El lanzamiento de Facebook, el 4 de febrero del 2004, marcó un antes y un después en el ámbito de las redes sociales, hasta entonces incipientes, y por extensión en la conducta de los habitantes de todo el mundo, en particular los más jóvenes. Su fundador, junto a otros universitarios de Harvard, fue Mark Zuckerberg, que pasados veintidós años y medio desde aquel lanzamiento es el principal propietario y directivo de Meta, un grupo de sesenta empresas tecnológicas, entre las que se incluyen Facebook, Instagram o WhatsApp, cada una de ellas con alrededor de tres mil millones de usuarios activos al mes.
Facebook, que se creó como un instrumento on line para facilitar las relaciones sociales entre jóvenes universitarios, fue dibujando paulatinamente círculos concéntricos de mayor radio, hasta cubrir con ellos todo el mundo. Algo parecido podría decirse de Instagram, WhatsApp, Messenger, Threads, Meta Quest y demás compañías del grupo, cuya súbita desaparición crearía hoy una disrupción social sin precedentes.
Los beneficios potenciales de las redes sociales están fuera de discusión, tanto en el ámbito de las relaciones personales como en el de las profesionales. Lo pueden ser sobre todo para jóvenes con ciertas dificultades de relación, pero también para el conjunto de la población. Del mismo modo debe decirse que no están exentas de riesgos, desde el ciberacoso, ya sea sexual, económico o de otros órdenes, hasta la exposición a contenidos inadecuados o las campañas de intoxicación política trufadas de fakes . O, desde una óptica más amplia, el riesgo a la adicción.
No es cuestión menor si esa hipotética adicción es un efecto indeseado que se da entre los usuarios o si se materializa fomentada por los propietarios de las redes con el propósito de potenciar su rentabilidad. Esa es la incógnita central que debe despejarse en el juicio que arrancó el pasado martes en Oakland (California) contra el grupo Meta, y que probablemente se prolongará durante mes y medio. En el banquillo se sientan los representantes de Meta, grupo explícitamente acusado en esta ocasión de “enganchar a los usuarios, retenerlos el mayor tiempo posible, recopilar sus datos y luego ocultar la verdad al público”.
Los denunciantes, a diferencia de lo sucedido en procesos anteriores, son mayoritariamente públicos. Sostienen la acusación fiscales de California, Colorado, Kentucky y Nueva Jersey, en representación de veintinueve estados norteamericanos, cuyo objetivo es demostrar que Meta prioriza su ánimo de lucro sobre los posibles perjuicios que pueda causar a los usuarios. Son numerosos los padres que antes entablaron juicios contra Meta, acusando a este grupo de haber causado en sus hijos daños mentales que les abocaron a la muerte.
Son acusaciones de gravedad manifiesta que podrían concretarse en multas por cantidades astronómicas –se ha llegado a hablar de sanciones por un total de 1,2 billones de euros–, que comprometerían la competitividad de Meta en un momento en que las grandes tecnológicas luchan mediante inversiones masivas para obtener una posición dominante en el sector de la inteligencia artificial.
El juicio de Oakland debería marcar a las redes un antes y un después, como Facebook en el 2004Pero independientemente de cuáles sean las sanciones, lo pertinente sería, si finalmente se demuestra que Meta ha utilizado a sabiendas mecanismos adictivos, que modifique sus conductas y procedimientos, dejando de vulnerar las leyes federales o estatales que protegen la privacidad infantil y los derechos de los consumidores. En tal caso, las redes sociales que operan bajo el paraguas de Meta deberían quizás introducir modificaciones sobre mecanismos como los like o los scrolls infinitos, en los que actualmente basan una parte principal de su atractivo y de su capacidad para retener a los usuarios. A veces, hasta extremos realmente adictivos, que se concretan en horas y horas de entrega diaria a dichas redes, a menudo protagonizadas por niños que acaban de alcanzar el uso de razón, pero todavía son muy vulnerables enfrentados al modus operandi de los algoritmos y la voracidad de las redes.
El de Meta no es un juicio más en un país tan dado a los juicios como Estados Unidos. Puede y debe marcar, como en su día la aparición de Facebook, un antes y un después para las redes. Sobre todo, un después en el que las redes suministren a los jóvenes “experiencias saludables y valiosas online” (como afirma Meta), y en ningún caso operen de modo abusivo y lleguen a causarles problemas de salud mental (como sostienen los fiscales estatales).
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