Un discurso político ha de ser consistente para no defender a la vez una cosa y su contraria. Y menos aún, proclamarlo con absoluta desvergüenza. Aunque es cierto que muchas veces la causa, más que en la insolencia, está en una profunda inanidad intelectual y una vastísima incultura. Porque del mismo modo que se puede transitar de una posición ideológica a la contraria, pero resulta complejo situarse en ambas a la vez, también acaba siendo imposible enorgullecerse de lo que se reprueba o censurar lo que se alaba.
Este absurdo desatino está a la orden del día y aunque afecta a todo el espectro ideológico se manifiesta de modo mucho más evidente entre los radicales de izquierda y derecha. La causa, probablemente, esté relacionada con el hecho de que reaccionarios y revolucionarios, si bien coinciden en querer derruir la realidad en la que viven porque se sienten profundamente incómodos en ella, pecan, los primeros, de añorar pasados imaginados e inexistentes que mitifican y desean reconstruir sin asumir que es imposible y los segundos de prometer paraísos utópicos que exigen renuncias demasiado graves y muy difíciles de aceptar por el resto de la sociedad. Es el sino de la demagogia populista; defender algo y lo contrario sin ahondar en exquisiteces argumentales. La política de los lemas, en definitiva.
Pensemos cómo la misma derecha nacionalista y ultracatólica que reniega de la globalización y tacha casi de satánica la archiconocida Agenda 2030, experimenta el mayor de los entusiasmos defendiendo que España protagonizó la primera globalización tras el Descubrimiento de América y se enorgullece de nuestro pasado imperial, alaba, justamente, las Leyes de Indias que convirtieron a los indios en súbditos de la Monarquía Católica y recuerda emocionado que la Constitución de Cádiz define a la Nación Española como la reunión de los españoles de ambos hemisferios, pero abomina de la emigración hispanoamericana y llama despectivamente “panchitos” a quienes proceden de la América española. Por no profundizar en la incoherencia de declararse católicos y despreciar la propia doctrina de la Iglesia.
O como la izquierda, de siempre atea o agnóstica, abanderada del feminismo, la liberación de la mujer, la no discriminación por causa de orientación sexual o identidad de género y las reivindicaciones de las minorías, acaba justificando planteamientos religiosos del Islam que niegan frontalmente lo que esa misma izquierda dice defender. Alaban dictaduras que persiguen a quienes desean vivir su homosexualidad en libertad o acomodan la defensa de las minorías a sus momentáneos intereses políticos cuando no a retorcidas interpretaciones como nos ha escandalizado comprobar en los casos de Ucrania o el Sáhara. Y si se lo recuerdas eres “facha”.
Son tan sólo un par de claros ejemplos de simpleza e incongruencia. Pero podríamos enumerar decenas de contradicciones similares e igual de inconcebibles en al ámbito económico, la estructura social, la arquitectura institucional del país o la posición de España en el mundo.
Lo mínimo que deberíamos exigirnos todos es mantener cierta coherencia en nuestros planteamientos ideológicos, al menos, para no caer en el ridículo de defender proposiciones excluyentes entre sí por contradictorias. Porque es legítimo cambiar de opinión, sea porque las circunstancias varíen o porque concluyamos tras cierta reflexión que nuestras apreciaciones o ideas no eran tan oportunas, correctas o justas como creíamos. Y no por ello nos convertimos en traidores a nada o a nadie. Será justo calificarnos de ventajistas si nuestros cambios de opinión coinciden con la obtención de beneficios personales que no hubiéramos obtenido en el caso de haber mantenido nuestra posición anterior. Y aunque no sea éticamente admisible podríamos asumir hasta que haya quien defienda algo en lo que no cree, sea por acomodación o por interés consciente. Pero me cuesta mucho entender y mucho más asumir que debamos vivir inmersos en un mar de incongruencias.
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