LOS DESAFÍOS DEL SER HUMANO. Diego del Alcázar (Madrid, 1984) ha desarrollado una vocación centrada en los grandes dilemas contemporáneos. Como CEO de IE University, impulsa un enfoque humanista del conocimiento. Como autor, explora las relaciones entre la modernidad, la tecnología y la condición humana. Eso hizo en su primera novela, La genética del tiempo; y eso hace en su última entrega, La idea de volver (Siruela), donde trata nuestra relación con lo desconocido, que también puede encarnar la IA.
–En ‘La idea de volver’ plantea dos mundos muy distintos que hablan sobre lo imposible. Por un lado, las tradiciones cántabras; por otro, la IA.
–Sobre esta historia, yo tenía la intuición, desde hacía tiempo, de que quería escribir un Fausto moderno: aquí, el protagonista pacta con una suerte de conocimiento absoluto e inmediato que nos llega a través de una tecnología, que va a velocidad de vértigo, y que responde a la constante necesidad de ser validado... Quería jugar con la idea de que ese Fausto moderno que es Adrián regresara a un choque con las tradiciones. Pero esas dos líneas aparentemente tan diferentes tienen más similitudes de las que nos pensamos.
–De hecho, a veces los personajes parecen repetir patrones.
–Una de las reflexiones que gira en torno a la novela es que hoy día tenemos muchos decorados. La modernidad, la tecnología... son decorados que engañan mucho, también esa especie de Arcadia rural, pero bajo ellos subyacen relaciones que transcienden cualquier escaparate, no sólo físico, sino de cómo va evolucionando la sociedad.
–Dos de las mujeres protagonistas de la historia tienen mucho de anjanas. Y me ha sorprendido especialmente, por la época, la figura de La Lobera.
–Ambas son una suerte de tentación. La Lobera, de hecho, la representa muy claramente, con la manzana; pero Memphis, que también parece representar ese papel, termina cerrando su propio círculo.
–Otro de los asuntos que plantea es una de esas zonas grises que más nos perturba respecto a las aplicaciones de la Inteligencia Artificial: los nuevos fantasmas. ¿Cree que llegará a implantarse?
–La IA que tengamos podrá ser como Donald Trump, o como mi hermano, o como Peter Pan. Técnicamente, no tiene ningún problema en hacerlo. A veces, te reirás de lo que pueda escupir esa máquina: pero alguien que esté dañado puede cogerlo y se puede pensar lo que no es. No hay nada más gráfico que el mito de la Caverna de Platón, con sus sombras, para describir lo que vivimos ahora con los móviles. No porque alguien no exista, sino porque consumimos una hora de reels y pensamos que la gente vive así. Nos gusta que nos cuenten y proyectar cosas. Por mucho conocimiento que tengamos, no tenemos resuelta la respuesta a las grandes preguntas: por eso también nos gusta tanto el oráculo estadístico, o que nos proporcionen imágenes nítidas, concretas.
La IA podrá ganar al mejor ajedrecista del mundo, pero ni sufre ni disfruta con el juego"
—Con esta novela, es la segunda vez que trata los retos del futuro. ¿Apocalíptico o integrado?
—Yo diría que soy optimista, no tanto tecnooptimista. Sobre la capacidad de nuestra sociedad en cuanto a regular la IA; o ralentizarla con sus gurús aterrados, es muy difícil saber exactamente qué va a pasar. Lo que sí creo es que cualquier persona tiene que aproximarse a las cosas con cierto espíritu crítico: si te enfrentas a una tecnología desde el miedo o la oscuridad, ese espejo de silicio lo más probable es que refleje ese vacío. Si te enfrentas a lo que tienes delante de una forma positiva, probablemente le saques buen partido y no te perturbará.
—Aquella frase que tanto se repite, ¿no? Emociones de reptil, códigos medievales y tecnología de dioses.
—Arsuaga lo dice mucho, que somos hombres hechos para sobrevivir en las cavernas. No soy antropólogo, pero sí tengo fuertes intuiciones de que hay mucha superstición en torno a cómo tratamos cualquier cosa. En la Edad Media, podían creer que había una serie de brujas que había que quemar. Hoy, hablamos de la IA como una inteligencia, arrogándole un espacio junto con la única inteligencia conocida, que es la humana. De repente, tenemos que competir con esa inteligencia para tratar de buscar nuestro espacio y sobrevivir.
—Omnipresente y omnisciente. Es que recuerda a alguien.
—Sin embargo, la IA podrá ganar al mejor ajedrecista del mundo, pero no sabe qué es el juego, ni disfruta o sufre jugando, porque no hay nada más humano que las emociones. Ahí es donde veo que existe cierta superstición.
—¿Qué diría que nos hace humanos?
—Igual que nuestra capacidad para conectar con nuestras raíces nos explica, también somos capaces de usar esa fantasía para proyectar códigos que nos permiten bautizar lo que no es más que una tecnología como inteligencia.
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