Es curioso porque para mí la democracia, cuando era un niño, era lo que había venido después de las historias que me explicaban mis abuelos: la democracia era un tiempo impreciso que se extendía hasta el presente y que no tenía final. Una suerte de milagro después de mucha oscuridad que se narraba sin ningún tipo de dramatismo. Tenía todo el tono de una leyenda tranquila y reblandecida por el tiempo. El padre de mi abuela, mi bisabuelo, el yayo Manolo, se había tenido que ir un día del pueblo de Teruel donde vivían (me imaginaba una tarde en la que mi bisabuela tomaba la fresca en la plaza con otras mujeres, con esa luz apagada de cuando se va acabando el día) para irse a la guerra. No sé si lo contaba mi abuela o me lo imaginé yo más adelante, pero la madre de mi abuela lloraba al despedirse de su marido. Su marido, que se iba a la guerra. Quién lo llamó y hacia dónde se fue, no lo sé. En qué momento de la guerra y en qué momento de su vida, no lo sé. Las historias familiares tienen siempre vacíos que no exigen ser completados. Las leyendas funcionan porque somos capaces de sortear sus fisuras. Entonces, otra tarde, que imagino igual a la de la despedida, con mi bisabuela sentada en la plaza con otras mujeres solas, el bisabuelo regresó, ungido de algo milagroso y especial, delgadísimo pero aún enérgico. Puede que en realidad lo esperaran. Puede que en realidad hubiera enviado cartas. Puede que en realidad ya supieran que estaba vivo. Todo eso no lo sé. Entonces me imagino que esa misma tarde les contó todo lo que me ha acabado llegando a mí, en boca de mi abuela, de mi abuelo, de mi madre: que el yayo Manolo cruzó el Ebro a nado, y que por eso sobrevivió, pero que después los franquistas lo metieron preso en una plaza de toros, donde tuvo que comer pieles de naranja podridas y ratas muertas, y que por eso sobrevivió, y de algún modo, que también desconozco, acabó regresando a Obón, el pueblecito de Teruel, y su familia lo recibió como los héroes que regresan después de una odisea. De los años posteriores, poco me hablaron mis abuelos. Supongo, y lo pienso ahora, porque esos años de dictadura estuvieron marcados por tragedias familiares que desdibujaron la tragedia nacional, la que lo cubría todo: la muerte de mi bisabuela siendo muy joven, mi abuela convirtiéndose en madre de su hermano demasiado pronto, mis abuelos enamorándose, un casamiento marcado por el duelo, la emigración a Catalunya, la necesidad de ganarse la vida, y todas esas cosas prosaicas que son las pérdidas y las celebraciones. Cuando me contaban la historia de esos años (aparecían personajes apasionantes como la tieta Amalia, la Charito y muchos más) yo no pensaba que estaban viviendo los años más horribles de la dictadura. La vida se imponía. Y en los relatos que han perdurado quedaban las hazañas de una familia que vivía discretamente, sin hacer demasiado ruido, puede que porque ya había sufrido su pedazo de horror. O puede que fuera porque querían olvidar. O puede que fuera porque estaban empezando de nuevo lejos de casa y eso exigía discreción. O puede que fuera por miedo. No lo sé. Hay tantas cosas que no sé. Pero nunca pensé, cuando de pequeño me contaban esas historias, que detrás de eso había lo que realmente había. Fui yo, con los años, que tuve que ir descubriendo qué ocultaban esas leyendas a medio contar. Como por ejemplo, aquella que decía que una madrugada de junio de los años ochenta, cuando mi madre era adolescente, tuvieron que salir corriendo de casa, en Tarragona, porque habían atentado contra la refinería de Enpetrol, en el Morell, y mi madre cogió su guitarra y mi abuela le puso cuatro jerséis, uno encima del otro, a pesar del calor del verano, y mi abuela y mi abuelo y Charito y el Yayo se pusieron todos dos pantalones y tres o cuatro jerséis, para irse con la mayor cantidad de ropa posible, sin tener tiempo de hacer las maletas, y cogieron el coche y se pusieron de camino hacia Barcelona, donde estaba el hermano de mi abuela, porque todo tenía que explotar. Después la cosa se quedó en nada y regresaron a casa y se quitaron todas esas capas de ropa que habían querido salvar. Tardé años en saber que el atentado lo reivindicó ETA, y que ETA era un grupo terrorista, y que había algo llamado GAL, que también mataban a gente sin parar, y empecé entonces a ordenar en mi cabeza, como quien ordena el árbol genealógico familiar, cuándo habían empezado a ocurrir estas cosas y por qué era importante saber cuándo habían empezado a ocurrir. Y hay más historias, como las que contaba mi madre cuando mi padre no estaba, mientras cenábamos mis hermanos y yo, y nos explicaba que cuando se conocieron, ella y mi padre, él la llevaba por las noches a empapelar con cola y escobas toda la ciudad con carteles que pregonaban la libertad de la lengua catalana, y la libertad del país, y yo no lo entendía, porque no sabía qué significaba la palabra libertad y apenas entendía a qué se referían por país, pero me parecía una gesta heroica, como el yayo Manolo regresando de la guerra: me los imaginaba ungidos con el mismo brillo de poder y valentía, con aquella sensación de estar haciendo algo que era realmente importante. Algo que era urgente y necesario. Tardé años en saber qué significaban esos carteles, por qué mi padre salía por las noches a empapelar las calles, a qué se refería cuando hablaba de lengua y libertad. Todo esto lo escribo ahora porque hay gente como yo, que todavía no ha llegado a los treinta, que descubrió la historia que lo precedía con relatos familiares inexactos y míticos. Donde la guerra parecía lejana y la Transición era un tiempo suspendido. Quiero decir: jóvenes para los cuales el pasado estaba suficientemente lejano como para ser narrado como si fuera un cuento. Eso solo lo da el tiempo: la posibilidad de contar lo ocurrido como si fuera algo que le ocurrió a otro. Esa fue nuestra suerte y nuestra desgracia. Suerte porque pudimos acceder al horror vivido por nuestras familias como si lo hubieran vivido ancestros desaparecidos, y no aquellos que estaban delante de nosotros, comiendo en la misma mesa. Desgracia porque esos mitos bellos, convertidos en fábulas que se contaban coralmente, interrumpiéndose los familiares en cenas navideñas, nos alejaban de la verdad más urgente. No sé si es necesario construir una teoría ni escribir una conclusión apabullante. Me da apuro afirmar que este (la relación distanciada y mítica con la historia del país) sea el motivo por el cual a los jóvenes supuestamente la democracia nos da igual o cada vez nos importa menos. Lo que sé es que durante mucho tiempo pensé que la democracia era que la historia de mi familia, como la de tantas otras, pudiera ser contada con esta libertad y con esta ligereza. Y más adelante dudé y me convencí de que las historietas y los cuentos resisten, de algún modo, a los tiempos más difíciles. Y lo que ahora empiezo a sospechar es que en las experiencias que vivimos ahora labramos algo que vamos a dejar, a quien sea que llegue después, en forma de ficción, de parábola o de anécdota. En algún momento puede que seamos los jóvenes de hoy los que empecemos a contar lo vivido como si fuera algo que nunca ha ido con nosotros. Eso no tiene que ver con la democracia, sino con las ganas de recordar y de ser recordado. Pero, de un modo extraño, las ganas de recordar y de ser recordado sí que tienen que ver con la democracia. *El último libro de Pol Guasch es ‘Reliquia’ (Anagrama, 2026).
Es curioso porque para mí la democracia, cuando era un niño, era lo que había venido después de las historias que me explicaban mis abuelos: la democracia era un tiempo impreciso que se extendía hasta el presente y que no tenía final. Una suerte de milagro después de mucha oscuridad que se narraba sin ningún tipo de dramatismo. Tenía todo el tono de una leyenda tranquila y reblandecida por el tiempo. El padre de mi abuela, mi bisabuelo, el yayo Manolo, se había tenido que ir un día del pueblo de Teruel donde vivían (me imaginaba una tarde en la que mi bisabuela tomaba la fresca en la plaza con otras mujeres, con esa luz apagada de cuando se va acabando el día) para irse a la guerra. No sé si lo contaba mi abuela o me lo imaginé yo más adelante, pero la madre de mi abuela lloraba al despedirse de su marido. Su marido, que se iba a la guerra. Quién lo llamó y hacia dónde se fue, no lo sé. En qué momento de la guerra y en qué momento de su vida, no lo sé. Las historias familiares tienen siempre vacíos que no exigen ser completados. Las leyendas funcionan porque somos capaces de sortear sus fisuras.
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