Esta expresión, vulgar, agresiva y misógina, no siempre se usa como insulto. Nuestra literatura de los Siglos de Oro recoge la expresión hideputa como forma de saludo entre rufianes y maleantes e incluso, como en la actualidad, como forma de ponderar la valía. Entonces y ahora encontramos contextos en los que a alguien se le tilda de hijo de puta por lo bien que ha resuelto una gestión, lo bien que le va vida, su gracia y hasta porque le ha tocado la lotería. Sin embargo, no es esta acepción ponderativa y de admiración la que me interesa, sino el uso como insulto.
Esta expresión, vulgar, agresiva y misógina, no siempre se usa como insulto. Nuestra literatura de los Siglos de Oro recoge la expresión hideputa como forma de saludo entre rufianes y maleantes e incluso, como en la actualidad, como forma de ponderar la valía. Entonces y ahora encontramos contextos en los que a alguien se le tilda de hijo de puta por lo bien que ha resuelto una gestión, lo bien que le va vida, su gracia y hasta porque le ha tocado la lotería. Sin embargo, no es esta acepción ponderativa y de admiración la que me interesa, sino el uso como insulto.
Y, como insulto, es de una gravedad extrema y despreciativa hacia quien se dirige, por mucho que la prostitución pueda considerarse tan noble como otro oficio. Pero la realidad es que a nadie a quien se quiere insultar se le llama hijo de enfermera, de profesora o de funcionaria. Además, tiene un claro componente misógino, porque a nadie se le insulta llamándole hijo de cabrón o de cornudo, ni siquiera hijo de proxeneta, o gigoló. No; se le llama hijo de puta, lo que lleva implícito el ataque a su madre y de ahí el carácter misógino, clasista y, si se quiere en términos actuales, de género.
Hijo de puta es un insulto de lo más agresivo que se puede escupir y su gravedad se acentúa si a quien se dirige es alguien con significación social y pública, y no digamos ya si es el presidente del Gobierno. En el Congreso de los Diputados, donde, junto con el Senado, reside la soberanía nacional, la presidenta de la Comunidad de Madrid, ante una alusión extemporánea desde la tribuna a su hermano por parte de Pedro Sánchez, presidente del gobierno, bisbiseó un hijo de puta, que no creyó que sus labios hubiesen traslucido. Ahora bien, captado el insulto por las cámaras, reproducido en redes y memes, a la presidenta Ayuso le cabían solo dos posturas dignas: pedir disculpas justificando su salida de tono por las razones que tuviese a bien, o mantener lo de hijo de puta con gallardía. Pero no. La presidenta Díaz Ayuso optó, con el aplauso y la risa de su partido, por decir que lo que había dicho era me gusta la fruta. No se puede hacer más el ridículo. Así que te sientes molesta porque Pedro Sánchez alude a supuestos delitos de tu hermano y tu respuesta es me gusta la fruta. Vamos, esto es de aurora boreal, o de insulto a la inteligencia de la ciudadanía y, desde luego, expresión absoluta de cobardía, muy alejada del castizo a lo hecho, pecho.
A partir de aquel bisbiseo, no faltan concentraciones en las que no se jalé como eslogan Pedro Sánchez, hijo de puta, porque gritar Pedro Sánchez, me gusta la fruta sería como exigir al presidente del Gobierno un abaratamiento del producto, que, por otra parte, tampoco estaría mal. Pero el grito es Pedro Sánchez, hijo de puta. Y el rostro de quienes lo emiten es el reflejo del odio.
Ocho años de gobierno y una batería de emergencias, guerras y corruptelas dan para muchas quejas sobre quien preside el Gobierno de España, muchas. Pero es la primera vez que a un presidente de Gobierno se le tilda públicamente y a coro de hijo de puta. Y esto es muy peligroso y muy ofensivo no solo para el presidente, sino para muchos ciudadanos. Para todos, debiera de ser. Porque si tildar a alguien de hijo de puta me parece extremadamente agresivo y violento, hacerlo sobre quien ostenta la máxima representación del Estado después del Rey es intolerable de todo punto. Los españoles no elegimos, a ver si nos enteramos, al presidente del Gobierno, sino a los representantes que serán quienes propongan y avalen a un presidente, quien, una vez investido con la mayoría del Congreso, se convierte en presidente del Gobierno de España, o sea, de todos. Así que todos debiéramos sentirnos agredidos por ese insulto.
En nuestra democracia tenemos mecanismos de sobra para canalizar el desagrado hacia quien nos gobierna, desde manifestaciones en la calle al poder judicial, y, por supuesto, las urnas para decantarnos por otras opciones políticas que presenten a otro candidato a la presidencia. Ahora bien, tirar del insulto, máxime de este calibre, es una manifestación de escasez de argumentos, de falta de capacidad de diálogo y, desde luego, de desprecio a la concordia, la convivencia y la paz social. Y eso pone en peligro la democracia, porque, una vez abierta la veda con este insulto, ¿qué no le puede caer al próximo presidente del Gobierno? Porque le caerá, no lo duden.
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