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Sí, yo fui a EGB y esta exposición sin pintadas contra la OTAN ni heroinómanos no es más que la cáscara de mis recuerdos

Дата публикации: 19-07-2026 04:00:48

La muestra, que se puede ver estos días en Contemporánea Conde Duque, es un ejercicio nostálgico inane que no alcanza a ser ni siquiera un buen catálogo de la cultura material de los años setenta y ochenta100 cuadros para entender cómo los pintores de La Movida recurrieron a los mitos clásicos para narrar la modernidad
Cumplí trece años en 1990 por lo que muchas de las imágenes coloridas que componen Yo fui a EGB. La expo me son familiares y, en parte, forman parte de la escenografía de mi infancia. No tengo recuerdos futbolísticos del mundial 82 pero, efectivamente, me acuerdo del omnipresente Naranjito. Comí en platos Duralex y vi La bola de cristal.

Si echo la vista atrás, puedo recordar también las pintadas y el ambiente que se vivía en tiempos del referéndum de la OTAN o, luego, durante la huelga general del 14 de diciembre de 1988. Cómo no visualizar la silueta de muchos de los miembros de la generación anterior caminando por la calle con la cadencia triste de la heroína.

Reconozco que me acerqué al Centro Cultural Conde Duque, donde se puede ver durante este verano la muestra de la EGB, con los prejuicios que acabo de plasmar en el párrafo anterior. No pretendía encontrar una reflexión digna de un centro cultural que hace unos años adosó a su nombre el sintagma “cultura contemporánea”, pero las fotos promocionales prometían, al menos, un montaje ambicioso.























Maniquíes ochenteras



Lo primero que me encontré fue una cola a las puertas de la Sala 1, que acoge la exposición. Aforo completo. Creo que nunca me había pasado en el Conde Duque, aunque reconozco que suelo ir a deshoras. En todo caso, la espera fue corta y pronto entendí por qué: aunque en la sala había más gente que en la Línea 1 en hora punta, circulaba rápido hacia la salida porque la muestra es pequeña y tiene poco contenido. Que pase el siguiente.

Un corro de personas rodea una mesita con dos o tres teléfonos de los de antes. Los congregados los fotografían con sus propios teléfonos de ahora y lo más curioso es que todos tienen edad para haberlos conocido sobradamente. La escena ejemplifica bien lo que la exposición ofrece a su visitante tipo, que es aquel con ganas de regodearse en los estímulos nostálgicos más primarios, los mismos que nos llevaban a comentar los escenarios de Cuéntame durante las primeras temporadas de la serie.























Una clase



Un estímulo estético que aparece en las redes sociales desde hace al menos una década. Solo puede indicar que quienes crecimos en los ochenta somos esas personas mayores que repiten las mismas anécdotas sin parar. Una y otra vez. Y, quizá, que somos una generación tapón. Darían ganas de gritar que, por favor, pasen ya los exégetas de los años noventa si no fuera porque en gran medida somos los mismos y llevamos tiempo dando la lata también con esa década.

Espinete, Mazinger Z, quesitos del Casrío (me fío), tebeos, bicis BH, calentadores, Telesketch…un batiburrillo de objetos que bien podrían haber vivido antes en cualquier mercadillo o en el desván del pueblo se exponen aderezados con imágenes impresas.

En las fotos promocionales parecían trabajados los ambientes recreados. Una cocina, un salón, un aula con las mochilas viejas en los percheros... En directo, en cambio, resultan bastante cutres. En medio de la sala, abandonada, se aparece una mesa de bar con cuatro sillas metálicas igualitas a las que aún hoy utilizan en la mayoría de los bares.

Venía yo a esta hoja con ganas de criticar la romantización de los cuadernillos Rubio y la letra ligada; la puesta en valor del óxido en los columpios y los viajes de ocho horas a la playa sin aire acondicionado. Referencias todas que, en el fondo, sirven para construir el discurso de la generación de cristal. Tenía yo intenciones de argumentar que exponer a la Bruja Avería como quien pone a Doña Rogelia y hurtarle su contexto como villana capitalista reduce las imágenes de nuestra primera infancia a una cáscara vacía.

Quería yo hablar del fetichismo estético de la nostalgia pero me he encontrado que lo que en realidad tenía que decir es que, ni siquiera en sus materiales, merece la pena acercarse al Conde Duque a ver Yo fui a la EGB. La expo. No digáis que no avisé.


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Cumplí trece años en 1990 por lo que muchas de las imágenes coloridas que componen Yo fui a EGB. La expo me son familiares y, en parte, forman parte de la escenografía de mi infancia. No tengo recuerdos futbolísticos del mundial 82 pero, efectivamente, me acuerdo del omnipresente Naranjito. Comí en platos Duralex y vi La bola de cristal.

Si echo la vista atrás, puedo recordar también las pintadas y el ambiente que se vivía en tiempos del referéndum de la OTAN o, luego, durante la huelga general del 14 de diciembre de 1988. Cómo no visualizar la silueta de muchos de los miembros de la generación anterior caminando por la calle con la cadencia triste de la heroína.

Reconozco que me acerqué al Centro Cultural Conde Duque, donde se puede ver durante este verano la muestra de la EGB, con los prejuicios que acabo de plasmar en el párrafo anterior. No pretendía encontrar una reflexión digna de un centro cultural que hace unos años adosó a su nombre el sintagma “cultura contemporánea”, pero las fotos promocionales prometían, al menos, un montaje ambicioso.

Maniquíes ochenteras

Lo primero que me encontré fue una cola a las puertas de la Sala 1, que acoge la exposición. Aforo completo. Creo que nunca me había pasado en el Conde Duque, aunque reconozco que suelo ir a deshoras. En todo caso, la espera fue corta y pronto entendí por qué: aunque en la sala había más gente que en la Línea 1 en hora punta, circulaba rápido hacia la salida porque la muestra es pequeña y tiene poco contenido. Que pase el siguiente.

Un corro de personas rodea una mesita con dos o tres teléfonos de los de antes. Los congregados los fotografían con sus propios teléfonos de ahora y lo más curioso es que todos tienen edad para haberlos conocido sobradamente. La escena ejemplifica bien lo que la exposición ofrece a su visitante tipo, que es aquel con ganas de regodearse en los estímulos nostálgicos más primarios, los mismos que nos llevaban a comentar los escenarios de Cuéntame durante las primeras temporadas de la serie.

Una clase

Un estímulo estético que aparece en las redes sociales desde hace al menos una década. Solo puede indicar que quienes crecimos en los ochenta somos esas personas mayores que repiten las mismas anécdotas sin parar. Una y otra vez. Y, quizá, que somos una generación tapón. Darían ganas de gritar que, por favor, pasen ya los exégetas de los años noventa si no fuera porque en gran medida somos los mismos y llevamos tiempo dando la lata también con esa década.

Espinete, Mazinger Z, quesitos del Casrío (me fío), tebeos, bicis BH, calentadores, Telesketch…un batiburrillo de objetos que bien podrían haber vivido antes en cualquier mercadillo o en el desván del pueblo se exponen aderezados con imágenes impresas.

En las fotos promocionales parecían trabajados los ambientes recreados. Una cocina, un salón, un aula con las mochilas viejas en los percheros... En directo, en cambio, resultan bastante cutres. En medio de la sala, abandonada, se aparece una mesa de bar con cuatro sillas metálicas igualitas a las que aún hoy utilizan en la mayoría de los bares.

Venía yo a esta hoja con ganas de criticar la romantización de los cuadernillos Rubio y la letra ligada; la puesta en valor del óxido en los columpios y los viajes de ocho horas a la playa sin aire acondicionado. Referencias todas que, en el fondo, sirven para construir el discurso de la generación de cristal. Tenía yo intenciones de argumentar que exponer a la Bruja Avería como quien pone a Doña Rogelia y hurtarle su contexto como villana capitalista reduce las imágenes de nuestra primera infancia a una cáscara vacía.

Quería yo hablar del fetichismo estético de la nostalgia pero me he encontrado que lo que en realidad tenía que decir es que, ni siquiera en sus materiales, merece la pena acercarse al Conde Duque a ver Yo fui a la EGB. La expo. No digáis que no avisé.

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