Ayer arriesgué a full con Mark Zuckerberg. El algoritmo me ha llamado varias veces la atención y me ha castigado en dos o tres ocasiones a no publicar textos o imágenes. Todavía no estaba el Facebook preparado para distinguir las voces de los ecos y menos para descifrar el sarcasmo y la ironía. Pero aprende rápido, te coge el aire (¡qué susto!) y hasta es capaz de detectar cuándo hablas en serio o en broma. Y a separar el grano de la paja. Ya sí discierne entre cuándo denuncias, cuándo condenas o, simplemente, cuándo observas, de cuándo –a sus, por ahora, limitadas luces– te recreas, en plan pedófilo. Te podía caer la del pulpo si ponías en tu muro una foto callejera en blanco y negro, tomada hacia 1940 por la fotógrafa estadounidense Helen Levitt, de niños jugando en Nueva York, una de las imágenes antropológica y sociológicamente más reveladoras, un precioso documento en el que un chiquillo le levanta la falda a una niña, en un rapto de curiosidad infantil por ver cómo está hecho el otro. Un mes me tuvo Zuckerberg callado como a un cartujo en su celda. ¡Qué crueldad! Es como si a mi tita María, a sus 89 años, le prohíben rezar las tres –o cuatro– partes del rosario y, también, el rosario de las naciones, y, además, le rompes la baraja para que no se haga trampas en el solitario o la interrumpes cuando, en mitad de un terremoto, rezaba el trisagio. Hubiera sido muy cruel; al menos, a mí se me puede sedar con Lorazepam, para que permanezca tranquilo y sin alterar el orden público con mis gritos de desesperación. Porque la tortura más grande a la que se me puede someter es obligarme a estar callado. Pero mi tita se hubiera tenido que apañar solo con una tila y un trozo de morcilla. Creo que FB ha aprendido: ayer colgué un fragmento de un kylix griego de hace 2500 años con una escena de cortejo homosexual en la que un viejo (erastés) acerca su mano al sexo de un efebo (erómeno), ambos desnudos; el viejo con cara de deseo y pene erecto y el joven, indiferente, de pene sano pero arriado. Zuckerberg ni me ha castigado ni ha borrado la imagen, que titulé –dándomelas de moernillo– Farmeando aura. No sé si alegrarme o preocuparme. Si la inteligencia artificial aprende a descifrar la ironía, a reírse y a hacer poesía, estamos aviados: los humoristas y los poetas nos vamos al paro. Y yo, ni con Lorazepam.
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