No se acaba agosto sin que esta esforzada columnista, un año más, le dedique un artículo a su mueble más preciado, la cama. Hay objetos domésticos que son más que eso: los espejos (“susto de poetas”, dice Monterroso), el reloj (más susto aún, ya nadie gasta de pared –esos ataúdes de péndulos– ni los de sonido seco, de crujir de huesos –clac, clac– al pasar el segundero) y la cama. Jean Baudrillard te haría de esto una tesis. El orden patriarcal y burgués convirtió la cama matrimonial, junto con el armario y el aparador provenzal, en muebles-monumento, con el crucifijo y la lámpara por exornos. El blanco de las sábanas –implacable en los hoteles– remite primero a lo virginal y a la purificación de las pulsiones, y de ahí a la limpieza y lo higiénico. Mas antes y después de tales codificaciones, las camas han sido catres en los trojes y fragantes tálamos de seda. Sostengo que Odiseo, hasta el culo de lotos, extrañó su lecho y le dijo a Calipso: “Me voy a ir yendo”. Otrosí, a los amantes que tienen entre ellos buena cama, no requieren más localizaciones ni ajuares parafílicos que el campo de plumas. La mercadotecnia ha inundado las alcobas de viscoelásticas y demás ergonomías. Las camas automatizadas las reservamos a personas impedidas, aunque está próximo el día en que nos las vendan a cualquiera. Con cuentakilómetros y caja negra.
Con todo, no estamos bien vistos los aficionados a la piltra. Mucho Byung-Chul Han, wu wei, mindfulness, mucho rollo de la siesta como acto revolucionario, y luego te ven remolonear y se atacan. La molicie continúa siendo sospechosa. Meditar, bien; revolearte en la cama, fatal. Las camas son para dormir, punto, –nos corrigen–, no para comer, leer, echar las patas por alto, ver una peli, llorar, acariciarse, charlar, mirar las sombras del techo, jugar. Pues por eso –y en esto contravengo a los expertos– quizá haya tanto insomne. Porque a la cama hay que cogerle gusto en vez de manía. Y en esto, a las gentes forjadas contra el derecho a la pereza, se nos reeduca con horas de regodeo. Hasta quienes aprendimos –la cacareada cultura del esfuerzo tatuada en la sangre– que descansar solo es aceptable para rendir más, tenemos remedio. A lo que iba: al placer de la cama, más despacioso en el verano, hay que sumarle en estos días un detalle que extasía: echarse por lo alto la sabanita.
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| 1 | Зубатка Пёстрая | 0 | 0 | 05-07-2026 |
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