Según el calendario, el verano transcurre durante tres meses cada año. Para nosotros los vivos, es la estación de los calores. Sin embargo, veranum significó en el latín vulgar y originario algo así como tiempo suave. Pero el clima impera sobre la forma en la que los humanos lo vamos denominando. Suave no es el verano. Cada vez más cruentamente incendiario, eso sí lo parece. Incendiado, lo es ahora, el verano. Queda para otros la estadística histórica de hectáreas calcinadas, y para otros el declarar, peritos baratos, si son las ovejas quienes, pastando, serán nuestras salvadoras, las de nuestro medio rural. Pavoroso todo, en esto nadie escarmienta en cabeza ajena. Ni en patrimonio ajeno: la compasión por quienes vemos sufrir y arruinarse no quita el sueño al televidente.
Viví de verdad un fuego hace años; se comió miles de fanegas de pinos, encinas y madroños desde el sur del Algarve hasta el norte alentejano. Tras acechar las llamas horas en la cresta del cerro que se levantaba sobre aquella casa de alquiler, un golpe de viento y un calor recondensado lo urgieron a bajar con una velocidad extrema hasta nosotros. Los Bombeiros Voluntarios nos evacuaron a un aparcamiento de Aljezur; allí, en un coche, dormí con un perro dos noches. De vuelta al lugar, varios días pasamos apaleando brasas alrededor del cortijo. Un trabajo titánico, y muy probablemente inútil. El fuego se apagaría cuando quisiera.
El enésimo fuego sin control lo lloraron los castigados anteayer domingo, y lo pagan aún hoy. A ese fuego lo vimos, como a salvo, el domingo quienes conducíamos de noche desde el sur total del Estrecho al centro del tórrido valle del Guadalquivir, tras un gozoso fin de semana. Un calor inquietante había transportado los humos de la devastación que asolaba el oeste, en Niebla, hasta condensarse y posarse a cientos de kilómetros al este y al interior, encima de la capital a la que se dirigían miles de vehículos. Por puro cromatismo de ocaso, y por pura termodinámica meteorología, la boina en negro, marrón y rojizo sobre el lugar de destino de la caravana de hormigas era la más certera brújula. Mucho más panorámica que los prodigios de Google. La presencia de las borrosas llamas y brasas acechantes que, desde la autovía, quedaban por Huelva, se les mostraba siniestra en su meta, una urbe cuyos núcleos están de momento ajenos al fuego: ¿primero tomaremos el campo, después tomaremos la ciudad?
La platea de luces metropolitana definía desde la tierra aquella nube, que testimoniaba el terror apenas a una hora de coche. En casa estarían a salvo. Hasta llegar allí y sacar los bultos, cesó la charla. Dejaron de comentar los entrañables ratos de su fin de semana. ¿Ha sido siempre el verano tan canalla? ¿Vamos a tragar las explicaciones politicastras y sentenciosas sobre este orden de cosas que, según este ignorante que escribe, nada tiene que ver con lo que fue hace décadas, por ser mucho más cruel?
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