El apego de Donald Trump a la vida es ejemplar, y no dudará en utilizar a un manojo de periodistas como señuelo, para librarse de un atentado. Millones de europeos disfrutarían con la humillación del presidente estadounidense agazapado en un contenedor de comida, después de haber fingido que ascendía como si tal cosa la escalerilla del Air Force One en Estambul. Salió del avión por la puerta simétrica del otro costado. Los presuntos terroristas iraníes que había detectado el servicio secreto pensarían que la presa estaba a su alcance. De haber actuado contra el aparato como temía Washington, el inquilino de la Casa Blanca hubiera salido ileso, a cambio de las vidas de un manojo de informadores de los «medios difuntos».
El apego de Donald Trump a la vida es ejemplar, y no dudará en utilizar a un manojo de periodistas como señuelo, para librarse de un atentado. Millones de europeos disfrutarían con la humillación del presidente estadounidense agazapado en un contenedor de comida, después de haber fingido que ascendía como si tal cosa la escalerilla del Air Force One en Estambul. Salió del avión por la puerta simétrica del otro costado. Los presuntos terroristas iraníes que había detectado el servicio secreto pensarían que la presa estaba a su alcance. De haber actuado contra el aparato como temía Washington, el inquilino de la Casa Blanca hubiera salido ileso, a cambio de las vidas de un manojo de informadores de los «medios difuntos».
Trump le tiene pánico a un ataque de Teherán desde que mató al general Suleimani, en el último año de su primer mandato. El principal argumento para bombardear este año a Irán no consistía en paralizar el desarrollo de un arsenal nuclear, sino en desactivar un atentado contra su persona. La extraña maniobra de cambio de aviones, con tres aparatos desplegados para volar desde Turquía hasta Estados Unidos, demuestra que el peligro ha aumentado con la guerra de nunca acabar. También ilustra el fenomenal desprecio del presidente hacia sus acompañantes. Qué justificaciones aportaría hoy, de haberse materializado el hipotético ataque con un misil que dio por probable.
Aunque la añagaza aérea fue desvelada por el Washington Post, el propio presidente no pudo evitar las jactanciosas alusiones tangenciales a lo ocurrido, en la etapa segura del trayecto desde Londres a Washington. No solo admitió que vivía en permanente peligro de un ataque de Irán, sino que presumió de que «soy el número uno en su lista, antes que vosotros». Reclamaba la jerarquía incluso ante un peligro que eludió, comprometiendo de paso a personas ajenas a la amenaza. Y remató con un lema digno de Harry el Sucio. En concreto, «si yo voy, vosotros también vais. ¿De acuerdo?». Excepto que era falso. Trump se puso a salvo y ofreció a cambio la vida a su juicio insignificante de personas que se limitaban a realizar su trabajo. El imprescindible y los desechables.
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