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La democracia también se construyó en el campo (y no se mantendrá sin él)

Дата публикации: 09-10-2026 07:32:19

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme… Cervantes se equivocaría. Seguramente sería en Madrid, Barcelona, puede que Bilbao, incluso Sevilla. Una ciudad seguro. Al fin y al cabo, allí es donde suceden las grandes cosas; los acontecimientos históricos, los grandes cambios políticos, las revoluciones y, por supuesto, también nuestra Transición. Desde que se comenzó a cuestionar el relato que explicaba el cambio político-institucional de la España de 1975 como un proceso únicamente gestionado, dirigido y orquestado por las élites políticas y económicas, la historiografía bajó la mirada. Entonces encontró, de una forma ineludible e inexorable, el movimiento estudiantil de las grandes universidades madrileñas, las huelgas y protestas en las fábricas de Barcelona y Euskal Herria; la organización feminista en asambleas y reuniones clandestinas en Valencia. Y sin lugar a dudas, la democracia se fraguó allí también: entre los jóvenes que corrían delante de los “grises”, en los obreros industriales que se organizaban y luchaban, en las manifestaciones feministas que tambalearon el orden nacional-católico patriarcal del régimen franquista. De repente nos pareció que la democracia tenía como epicentro las autopistas y los grandes edificios; pero que en los pueblos no pasaba especialmente nada. Marcados por la apatía, el atraso, la dependencia y el caciquismo, esperaban expectantes que en las ciudades se desarrollaran los cambios que luego acogerían con entusiasmo —o resistencia—. Pero no es así. Alejados de los estereotipos y de los tópicos, Antonio Herrera González de Molina, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Granada; y Salvador Cruz Artacho, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Jaén, entre otros investigadores, han recordado y demostrado a lo largo de sus investigaciones que la democracia también se hizo –y se hace– en el campo. No podemos entender la democratización sin atender a las movilizaciones jornaleras y campesinas que desarticularon el caciquismo y las redes clientelares franquistas; sin reivindicar su lugar en los procesos de autonomía como el andaluz; sin recordar el esfuerzo del movimiento socialista y anarquista en el campo por construir una sociedad más justa e igualitaria. Por eso, porque la democracia también se construyó en el campo; no podemos entenderla sin prestar atención a los pueblos, y especialmente, tampoco podemos mantenerla al margen de ellos. Sin embargo, al hacer balance de estos cincuenta años de democracia en la España rural nos topamos con una dolorosa contradicción. La democratización ha supuesto mejoras innegables en infraestructuras, servicios públicos y conectividad territorial pero esta no ha sido homogénea en todo el Estado español. Su avance ha puesto de manifiesto de una forma ensordecedora que amplias zonas rurales han quedado marcadas por la pérdida de población, la falta de transporte, el cierre de escuelas, la desaparición de servicios sanitarios y una creciente sensación de desigualdad en un sistema obsesionado con el centralismo urbanita. Y esto es especialmente importante porque la democracia no es un ente abstracto, se materializa en nuestra cotidianidad, en los servicios públicos, y también en los espacios que habitamos diariamente. Si la ciudadanía plena depende de la densidad de población, la democracia está excluyendo y segregando. Un sistema más profundo y directo debe preocuparse por garantizar los cuidados, la sostenibilidad y el acceso a derechos también en los territorios pequeños, sino es populismo demográfico. Básicamente, facilitar la creación de comunidad, conocimiento y autonomía. No está decidiendo quien tiene que emigrar por falta de oportunidad laboral en su pueblo, por cierres de escuelas locales, por falta de una red de transporte público digna o por ausencia de hospitales. Y sin capacidad de elección, la democracia se encuentra vacía de contenido y de soberanía. “Se acabe el paro y haiga trabajo, escuela gratis, medicina y hospital”; principios básicos que ya condensó Carlos Cano allá por 1977. No parece tan difícil, al fin y al cabo, conquistar nuestra libertad.

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