Montse Fernández Villa lleva más de cuatro décadas trabajando detrás de algunos de los programas y espacios informativos más reconocibles de la televisión española. Formó parte del equipo de «Caiga quien caiga», «Qué me dices», «Lo + Plus»... entre otros. Ahora, ya jubilada y poco después de publicar «El virus catódico», una autobiografía sobre su paso por la televisión, repasa su carrera, los cambios que ha vivido el periodismo y el papel de las mujeres en una profesión que, pese a todo, sigue considerando apasionante.Seguir leyendo....
Montse Fernández Villa lleva más de cuatro décadas trabajando detrás de algunos de los programas y espacios informativos más reconocibles de la televisión española. Formó parte del equipo de «Caiga quien caiga», «Qué me dices», «Lo + Plus»... entre otros. Ahora, ya jubilada y poco después de publicar «El virus catódico», una autobiografía sobre su paso por la televisión, repasa su carrera, los cambios que ha vivido el periodismo y el papel de las mujeres en una profesión que, pese a todo, sigue considerando apasionante.
¿Dónde está realmente el poder de la televisión?
Para el público, sin duda, lo tiene quien aparece en pantalla. Wyoming hacía muchas bromas con eso; decía que incluso gente de dentro de la profesión pensaba que era él quien dirigía y elegía los temas, porque es quien da la cara. En la práctica siempre hay equipos detrás. Pobre del programa que no tenga un buen equipo detrás. La clave es la gente que trabaja, la mayoría de las veces, en el anonimato.
¿Qué cree que ha cambiado para las mujeres en los últimos 40 años?
Creo que hay cosas que siguen igual, desgraciadamente. Por ejemplo, no es extraño ver a un hombre veterano que presenta noticias y parece que eso le da mucha solvencia, y en cambio retiran a las mujeres a partir de cierta edad. Tampoco es habitual que haya directoras de periódicos. Dos mujeres dirigieron Radio El País, pero sigue siendo muy poco habitual.
¿Qué decisiones concretas tomó que fueron determinantes para que «Caiga quien caiga» acabara siendo lo que fue?
Las decisiones las tomábamos en equipo. Nuestra época fue la única del programa dirigida por un equipo español y creo que la clave para que el nuestro quedara en el recuerdo de tanta gente, aparte de Wyoming, fue que conocíamos muy bien nuestro país y sabíamos qué podía gustar y qué no. Nosotros suavizamos el formato y creo que lo adaptamos bien. Hay bromas que los españoles no aguantan, afortunadamente.
¿Había más libertad haciendo «Caiga quien caiga» que ahora?
Sí, en aquel momento trabajábamos con una libertad que después eché mucho de menos. Teníamos, como siempre, el condicionante de la audiencia. Pero en general, en comparación con los programas en los que trabajé después, trabajábamos con una libertad total. En aquella época nunca tuve a un jefe sentado detrás mientras hacía la escaleta, cosa que en otros momentos sí me pasó. Y no hablemos, por ejemplo, de mi etapa en Telemadrid: salvo alguna anécdota muy puntual y personal, nosotros hacíamos la escaleta del informativo sin que nadie nos diera instrucciones. Había algunos temas en los que nos autocensurábamos: era difícil hablar del Papa y la monarquía todavía era intocable.
¿Y hay algún momento de su trayectoria que, visto hoy, no volvería a aceptar?
Al final he tenido momentos difíciles y he llorado mucho en algunas épocas, pero ha valido la pena. Aquel proverbio budista de que lo que pasa conviene, pues a mí me ha pasado. En la Moncloa, donde entré en una época muy dura, lo pasé mal, pero aprendí mucho. Me sentía como un pulpo en un garaje, porque no formaba parte del mundo político, yo ni era política ni quería serlo, pero otros periodistas no me consideraban una compañera, aunque lo era. Pero después toda aquella experiencia fue muy útil para hacer «Caiga quien caiga». Al final todo es un aprendizaje.
¿En qué momento cree que el periodismo empezó a cambiar de verdad?
Eso me lo decía Jorge Ilegal. Siempre me repetía que el problema empieza cuando dejas de ser lector, oyente o espectador y pasas a ser consumidor. Ahí es donde se rompe el juego. Porque cuando trabajas con algo tan delicado como es la información, que es un derecho fundamental de la gente, no puedes estar haciendo cuentas con los resultados. Tienes que tener otros valores prioritarios. Y en el momento en que solo importa el beneficio, que se apoderan de los medios de comunicación empresas que podrían tener una fábrica de motores y tratan la información como si fuera mercancía… es entonces cuando las cosas empiezan a ir mal.
¿Recomendaría ahora a alguien de 18 años estudiar periodismo?
Sí, porque siempre ha sido mi gran vocación y sigue siéndolo. Estoy jubilada desde marzo, pero no puedo dejar de estar pendiente de la información. A mí me parece un trabajo apasionante, pero el problema son las condiciones. Pero eso pasa en todos los ámbitos, no solo en el periodismo. Si quieres contar historias y entender a los demás, es el trabajo más bonito que hay en el mundo. Si lo que quieres es comprarte una mansión, entonces más vale dirigir los esfuerzos hacia otro lado. Es un trabajo muy colectivo, en el que siempre dependerás de los equipos que te rodean. Lo que hace falta para ser un buen periodista es mucha curiosidad, mucho rigor y mucha empatía. Y también no dejar nunca de formarse y tener ganas de escuchar a los demás.
¿Por qué este título para el libro: «El virus catódico»?
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El virus catódico era una expresión que mis compañeros y yo utilizábamos desde hacía muchos años para referirnos, quizá de una manera un poco despectiva, a los famosos que daban la cara cuando empezaban a volverse locos y a exigir cosas inverosímiles como angulas o cosas así. Afortunadamente, tampoco es una enfermedad crónica, a veces se cura con un mal momento. A esa gente hay que decirle: «Baja, que estás en un trabajo que depende de muchísima gente, que tú solo no eres nada y no trates mal al equipo, que al final hasta la última persona es una pieza fundamental». Es un engranaje tan complicado, con unas piezas tan dependientes unas de otras, que hay que ser modesto.
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