Las grandes manifestaciones que el sábado sacudieron a toda Francia y acabaron con violencia y saqueos a más de 3.000 comercios e incendios de edificios públicos —como el Ayuntamiento de Limoges—, han conmocionado al mundo. La violencia es lo más llamativo, pero quizás lo relevante sea la magnitud de la protesta, en principio pacífica, que reunió a más de 700.000 personas, desde estudiantes de secundaria —ahí empezó el conflicto— a ciudadanos irritados por la carestía de la vida y un revival de los chalecos amarillos de 2018, contra la subida de los carburantes.
Las grandes manifestaciones que el sábado sacudieron a toda Francia y acabaron con violencia y saqueos a más de 3.000 comercios e incendios de edificios públicos —como el Ayuntamiento de Limoges—, han conmocionado al mundo. La violencia es lo más llamativo, pero quizás lo relevante sea la magnitud de la protesta, en principio pacífica, que reunió a más de 700.000 personas, desde estudiantes de secundaria —ahí empezó el conflicto— a ciudadanos irritados por la carestía de la vida y un revival de los chalecos amarillos de 2018, contra la subida de los carburantes.
Las encuestas dicen que, en Europa, la mayoría de los jóvenes se inclinan a la extrema derecha, pero resulta que hay otros jóvenes distintos que se manifiestan —a veces, con excesos— contra un sistema que creen injusto. Y no solo en Francia, donde manda el centro-derecha; pasa también en la Italia de Meloni… y en la España de Pedro Sánchez, donde el difícil acceso a la vivienda es causa de frustración y desigualdad.
En Francia, la situación es más explosiva, porque el Gobierno —sin costumbre— no tiene mayoría, todo está bloqueado hasta las elecciones presidenciales de mayo, la gente pide más cosas al Estado, pero el Estado tiene un déficit del 5,4%, casi el doble que España, y una deuda pública del 119%. Francia no tiene dinero para pagar su gasto público, pero los franceses no lo admiten, mientras los mercados le exigen cada día más intereses por su deuda.
Por eso, el bono francés a 10 años —castigado, como todos, por la guerra de Trump— ha escalado desde febrero del 3,2% al 5%, mientras el español está en el 4%. España crece más, crea más empleo y los mercados —los que nos financian el déficit— creen que la situación es mejor o, como mínimo, menos mala.
Quizás Abascal sea vicepresidente de Feijóo, pero en Francia la presidencia de la República, con muchísimo más poder, puede ir a manos de la extrema derecha de Marine Le Pen o de la extrema izquierda de Mélenchon. Y ambos no quieren tocar la jubilación a los 63 años. Aquí, ni Unai Sordo lo sueña.
Y en España —al contrario que en Francia e Italia— hasta ahora la violencia ha sido mínima, pese a las acampadas por el desahucio de Maricarmen y la huelga de profesores contra Ayuso, pero las causas del malestar son generales. Cohn-Bendit, el Danny el Rojo de mayo de 1968, afirma que la protesta de los jóvenes de entonces era optimista. Se creía que el mundo sería mejor y más justo, mientras que ahora la protesta es pesimista. Contra las peores expectativas, tras la crisis de 2008, la contención salarial por la competencia de los países emergentes (China y otros), el temor a los efectos ya muy visibles del cambio climático y la gran incertidumbre de la inteligencia artificial. Geoffrey Hinton, premio Nobel de Física, dice que hay más de un 1% de posibilidades de que destruya a la humanidad.
En 1968 había una indignación optimista. Se exigía y se creía que el mundo iría a mejor. Ahora domina la angustia porque, aunque en el mundo hay mucha más riqueza (los chinos entonces morían de hambre), el futuro es mucho más incierto. Y las expectativas son más confusas. Felipe González ha dicho que, cuando acabó su mandato (1996), la mayoría ya se creía clase media, pero ahora —cuando todos son universitarios— hay más que compiten por vivir como clase media. Y como los partidos centrales de la Europa de posguerra no han sabido solucionar estos grandes desafíos —quizás, algunos, irresolubles— la protesta la encarna la extrema derecha, que no ha tenido el poder. O, menos, la extrema izquierda. Y los conservadores y liberales, o los socialdemócratas, solo saben resistir: ¡que los bárbaros no nos invadan!
El sociólogo francés Jerome Fourquet dice que el problema de Francia es que «nadie pilota el avión». ¿Solo en Francia? En los sesenta vivíamos la América de Kennedy y el inicio en Praga de la rebelión contra el comunismo. Hoy comemos Trump y Putin. Y Europa —la gran esperanza de España bajo Franco— ha avanzado, pero ahora no logra ponerse de acuerdo ni para mantener su mísero presupuesto comunitario. ¿Puede, así, la extrema derecha encarnar el atractivo de lo nuevo?
Hace muchos años que nunca sucede lo peor. Pero en España pasó (1936) y en Europa (1939-1945). Convendría no olvidarlo.
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