Pionero del yoga en España, escritor y maestro espiritual, el gran divulgador de la meditación e impulsor del centro Shadak reivindica la lucidez y la ternura como únicas vías de transformación
Pionero del yoga y la meditación en España, Ramiro Calle (Madrid, 1943) lleva más de medio siglo guiando a generaciones a serenar la mente. Se recuerda como un “niño inquieto y triste” cuya sensibilidad al dolor ajeno lo empujó a conectar con las enseñanzas orientales, el vegetarianismo y el yoga, cuando esta práctica era vista con recelo y hostilidad. “Lo más suave que decían de mí era: ‘ese joven vagabundo que predica doctrinas antirreligiosas’”, cuenta.
Cuando escuchó por primera vez hablar del yoga, aquel joven que acumulaba tantas preguntas supo que había encontrado su destino. Sin embargo, “lo relativo a la filosofía o la metafísica del yoga estaba totalmente prohibido, así que iba a librerías clandestinas, y muchas veces fui insultado y ridiculizado; me tenían un poco como una bestia negra”, recuerda. Pero Calle convirtió esa búsqueda en el motor de su vida.
En 1971 fundó en Madrid el centro Shadak, el mayor dedicado al yoga en España. Entre sus alumnos se cuenta la reina Sofía. Fue el primer español que se sometió en hospitales a pruebas médicas para demostrar la influencia del yoga en el cuerpo y el cerebro, y le nombraron profesor de yoga en la Universidad Autónoma de Madrid. “Eso impulsó que la disciplina dejara de verse como un fenómeno extraño y se entendiera”, apunta.
Además, ha escrito más de un centenar de libros, y en 2003 ganó el V Premio Espiritualidad Martínez Roca por Grandes maestros espirituales. En 2026 ha publicado Una buena mente, sobre cómo combinar la sabiduría oriental y la psicología moderna para cultivar una mente lúcida y flexible. Para él, cumplir años es un trabajo consciente de desapego. “Hay que aprender a ir ligero de equipaje, sin culpa ni conflictos. Y luego, algo esencial, conectar con el abrazo de un ser querido, la profundidad de una caricia o el aroma de las flores”, concluye.
¿Cómo se recuerda de niño?
Tímido, muy inquieto, eternamente insatisfecho y aburrido, buscándole siempre la respuesta al sentido de la vida. Desde que tengo uso de razón, siempre he tratado de conectar con enseñanzas que me pudieran dar claridad sobre el porqué de la existencia.
¿Cómo llegó al yoga?
Mi madre, María del Mar, muy adelantada a su época, fue quien me indujo al estudio y a la investigación de la literatura francesa, rusa y africana; fue la primera que me habló del budismo. A las afueras de Madrid llegó un profesor de yoga hindú; mi madre comenzó a recibir clases con él y luego me llevó a mí a recibirlas.
¿Cómo es un día normal en su vida?
Muy simple, soy lactovegetariano y como muy poco por mi propia naturaleza. Al levantarme, hago unos ejercicios de respiración profunda. Contesto correos electrónicos, leo y paseo por el Parque del Retiro, que he convertido en mi oficina para recibir gente y estar en contacto con la naturaleza. Cuando estoy en Madrid, alimento a tres o cuatro gatos cerca de mi casa, lo cual es una fiesta para ellos y para mí. La vida es aprender, desaprender, tomar y soltar; ir ligero de equipaje, sin sentimientos de culpa ni conflictos. Y luego, algo esencial: conectar con el abrazo de un ser querido o el aroma de las flores. Debería haber una asignatura para ancianos que se llamara Conecta, para abrirse a las circunstancias del presente.
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¿Cómo se cuida?
Valoro mucho la higiene porque ayuda a que la energía fluya mejor, pero doy muy poca importancia a la moda o a las cremas que, como dicen mis amigos dermatólogos, en un 90% no sirven para nada. Le doy poca importancia a los perfumes, aunque los valoro en los demás. No estoy en esa parafernalia externa.
En su libro Una buena mente explica cómo transformar pensamientos que generan sufrimiento. ¿Duelen más en la vejez?
En la vejez nos volvemos más obsesivos y los pensamientos nos juegan jugarretas; nos piensan en lugar de pensarnos nosotros. Por eso tenemos que recurrir a una gimnasia mental. Igual que hay vitaminas para el cuerpo, las hay para el alma: la indulgencia, la benevolencia, la ternura, la compasión y el contento interior.
Usted ha escrito sobre experiencias cercanas a la muerte…
No exactamente. Me han llamado para hacer documentales y entrevistas sobre experiencias cercanas a la muerte y me he negado. Porque cuando las cosas se ponen de moda, todo se distorsiona y devalúa. Fíjese en lo que decía Marco Aurelio: “Cuando yo estoy, no está la muerte; cuando la muerte está, no estoy yo”. Lo que hay que hacer es estar en la vida, en cada instante, en cada momento. Eso es lo esencial.
Ramiro Calle
Pero escribió el libro En el límite…
Sí, y va a salir su quinta edición. En él cuento cómo contraje una bacteria muy agresiva en Sri Lanka. Cuando llegué a Madrid, me tuvieron que ingresar. A mis familiares les dijeron que me quedaban cuatro horas de vida. Estuve casi un mes en coma y, contra todo pronóstico, salí de él. Estuve varios meses recuperándome de las secuelas, tratando de mantenerme lo más fuerte y lúcido posible. Lo relaté en este libro, que es un canto al esfuerzo para recuperarse. Lo esencial es que aprendí de ello humildad y compasión. Eso me enseñó esa visita al otro lado de la vida.
¿Cómo le cambió la experiencia?
Desde entonces, y han pasado quince años, soy infinitamente más sensible al dolor ajeno. Esta sociedad nos automatiza y encallece para que no tengamos esa sensibilidad tan necesaria.
¿Vivimos de espaldas a la muerte?
Un maestro estaba dando una conferencia y, al final, alguien le preguntó: “¿Cuál es la mayor ignorancia?”. Él respondió: “Creer que nunca morimos. Siempre pensamos que mueren los demás”. Sin embargo, la muerte está ahí para todos, y hay que sacar un aprendizaje de ella, que es humildad, y más humildad.

¿Por qué la humildad y la compasión son tan determinantes?
La humildad nos ayuda a humanizarnos, a no estar todo el día en el juego del ego, tan destructivo y autodestructivo, y a combatir el instinto de prepotencia. Es la cualidad más espléndida. Yo soy un gran amante de los animales. He convivido once años y pico con un gato al que considero mi maestro, y escribí Lo que aprendí de mi gato Emil. Aprendí de él humildad, tranquilidad, sosiego, bondad y no guardar rencor. Solía decir en mis conferencias que quien más me quiere es mi gato Emil, porque nunca me juzga.
¿Cómo fueron sus inicios como escritor?
Cuando empecé, esto casi nadie lo sabe, abordaba dos temas aparentemente irreconciliables: la sabiduría oriental y la sexualidad. En esa España reprimida, fui de los primeros en escribir sobre ambos temas. En mi juventud conocí de cerca lo que eran la represión y la censura.
Ha tenido innumerables alumnos, ¿qué han significado para usted?
No sería el mismo sin ellos. Yo les he enseñado, pero ¡cuántas cosas me han enseñado ellos a mí! Entre ellas, la apertura amorosa y el relacionarse con los demás desde el afecto. Aunque hoy en día el mundo de la espiritualidad está lleno de embaucadores, falsarios y mercenarios, gente que se dice iluminada y no es capaz de verse la punta de la nariz. Pero si uno aplica estas técnicas con seriedad, se da cuenta de que no solo enseña, sino que en realidad se está aprendiendo a sí mismo a cada instante.
Como pionero del yoga en España, ¿cómo recuerda esa época?
Me criticaban constantemente y me rechazaban. Lo más suave que decían de mí era: “Ese joven vagabundo que predica doctrinas antirreligiosas”. Hasta el propio cardenal Ratzinger, que luego fue Papa (Benedicto XVI), arremetía contra la meditación, el yoga y la búsqueda espiritual. Trataban de vapulearme, aunque también había gente con motivación y seriedad. Inauguré el centro de yoga el 15 de enero de 1971 con dos profesoras que también fueron pioneras, Almudena Hauríe y Mari Nieves Corral. Éramos vistos casi como extraterrestres; se nos pretendía obligar a mostrar solo posturas físicas, reduciendo el yoga a una acrobacia exótica. Sin embargo, lo enseñamos siempre conectado con sus verdaderos orígenes. He procurado no dejarme atrapar por el glamour que se genera alrededor de estas enseñanzas.
¿Se refiere al estado actual del yoga?
Sí, al 90% de lo que se vende hoy. Es como si le vendieran a uno bisutería barata a precio de joyería fina. Haber convertido el yoga en una técnica para fortalecer los glúteos o adelgazar es una degradación máxima de un método de mejoramiento humano tan antiguo. Hay personas que llevan 15 años haciendo contorsionismo creyendo que hacen yoga, y desarrollan un ego espiritual que es el peor de todos. Donde más hay a veces es en los entornos de supuesta espiritualidad.
Ramiro Calle
¿Cuál ha sido el mayor aprendizaje de su vida?
Cultivar el verdadero amor consciente, generoso, no posesivo, que ayuda y coopera sin exigencias, reproches ni expectativas. Todo lo peor de esta sociedad se debe, en última instancia, a la falta de amor.
¿Se ha arrepentido de no haber tenido hijos?
Le voy a ser muy sincero. Me he podido arrepentir si ha podido sustraer felicidad o dañar a las parejas que he tenido. A lo mejor, por amor, los hubiera tenido; no lo sé. Pero las parejas que he tenido lo aceptaban. Mi energía la he destinado a conocerme y ser mejor persona. Intuía que la gente tiene hijos un poco para rellenar sus huecos de soledad, carencias emocionales o tratar de mejorar la pareja, de forma mecánica, haciéndole el juego a la biología. Yo no quería entrar en eso porque lo que más he valorado es la comprensión, la conciencia y salirme del borreguismo, tan en esta sociedad.
¿Percibe mucho borreguismo?
Veo borreguismo, automatismos y acatamientos. Nos convierte en máquinas, como lavadoras o aspiradoras. La diferencia es que podemos darnos cuenta, pero ¡vaya seres humanos somos, que fumigan la casa por diversión, o celebran las corridas de toros! Como digo a mis alumnos, hay mucha más gente buena que mala, pero la mala se organiza mucho mejor.
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¿Cómo salir del modo automático?
Entrenarnos para tener más conciencia, vivir en el aquí y el ahora y tener más ternura. Con la edad nos vamos cosificando y fosilizando. Si uno no hace un esfuerzo, cada vez será más torpe mental, emocional, psicológica y físicamente. Una de las primeras cosas que aprendí en la India me la dijo un maestro: “No es lo que la experiencia haga de ti, es lo que tú hagas con la experiencia”. Y Buda decía algo muy cierto: la mayoría de las personas envejece como los bueyes, engordando en kilos, pero sin sabiduría. Que la vejez da sabiduría es otro de los grandes mitos de Occidente; la sabiduría hay que ganársela.
¿Cómo lleva la vejez?
Cada día tengo que verme como lo que soy, un cuerpo que se va deteriorando y una mente que hay que trabajar para que no se vuelva inerte. Eso exige un esfuerzo diario. Tenemos que aprender a respirar, porque es la fuente de la vida, y aprender a pensar y a dejar de pensar, evitando que los pensamientos nos piensen a nosotros mecánicamente. Y cuidar este cuerpo sabiendo, como enseñaban los estoicos, que nos lo prestaron y nos lo quitarán. Hay que desarrollar una auténtica inteligencia social, más compasión y llevarnos mejor con nosotros mismos. Y le habla una persona de 83 años; el 90% de la gente de mi época ya ha muerto.
Ramiro Calle
¿Es capaz de mantener el ritmo pasados los 83 años?
En los últimos cinco años he cortado con los actos públicos, porque lo que es bueno para el ego es malo para el ser. No participo en congresos ni seminarios; he declinado premios. No quiero entrar en el juego social que termina confundiendo. Tampoco ha sido un camino de rosas; difundir esto ha supuesto un esfuerzo enorme y a veces resulta deprimente ver cómo aquello que uno ha intentado respetar en su origen se prostituye y mercantiliza.
¿Hay algo de lo que se arrepienta?
¡De un montón de cosas! Me identifico con aquel maestro que decía que el resumen de su vida era ‘error tras error’. ¿Qué clase de cretino no se arrepiente de nada si todos hemos cometido errores, y lesionado a otros o a nosotros mismos? La palabra metanoia, que se traduce como arrepentimiento, no implica un pecado ni un castigo, sino la toma de conciencia de un error para cambiar de actitud y corregirlo. Rectificar en cuanto se tenga la oportunidad.
¿Se puede entrenar la mente para la cercanía de la muerte sin angustia?
Se puede, se debe y se tiene que hacer. Hay que comprender que todo es provisional, pasajero y transitorio. Al cantante Franco Battiato le preguntaron, estando ya muy enfermo, cómo afrontaba la muerte, y respondió: “Me he entrenado toda la vida para este momento, para soltar”. Queremos aferrarnos a nuestro nombre, estatus o bienes, pero es como intentar atrapar el humo con las manos. Lo importante es que, cuando nos vayamos, hayamos intentado ayudar a los demás y pasado por el planeta dejando sosiego y amor. No hay nada que pague un instante de paz.