El creador de contenido que bajó a los ‘influencers’ de su altar salta a la televisión al frente de ‘Amor con interese’, un programa en gallego de citas y misterio
Lo que empezó como una broma de la facultad ha llevado a Adrián Pérez (Santiago de Compostela, 1995) a ponerse al frente de un ‘dating show’. “Tenía un guion, tenía que sonreír, tenía que estar divertido… pero era mi primera vez”, cuenta el gallego, que triunfa en las redes bajo el pseudónimo ‘Salseología’, una marca que lo ha posicionado como la voz crítica más aguda de la galaxia digital y que ahora debuta en la plataforma AGalega con el estreno de Amor con interese. Formado en Filología Inglesa, este treintañero cambió las aulas y los memes literarios clandestinos por un análisis sin filtros de las contradicciones de la fama 2.0, un fenómeno que ya diseccionó en su ensayo Todo lo que hay detrás que no se ve (Ediciones B, 2024) y que le ha servido para destapar las costuras de un sector donde, asegura, “todos necesitamos un buen trago de realidad muchas veces”.
Tomando distancia del postureo y del ayuno intermitente que abanderan las llamadas “neopititas”, Pérez prefiere refugiarse en los placeres tangibles de la repostería casera, el olor a sofrito de abuela y una sobremesa larga que este año le ha obligado a quitarse la careta del anonimato para dar la cara en cámara.
Con la misma ironía con la que despacha las contradicciones de las grandes marcas o el algoritmo de Instagram, el creador reconoce que la decisión de enseñar su rostro responde tanto a una madurez profesional como a la necesidad de defender sus nuevos proyectos en televisión: “Mostrar la cara ha sido como ese traje o abrigo que tienes guardado en el armario para un momento especial”. Hoy brindamos con él para hablar de su salto a la pequeña pantalla, del amor en tiempos de la IA y de los brindis pendientes que le quedan a la industria digital.
Imagina que hemos quedado a cenar para celebrar que, además de seguir al pie del cañón en redes, te estrenas en la plataforma de ‘streaming’ AGalega como presentador. ¿Adónde me llevas?
Si es en Madrid, me gusta mucho el Little Dragon. Está muy guay porque es muy de compartir. ¿Lo conoce mucha gente? No. ¿Hay siempre cola? Sí, pero te atienden muy rápido. Una vez fui a cenar y nos pusieron antes la comida que la bebida, o sea que imagínate la rapidez. ¡Me gusta mucho lo de compartir!
¿Con qué brindaríamos?
Antes era de cerveza; pero me pasé al vino blanco con hielo, siempre albariño, de la tierra.
Si convertimos tu momento actual —con tu marca aposentada en Instagram y este salto a la TV— en un vino, ¿cómo sería?
Siempre fresquito, que siempre apetece. No es joven, pero no es viejo. No tengo muy claro cuántos años tiene que tener un vino, pero tres añitos tendría yo. Sería un vino que no te aburre.

El proyecto que ahora es ‘Salseología’ empezó sin querer. ¿Cómo ha fermentado tu presencia en redes?
Veo que no es para todos los públicos, pero que poco a poco ha llegado a todas las casas. Tengo un demográfico muy claro, que son mujeres de 25-35 años; las que se toman su vino blanco. Las de 35 para arriba ya son, a lo mejor, más de vino tinto.
Recordar esos inicios en los que ‘Salseología’ era todavía una broma de facultad con otros tres amigos, ¿a qué sabe?
Me sabe a los cuatro tomando una caña en La Tita (Santiago), un sitio al que íbamos bastante por su pincho de tortilla. Y también me sabe a clandestino; teníamos que estar publicando de extranjis y no podíamos abrir el móvil en clase por si había notificaciones. Era como un tablón de anuncios y memes de la carrera, con tonterías literarias. Funcionaba guay, la verdad; a lo mejor solo eran mil seguidores, pero era algo muy nicho.
De estudiar filología inglesa a trabajar la “salseología” y diseccionar las contradicciones de los influencers. ¿Hay poso del estudiante de letras que fuiste en el analista digital de hoy?
Queda algo que siempre seré. No por el título, sino porque soy un apasionado de la literatura. Pero es algo que ya era antes. ¿Me sirvió de algo? Pues no lo sé, igual mi elocuencia viene gracias a eso. Decir “gramática” queda mejor que “palabras”.
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En este ecosistema donde todo caduca en 24 horas, ¿qué creador de contenido ha envejecido como una gran reserva?
Una es Alexandra Pereira, que empezó subiendo ‘hauls’ con fotos bastante cuestionables y ahora está trabajando con las mejores marcas de moda. Ella es ‘OG’ y dice: “Todas esas que decís que fuisteis las primeras, yo no os vi”. También diría a Laura Escanes; a día de hoy, ella es Instagram España. Y otra es Violeta [Mangriñán]; nadie la soporta en la tele, pero poco a poco se fue adentrando en redes y ya no hay campaña sin ella.
¿Y qué fenómeno de las redes dirías que se ha desinflado como un espumoso al que se le van las burbujas rápido?
Esos ‘tiktokers’ que un día lo son todo y al otro día no son nada, este plan que no me interesa nada, que son Fabiana Sevillano o Marina Barrial. Su tema es estar con uno, decir que no están… Son muy jovencitas. Eso a lo mejor es lo que me da más reparo, que las estoy juzgando desde una edad más madura. Y tampoco es que yo sea maduro; yo soy un niño pequeño con una tarjeta de crédito. Pero pienso: “Me parece genial lo que estáis haciendo, pero al final no estáis haciendo nada”. Dais a entender que sois una nueva generación que tiene mucho que contar, decir y presentar, y al final no estáis presentando nada.
Salseología
El crítico de los influencers
¿A qué influencer le darías un buen trago de realidad?
Todos, y me incluyo, necesitamos un buen trago de realidad muchas veces. Pero sobre todo sería a gente como Fabiana; a alguien que diga un “vosotros habéis tenido tres meses de vacaciones y yo ni una semana”. O a Abril Cols, que dice: “Nos hemos tomado un día entero y ya tenemos todo el mes grabado de contenidos”. ¿Sabes que la gente trabaja de verdad cada día? Es que grabar cómo te estás haciendo un matcha no es trabajar de camarera, es trabajar de influencer que hace un matcha.
Ante tus críticas, ¿alguna vez ha habido alguien que te haya dicho: “Para ya”?
En general, tengo buen rollo. No creo que lo haga a cuchillo y muchas de las influencers que se ven subidas dicen: “Joder, tienes razón”. Pero sí ha habido. Laura Matamoros me dijo: “¡Igual trabajo más que tú!”. “Toma, aquí puedes darle unas escuchas a mi pódcast”, le respondí. Nadie que sea del círculo Matamoros me debe decir que me tengo que poner a trabajar.
Durante mucho tiempo has sido un buzón de sugerencias anónimo de internet y ocultabas tu rostro.
Al inicio de la cuenta fue por un: “Chicos de la facultad, contadnos lo que queráis”. Si es algo anónimo, siempre es muy fácil hablar y soltar por la boquita; si ves quién es, piensas: “Uy, no me llevo bien con esa persona o no sé quién es”. Aunque todo el mundo en la facultad sabía quién yo era.
¿Te dio pereza quitarte la máscara del anonimato?
Me dio más miedo que pereza. Mucha gente influencer me dijo: “Yo de ti no me la quitaría, ¿tú sabes lo bien que se vive pudiendo hacer esto sin que te vean?”. Pero, y esto es mi percepción, cuando te dedicas a señalar determinadas conductas, se te puede achacar que no das la cara. Mostrar la cara ha sido como ese traje o abrigo que tienes guardado en el armario para un momento especial. No quieres ponértelo un lunes para bajar a tomar un vino; es algo que quieres para una boda. Yo también soy influencer, y si sacas un proyecto guay que necesita ir a prensa o tener vídeo, pues también lo estoy haciendo por esto. Lo estoy haciendo porque me apetece, pero si me pagas un poquito… ¡vamos!

¿Qué aroma o sabor embotellarías para abrirlo en esos días en los que el algoritmo de Instagram se pone tonto?
Soy muy de hacer bizcochos y repostería; quiero ir a Bake Off. MasterChef también me vale porque cocinar se me da bien. Soy muy de cocinar, me gusta mucho y me relaja. Si el algoritmo se pone tonto, yo cocino; si estoy nervioso, cocino; si acabo un examen, cocino. El aroma a vainilla siempre me gusta, el coco. Y el sabor a una tarta de zanahoria o un licor café de sábado. Y, en casa, siempre una cebolla para el sofrito, que recuerda a abuela.
Te acabas de estrenar como conductor de Amor con interese, un dating show en la televisión gallega.
El director del programa y yo teníamos un pódcast pequeñito en gallego. Se llamaba Non vale enfadarse, y el título era irónico porque siempre nos acabábamos enfadando. La televisión de Galicia sacó un concurso de programas y dijimos: “¿Y si presentamos uno?”. Ahora los datings están muy de moda, pero le teníamos que dar un twist. Mandamos este proyecto en el cual él [el director], que tiene un currículum muy bueno, era guionista del programa, con una productora bastante conocida en Galicia y conmigo, que tengo números... nos dijeron que sí.
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¿A qué ha sabido ponerse al frente de este formato?
Me dio miedo. Tenía un guion, tenía que sonreír, tenía que estar divertido… pero era mi primera vez. No podía defraudar al resto que estaba trabajando y tenía que decirlo todo a la primera porque era una sorpresa para los participantes, que venían un poco a ciegas.
En el programa hay impostores, los “cibercarrachos”, que fingen ser la pareja ideal guiados por una IA. ¿Son las redes el casting perfecto para detectar quién va por amor y quién por puro interés económico?
Sí. Hubo gente a la que se eligió como “cibercarracho” muy rápido porque ya se sabía muy bien cómo era, y muchos mintieron muy bien. Otra de las razones por las que estaba nervioso es porque, a veces, tenía que llamarlos por un nombre falso. Tenía que decirlo a la primera y de memoria.
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El crítico de los influencers
El amor de pareja se ha convertido en una gran herramienta para generar interés en el mundo influencer.
La gente ya está aburrida de esto de: “Estamos, no estamos; no lo contamos, y si lo contamos es porque…”. ¡Si lo contáis es porque os beneficia! Al final, dos chavalitos que están juntos y sus contenidos se retroalimentan venden mucho. Y también venden mucho las parejas más mayores, las que se casan y tienen hijos. No quiero decir que esos sean los únicos seguidores de María Pombo, pero hay mucha gente que tiene su matrimonio con Pablo [Castellano] como único foco de interés. Ellos serían como un vino blanco y un vino tinto, que no maridan. A mí no me interesan para nada, pero está demostrado que hay gente a la que sí. Y a mí me interesa que interese.
Si tuvieras que diseñar un menú para satirizar los hábitos alimentarios de la élite de Instagram, ¿qué no faltaría?
El matcha es impepinable y ahora está la tendencia de tomarlo con mango. Creo que la tostada de aguacate ya se acabó y el açaí ‘is over’; nos hemos cansado. Lo que se lleva es el ayuno intermitente; ya no hay menú. Es una pregunta difícil porque las “neopititas” a veces llevan mal lo de comer. Lo explico en mi libro; lo de “pitita” es de Martín Bianchi y yo les puse “neopititas” sin su permiso. Del mundo de las redes podrían ser María G. de Jaime o Grace Villarreal. María Pombo no, que no está aduquesada y creo que ha limpiado un baño alguna vez en su vida. Pero todas esas son de medio huevo cocido y a dormir.
Fuera de la pantalla, ¿se te conquista por el estómago?
Creo que a las personas que cocinamos nos cuesta más comer que a otras personas. No es que sea muy buen cocinero, pero es que el resto del mundo sabe cocinar poco. Incluso tengo la suerte de cocinar bonito, que eso entra mucho al ojo. ¿Se me conquista por el estómago? Los sitios me conquistan por la comida, sí, pero la gente...
Y si tienes que elegir a un influencer para que te cocine algo exquisito, ¿quién sería?
A dos que sé que cocinan bien, que son Diego Doal y Paula Casado. Son un dúo cómico muy guay y con ellos comería bien 100%. Si es un influencer que no cocina de manera profesional, igual prefiero un sándwich. Pero quizá elegiría a alguien que ganase MasterChef; a Inés Hernand, por ejemplo.
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La otra cara: ¿de quién no te fiarías para que te prepare un menú?
De la familia Villarreal, con sus platos crudos y veganos en su mayoría. Me quedo asustado con ese kimchi, el huevo cocido… aunque a veces a mí también me apetece ponerme un plato de cosas y comer así de picoteo. El otro día lo hice; me apetecía pimiento, huevos… y me sentí Villarreal.
¿Cómo maridas un domingo ideal para desconectar de la tiranía de los stories, las visualizaciones y las polémicas?
Estoy dejando los domingos de resaca. Siguen existiendo, pero no son semanales. Siempre hay que trabajar. Los domingos son más light, menos a las 20 o 21 h, que es cuando se cuentan las cosas. Pero mis domingos son de que nadie me moleste. Siempre aprovecho para hacer lo que no hago durante la semana, aunque durante la semana tampoco es que haga muchas cosas. Pero es un día en el que me siento menos culpable de todo. La película esa con la que voy a perder 3 horas viéndola, no me importa. Y si me quiero ir a la cama a las 20 h, me voy.
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¿Tienes alguna manía o ritual a la hora de cocinar un ‘stories’ bomba?
Depende el día. A veces guardo cosas para subirlas un día que tenga tonto y no haya hecho nada en todo el día. También tengo el ritual de no subir nada a partir de las 10 de la noche porque la gente pasa, pero yo a las 12 seguiría. Y tampoco subo nada antes de las 12 del día siguiente porque la gente tiene trabajos y esas cosas. Las 12 es esa hora de antes de comer en la la gente está aburrida y se mete en Instagram.
A cara descubierta, ¿qué descubriría de ti si compartimos sobremesa?
Creo que, al conocerme, muchas veces piensan que no soy tan malo o desagradable como leen. Descubrirías que soy divertido y muy sociable, y que siempre me gusta estar con un vinito en la mano.
Has confesado que ver ciertos documentales de influencers es tu placer culpable favorito. Vino en mano, ¿cuál revisitarías?
El primero, que es el peor, es el de Marta Díaz. Si eres un circo de verdad, te lo compro porque a mí me encanta eso, pero no me gusta que lo falsees. Lola Lolita es un circo de verdad y lo aplaudo, pero Marta quiere serlo. No me gusta la dramatización y guionización en estas cosas, con Marta yéndose a trabajar a las aceitunas con música de fondo, la gorra puesta y maquillada. No me gusta inventar escenarios. Las Kardashian crean escenarios, pero hay verdad. Otro que con un vinito va bien es el de Rocío Osorno, que es terrorífico.
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Si pudieses organizar una cena de sobremesa infinita con tres personas de la historia o la actualidad —famosos, anónimos, vivos o fallecidos—, ¿a quién invitarías y con qué brindáis?
Siempre brindaré con lo mismo, que es un “blanco París”, e invitaría a tres muertas famosas que me despiertan lágrima: Lady Di, Amy Winehouse y, por reciente, Dolly Parton. Pondría algunas sillas más para Jedet, Inés Hernand y Andrea Compton. ¡Y para mi amiga Meri! Los dos nacimos en el internet prehistórico de Leo Moreno, #Septiembre13, y la propia Andrea Compton, que veíamos sus vídeos en bucle.
Ante el revuelo que generó este verano el concepto de “la caída de los influencers”, ¿por qué brindarías para el sector?
Porque la gente empiece a hacer contenido orgánico. Y porque empiecen también a llevarse bien entre ellas y no competir tanto. Porque yo me calle la boca un poco, también brindaría por ello, porque si yo me callo es que las cosas están yendo bonitas… pero que me reubiquen en otro departamento. Y brindo porque esa caída de los influencers sea selectiva y no para todos. Lo de la caída es un concepto abstracto del que tocó hablar esa semana y se hicieron vídeos sabiendo que iban a gustar.
¿Qué influencers deberían sentarse a tomar un vino para arreglar sus diferencias?
Laura Escanes y María Pombo. Dulceida y María también tendrían que sentarse. Es una amistad muy bonita… aunque a mí tampoco me parece que haya que arreglar las cosas.
¿Lo arreglarían?
Creo que no. Es un poco un desgaste de los años, pero ya es como un vino con mucho poso, que ni echándole una gaseosa se soluciona. Pero podrían hacer un kalimotxo, ¿no? Llevarse bien en los eventos y tal... Solo una marca podría arreglar lo que pasa entre María y Laura. Y si fuese de vinos, mejor.
Mirando al futuro profesional, si en 2036 nos volviésemos a encontrar para cenar en el Little Dragon, ¿por qué te gustaría brindar con ese Adrián?
Por dar un pasito más. Y porque me den un programa que no sea un vino rápido, sino una botella entera. Tiene que haber caras nuevas, ¿no? Si hace falta, me la opero para que sea más nueva. Pero hay que escuchar nuevas voces en todas las cadenas y yo creo que tengo un hueco.