Los perros no saben distinguir qué plantas son seguras y cuáles pueden resultar peligrosas, por lo que conocer las especies que tenemos en casa es una medida de prevención importante durante la etapa de cachorro
Cuando un cachorro llega a casa, prácticamente todo puede convertirse en un objeto de exploración; muerde juguetes, muebles, zapatos y cualquier cosa que encuentre a su alcance. Las plantas tampoco escapan a esta conducta, y ahí puede aparecer un riesgo que muchos tutores pasan por alto.
El veterinario Israel Pérez advierte en una publicación en Instagram de que no hay que confiar en que un perro vaya a identificar por sí mismo una planta venenosa. “Un perro puede comerse perfectamente una planta que sea tóxica para él”, explica. El riesgo es especialmente relevante durante los primeros meses, cuando los animales utilizan la boca para investigar buena parte de lo que les rodea.

Pero esta conducta no desaparece necesariamente con la edad. Un perro adulto también puede masticar una planta por curiosidad, aburrimiento o estrés. Por eso, la prevención no debería limitarse a los cachorros.
Plantas aparentemente inofensivas que pueden ser tóxicasTener una planta en casa no significa que vaya a provocar una intoxicación, pero sí conviene conocer qué especies tenemos y qué consecuencias puede tener su ingestión. La ASPCA mantiene un listado específico de plantas tóxicas y no tóxicas para perros y advierte de que incluso algunas plantas clasificadas como no tóxicas pueden provocar molestias gastrointestinales si se consumen.
Entre las plantas habituales que pueden resultar problemáticas se encuentran el aloe vera, el poto, el filodendro, la dieffenbachia y la hortensia. Asimismo, conviene saber que el problema no siempre se limita a trastornos digestivos; algunas especies pueden provocar irritación de la boca, vómitos, diarrea u otros signos dependiendo de la planta y de la cantidad ingerida.
La ASPCA señala, por ejemplo, que el poto y el filodendro contienen cristales de oxalato cálcico insoluble que pueden irritar la boca y provocar babeo, vómitos o dificultades para tragar.

La recomendación de Pérez es sencilla: revisar todas las plantas que haya en casa y comprobar individualmente si son seguras para perros. Y no hay que olvidarse de las que están en balcones, terrazas o jardines, ya que también forman parte del entorno al que puede acceder el animal.
Esta idea está estrechamente relacionada con otros comportamientos habituales en los perros. Tal y como explica en una entrevista con La Vanguardia la veterinaria Isabel Luño Muniesa, determinadas conductas que a los humanos pueden parecernos extrañas o desagradables pueden tener detrás motivos de exploración, aburrimiento, estrés o incluso problemas físicos.
Uno de los comportamientos que mejor encaja en esta explicación es la coprofagia, es decir, que el perro se coma sus propias heces o las de otros animales. En los cachorros puede aparecer como una conducta exploratoria y de búsqueda, especialmente mientras descubren su entorno, y en muchos casos desaparece con la maduración.
Sin embargo, Isabel Luño Muniesa señala que tampoco debe darse por hecho que se trata únicamente de una cuestión de comportamiento: problemas digestivos, mala absorción de nutrientes, parásitos intestinales o alteraciones que aumenten el apetito también pueden estar detrás de esta conducta.

En definitiva, en cachorros, la exploración oral forma parte del aprendizaje del entorno, pero conviene proporcionarles un espacio seguro y supervisar aquello que tienen a su alcance. En perros adultos, un aumento repentino de conductas como masticar objetos o plantas también puede justificar una valoración de su entorno y, si aparece junto a otros cambios, una consulta veterinaria.
Si existe sospecha de que el animal ha ingerido una planta potencialmente tóxica, la ASPCA recomienda contactar con un veterinario para valorar el caso. La gravedad depende de la especie vegetal y de la cantidad ingerida, por lo que identificar la planta puede resultar especialmente útil.