Esta semana Ferran Torres fue a divertirse al Hormiguero, pero hubo momentos en que lo vimos sufrir. También a la invitada sorpresa, obligada a hacer un poco de teatro a las órdenes de Pablo Motos.
Esta semana Ferran Torres fue a divertirse al Hormiguero, pero hubo momentos en que lo vimos sufrir. También a la invitada sorpresa, obligada a hacer un poco de teatro a las órdenes de Pablo Motos.
Como suele hacer el presentador cuando entrevista a un futbolista, empezó presumiendo de su increíble amistad con el invitado. A Motos le gusta exhibir el compadreo ante la audiencia, usándolo como una credencial, una manera de marcar su estatus. Motos contó que ambos compartieron una larga noche en Ibiza junto a Ilia Topuria. Torres reveló entonces que el presentador no había visto ni un partido del Mundial, ni siquiera la final. Y Motos convirtió esa ignorancia en una supuesta prueba de una amistad genuina: “Así cuando te veo no tengo prejuicios de que seas futbolista. Somos amigos, nos llevamos fenomenal, nos lo pasamos que te cagas, todo bien y ya está”. Es muy posible que se lleven estupendamente, sin duda. Pero la relación que Motos quiso mostrar en pantalla se articula, precisamente, alrededor de la fama. Al invocar la amistad, exhibe su acceso a la intimidad del futbolista y obtiene una credencial ante la audiencia. La anécdota le permite presumir de un acceso privilegiado a Torres. El uso televisivo de este vínculo alimenta la hoguera de las vanidades en la que ambos se prestan una dosis de prestigio. Dime quiénes son tus amigos y te diré lo famoso que eres.
La entrevista deparó otro momento de vergüenza ajena. Motos recordó a Torres el vídeo viral en el que una voz femenina exclamaba extasiada: “¡Oooh, Ferrrraaan!”. El futbolista admitió que le daba apuro que aquella broma le persiguiera a todas partes. Y el programa se esforzó para contribuir a ello: llevó a la autora del grito al plató y le pidió que lo repitiera delante de él. Una ocurrencia que funcionaba en la lógica del vídeo, con la distancia virtual. Al convertirla en una escena presencial tan forzada, perdió toda la gracia. Ella tuvo que interpretarse a sí misma y Ferran Torres tuvo que fingir una naturalidad que su incomodidad desmentía. El resultado daba apuro. El programa reforzó dos tópicos a la vez: la chica quedó reducida a una fan exaltada y Torres a un cuerpo expuesto a la admiración. Ella tenía que escenificar el deseo y él recibirlo y limitarse a sonreír. El sexismo y la horterada de la escena retratan más al director de orquesta que a los incómodos protagonistas.