noche de esta casi pequeña gira asturiana que acompaña los días previos a la entrega del galardón. El concierto, que coincidía exactamente con el 50 aniversario de su primera actuación en España, en 1976 en Badalona, fue una hermosa y enérgica demostración del poder de la poesía y el rock que acabó con el inefable “People Have the Power” y todo el patio puesto en pie, despojada ya su menuda figura de su levita y entregada a la comunión colectiva. Un canto al poder de soñar, de votar, de amar y de vivir juntos que cerró en lo más alto un recital breve —hora larga— e intenso.
Feliz y divertida, acompañada por Tony Shanahan al bajo, Seb Rochford a la batería, su hijo Jackson Smith a la guitarra y su hija Jesse Paris Smith al teclado, Patti Smith salió al Jovellanos con unos minutos de retraso, amenizados por un hilo musical punkrockero, y arrancó con “Dancing Barefoot”, una balada que casi convirtió en una plegaria mientras le tomaba la medida al escenario: paseo de aquí para allá, caricia leve en la espalda de su hija, baile sincero delante del batería y balanceo del pie de micro mientras posaba la bota encima del monitor. Nada mal.
Presentó a la banda y siguió con una de sus primeras canciones, una a la que además Wim Wenders concedió hace poco una nueva popularidad al darle un papel protagonista en su película “Perfect Days”. Con una nueva introducción —“Redondo Beach es una playa donde el amor está por todas partes”— la banda afrontó ese tempo de reggae con el bajo de Shanahan apuntalando la estructura y con la cantante pasándoselo bien, jugando a dibujar el ritmo en el aire con los pliegues de su levita y jugando con las manos como si fuera una niña a punto de empezar a saltar a la comba.
“Ghost Dance”, dedicada a los nativos americanos y la destrucción de su pueblo “con amor, respeto y gratitud”, una canción de “Easter” (1978), fue una plegaria recitada en ocasiones desde el proscenio, pidiendo palmas a la tribu.
Luego llegaron las primeras explicaciones sobre el significado especial de este 20 de octubre en el que Arthur Rimbaud hubiera cumplido 172 años. “Quiero pensar”, confesó a un público rendido desde el primer momento, “que si hubiera vivido más se hubiera convertido en el capitán de un barco ebrio, que navegaría por las nubes, entre licores, rodeado de cristales de translúcida belleza…”, siguió recitando con hipnótico aliento hasta empezar la interpretación de “Nine”, que ella dedicó a otro bucanero, Johnny Depp. “Nine” dejó a la banda mostrar su mejor cara, la de un cuarteto de rock sin trampas, capaces de jugar con el sonido a medio hacer, tocarlo crudo, sangrando, con fuerza y peligro. Así se entretuvo un poco Tony Shanahan con el bajo en las partes más lisérgicas y Jackson empezó a mostrar sus buenas maneras de guitarrista fino, con gusto y nada tocón.
Hacía falta explicar el otro cumpleaños. El concierto de este martes celebraba, exactamente, los 50 años de su primera actuación en España, donde encontró, dijo citando a Rimbaud, “la eternidad como una mezcla del mar y el sol”. Era una forma de introducir la única versión de la noche, “The Crystal Ship”, de “Los Doors”. Hay pocos grupos que se atrevan con Jim Morrison, pero el cuarteto de Patti Smith lo hizo muy bien, dándole cierto espacio a la improvisación y mucha intención a la voz, donde la cantante revalidó sus cualidades performativas.
“Jim Morrison”, explicó al acabar, “fue un gran lector y devoto de Rimbaud, así que quise ponerlos juntos; la siguiente canción, que escribí con Tom Verlaine (‘Television’) para mi primer disco, ‘Horses’, la escribí en su memoria, en memoria de Jim Morrison”.
Era “Break It Up”, en la que se golpeó el pecho y sufrió un poco al ver que el público no acababa de entrar a corear con toda la fuerza necesaria el estribillo. Pero no hubo problema. Siguió con “Fireflies”, una canción de duelo de su disco “Gone Again” (1996), el que compuso tras la muerte de Fred “Sonic” Smith y en la que Jackson, hijo de ambos, hizo honor a su estirpe trenzando y retorciendo la guitarra con clase y conocimiento. Momentos de sangre y de hueso, como dice la letra, antes de recordar a Gay Mercader, el promotor que trajo a Patti Smith a España hace 50 años y al que dedicó, junto a Federico García Lorca, la icónica “Pissing in a River”. Esa canción permitió disfrutar de la Patti Smith más icónica, la que patea el escenario y escupe al suelo con la técnica depurada de los adolescentes díscolos.
“¡Olé tú!”, le gritaron desde el público. Ella se fue a uno de los hombros del teatro y explicó que se había acercado a decirle “hola” a su hija (en ese momento fuera del escenario). El motivo, que la canción que iban a interpretar a continuación la había escrito para el que se convertiría en su marido y padre de sus dos hijos. “Because the Night” fue una melodía que le cedió Bruce Springsteen y en la que ella puso versos que dicen, entre otras cosas, que el amor es una llamada de teléfono. La pareja, que entonces vivían separados por muchos kilómetros, superaba la ausencia con llamadas telefónicas nocturnas, y en esas circunstancias Patti Smith compuso uno de sus grandes éxitos. La gente se vino arriba. Es decir, se levantó y dio palmas, para regocijo de una Patti Smith volcada en el público.
El anticlímax fue “Peaceable Kingdom”, la canción dedicada al pueblo palestino que introdujo con un alegato contra el genocidio y las guerras que afectan a “los niños, las familias, la arquitectura, las iglesias, las mezquitas”. “Dolor” pero “esperanza”, razonó, con el deseo presente de que “se reconstruya en el futuro”.
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Los saludos de la banda y los aplausos del público acabaron con la icónica “People Have the Power”, que escribieron Fred y Patti Smith en 1998 “para vosotros”. La Premio “Princesa” pidió que encendieran las luces de sala, se quitó la levita y se dejó la piel proclamando el sacrosanto derecho a soñar y ser libres. Todos juntos.
Fuente: La Nueva España