Todavía faltan once días para el Clásico, con partidos complicados de por medio tanto en la Liga española como en la Liga de Campeones que pueden dar un vuelco a los ánimos y a las percepciones, pero ahora mismo lo que tenemos es un FC Barcelona que llegará a la cita en un estado de serenidad positivo y alentador y un Real Madrid que ha perdido completamente el oremus y que vive al ritmo del desequilibrio del presidente Florentino Pérez y del desconcierto del técnico José Mourinho. Leer la noticia completa
Todavía faltan once días para el Clásico, con partidos complicados de por medio tanto en la Liga española como en la Liga de Campeones que pueden dar un vuelco a los ánimos y a las percepciones, pero ahora mismo lo que tenemos es un FC Barcelona que llegará a la cita en un estado de serenidad positivo y alentador y un Real Madrid que ha perdido completamente el oremus y que vive al ritmo del desequilibrio del presidente Florentino Pérez y del desconcierto del técnico José Mourinho.
Como es una situación que ya hemos vivido, es previsible que las declaraciones que nos lleguen desde Madrid acaben saliéndose de madre. Nadie del Barça debería entrar en ese juego, aunque entiendo que será complicado porque las preguntas a las que se someterán el presidente Joan Laporta y el entrenador Hansi Flick serán constantes y difíciles de eludir. Pero no tienen nada que ganar. Al contrario, cuanto más serenos y tranquilos se muestren, más pondrán de relieve el desbarajuste del florentinismo y el mourinhismo.
Cuesta entender la deriva en la que ha entrado el Madrid, aunque no sorprende porque es la segunda vez que opta por la vía del enfrentamiento burdo y de la confrontación en los márgenes del terreno de juego, y porque desde hace años resulta evidente que Florentino Pérez ha perdido la noción de la realidad del fútbol español y europeo.
La primera vez le salió mal. Se puede pensar que fue porque tenía enfrente al mejor Barça de la historia, con Josep Guardiola en el banquillo y Leo Messi en el campo, pero esta vez le irá peor. Primero, porque Mourinho es un entrenador desfasado y un personaje convertido en caricatura. Por eso no debería extrañarnos en absoluto que la plantilla se distanciara pronto de él; no parece que disponga de los soldados que tenía entonces.
Segundo, porque la irrealidad en la que viven es tan flagrante y está tan extendida la percepción de ella que se han quedado sin cómplices. Y tercero, porque el FC Barcelona ha encontrado profesionales sensatos que toman decisiones coherentes. Que ningún resultado ni ningún exabrupto desdibuje el contraste.
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