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Durante muchos años me resistí a tener smartphone. Hasta 2024 seguí fiel a mi Nokia. Recuerdo arrojarlo por la ventana para divertir a mis amigos; el ladrillo era indestructible, obra de una empresa que entonces todavía no aplicaba la obsolescencia programada. Pero un mes antes de publicar La península de las casas vacías mi editorial me hizo comprar un teléfono inteligente y abrirme WhatsApp y X. Cedí. Me desprendí del último gesto analógico que me unía a una forma de vida casi extinta que muchos de los que padecemos el scrolling echamos en falta.

Así, hasta mis 34 tuve que arreglármelas para comunicarme sin redes sociales. En casa, una tableta me conectaba al mundo digital, pero fuera de ella vivía como en los noventa. Movido por la necesidad, una noche paseando por una playa concebí un método delirante para suplir Tinder. Marcaría un número al azar y preguntaría por un nombre cualquiera. Si quien descolgara respondía a ese nombre, sería el amor de mi vida. No me creerán, pero así fue. Me entró tal pánico que colgué de inmediato y nunca más supe de él. Desde entonces empecé a sospechar que quizás algo se ocultaba detrás del simple azar, pues me veía constantemente rodeado de casualidades así.
Movido por la necesidad, una noche concebí un método delirante para suplir Tinder: marcaría un número al azarEl día que cumplí 25 años fui a la estación de autobuses y pedí un billete para el siguiente destino disponible: Pontedeume. Junto al puente hice autostop y pedí al conductor que me dejara donde él terminara su viaje. Y llegué a Redes. Me quedé helado al reconocer la aldea y sus paisajes: la mismísima noche anterior había visto Julieta , de Pedro Almodóvar, rodada allí.
Años después, cuando vivía en Alemania, acudí al cine a una sesión sorpresa en la que el título de la película no era desvelado a priori. Me hice una promesa: si era una película española, me mudaría a mi país. Comenzó una cinta francesa y me resigné. Pero entonces apareció Carmen Maura, y lloré de alegría. Su presencia me bastó como señal. Y dejé Alemania. La película, malísima, se llamaba Paulette . Aquel mismo año empecé a dar clases de español para extranjeros. El primer día, una alumna, Elif, comentó que había estudiado Historia en Estambul. Le respondí que yo había tenido un amante de allí también historiador. Me recordó que la ciudad ronda los 16 millones de habitantes, pero le di su nombre. Habían sido compañeros de clase.
Y hace apenas unos días, 22 horas después de ver el eclipse, me quedé ciego. Perdí de golpe toda la visión central. Esto me suele pasar una sola vez al año, por padecer migrañas con aura. Me pilló tomando el tren de vuelta a Madrid. Un hombre me reconoció mientras buscaba el asiento a tientas. Estaba tan asustado que lo ignoré. ¡Mil disculpas! Me senté y esperé treinta minutos, el tiempo que me duran las auras. ¡Y desapareció!
Quizá por todo esto no me extraña nada que, durante los próximos 18 meses, me mude –gracias a varias residencias literarias– a Viseu, Venecia y Virginia. No descarten que el medio año restante lo pase entre Varsovia, Valencia y Viena. No por una razón práctica, o literaria, sino por una superstición puramente lingüística.
¡Aquí empiezan mis días afuera!
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