No se debía de pagar demasiado en las casas de apuestas que la primera espantada de José Mourinho en la sala de prensa llegase antes del Pilar. Estamos a primeros de octubre y aquel Mourinho dulzón, sonriente y más o menos pacificador que aterrizó en Valdebebas en verano ya se ha convertido en un cascarrabias de manual, portavoz de un madridismo que ha convertido la queja en su razón de ser. El lloro y el victimismo como base del discurso. Leer la noticia completa
No se debía de pagar demasiado en las casas de apuestas que la primera espantada de José Mourinho en la sala de prensa llegase antes del Pilar. Estamos a primeros de octubre y aquel Mourinho dulzón, sonriente y más o menos pacificador que aterrizó en Valdebebas en verano ya se ha convertido en un cascarrabias de manual, portavoz de un madridismo que ha convertido la queja en su razón de ser. El lloro y el victimismo como base del discurso.
Y partir de ahí, si es que queda algo, lidiar con las supuestas campañas ‘antiMbappé’ o con el siempre problemático Vinicius. Pero de fútbol, en el entorno del Real Madrid, últimamente se habla muy poco. A veces conviene mirar al pasado para intentar rescatar la esencia y el espíritu de los clubes: si el Madrid siempre fue señorío y grandeza, ¿a qué viene ahora tanto lloriqueo, tanta protesta, tanta amargura?
¿Qué pensaría Santiago Bernabéu de un Madrid convertido en un club tan quejica? ¿Nadie se percata de que a cada queja contra los árbitros -pero también contra UEFA, LaLiga o Federación- el Real Madrid se hace cada vez más pequeño?
Habría que remontarse mucho tiempo atrás para asistir a una diferencia de estilo, de momento y de juego tan amplia entre los dos grandes. La teoría de los vasos comunicantes siempre estuvo vigente (ya saben, cuando a uno le van bien las cosas, al otro le tienen que ir mal forzosamente), y ahora más que nunca, la imagen futbolística que transmiten Barça y Madrid es tan opuesta que sorprende.
Mientras unos se dedican a jugar al fútbol, otros parecen gastar todas sus energías en alimentar conspiraciones, destruir su patrimonio (véase el ‘caso Mbappé’, los miles de madridistas que le han cogido una tirria incomprensible a su mejor jugador) o enviar ‘dossieres’ sobre Negreira a la UEFA.
La historia es cíclica y nos enseña que todo vuelve: hubo momentos en los que el Barça era un club autodestructivo y el Madrid triunfaba sin reparo. Por ejemplo, en 1988, cuando el vestuario del Barça ardió en el ‘motín del Hesperia’ y el madridismo disfrutaba cada semana de la ‘quinta del Buitre’. Es solo un ejemplo. Hay decenas.
Lo que está claro es que esta situación invita a una reflexión:el Barça está logrando que los problemas que pueda tener el palco no afecten al vestuario. En el Madrid ya no sabemos si el ambiente del vestuario intoxica al palco o al revés. Y en medio de la tormenta, un Mourinho que ya empieza a parecerse al Mourinho que en su día entrenó al Madrid. Cero autocrítica: todos los problemas son siempre culpa de un enemigo externo.
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