Toda sociedad tiene sus valores, unos principios fundamentales sobre los cuales se articulan los bienes que defienden, los derechos que promueven y las agresiones que castigan. Estos valores se clasifican siempre en una delicada cadencia de gradación: los hay más importantes y los hay menos. Este rango de comparación es fundamental porque marca el régimen de resolución de disputas cuando varios de estos valores entran en conflicto, decidiendo qué derecho prevalece y cuál debe decaer. Esto ha sido así desde el nacimiento de la Humanidad y está en el origen mismo de la idea del derecho. En una democracia clásica, este orden de prelación es diseñado por un gobierno de la gente, por la gente y para la gente, si quieren quedarse con el viejo discurso de Gettysburg. Sin embargo, hace años que las cosas han cambiado. La caída del muro de Berlín favoreció que el capitalismo se quitara la máscara liberal que le encorsetaba y, eliminado cualquier rastro de piedad, está forzando la desaparición de la democracia tal y como la conocíamos. El código de Hammurabi se conserva como una de las primeras recopilaciones de normas penales que han existido; entre ellas está la conocida como Ley del Talión, reproducida después en la Biblia y en las Doce Tablas romanas. Tanto esta disposición como otras que se cincelaron en la misma piedra de basalto que hoy se conserva en París vienen a normativizar el sistema de prelación de valores en que la sociedad babilónica de hace casi 4.000 años se reconocía. Sin duda alguna, el Talión es una norma inhumana y cruel, de eso no cabe ningún debate, pero convendrá reconocer el avance que supuso en el pensamiento crítico del delito, en un doble sentido: planteaba un principio de proporción entre el castigo y el daño causado y, sobre todo, fijaba la regla de que la pena a imponer no podría ser superior al mal infligido por el delincuente. ¿Un gran avance? Sin duda. Hoy leemos "ojo por ojo, diente por diente"; en aquella época, lo que la gente leía es "no matarás a quien te deje ciego" y les aseguro que les debió de parecer una norma muy benigna. El delito conlleva una privación de un bien; como retribución del mismo, es desproporcionado que el Estado imponga a su autor un mal mayor. Este es un hallazgo dogmático de los babilónicos que se ha mantenido vigente desde entonces hasta nuestros días. De hecho, este principio fue desarrollado siglos después por el Imperio Romano cuando, santificando un insólito logro de proporcionalidad, prohibió la prisión por deudas. De no tener este principio 2.000 años de antigüedad, creo que a estas alturas de partido lo habríamos dinamitado por completo. Vista desde una cierta distancia, la norma babilónica cobra insospechadas perspectivas porque, en efecto, aquellos avances no prosiguieron su previsible desarrollo y, así, buena parte del derecho que nos hemos dado no parecería cumplir este viejo principio de proporcionalidad. Sin ir más lejos, y por poner un ejemplo, a quien se apropia de nuestro dinero lo seguimos metiendo en la cárcel. Quitamos la libertad a quien nos quita cosas. La pena parece superior en gravedad al mal causado. ¿O no? En realidad, no. Lo que sucede es que, en nuestra estructura política el derecho a poseer y usar cosas está por encima de otros muchos derechos, incluso de la libertad. Este rango no lo hemos fijado nosotros enteramente; nos ha venido dado y, por más que presumamos de democracia, no hay urna que lo cuestione. En efecto, creíamos vivir en una democracia hasta que ha llegado una banda de buitres y ha desahuciado a Maricarmen de su casa. Volvemos otra vez a la idea de conflicto y proporción; entre el derecho de Maricarmen, el ‘bicho’ de la propiedad, a vivir en un sitio digno pagando una renta justa, y el derecho del buitre a imponer la renta que se le antoje, el régimen protege al buitre y abandona a Maricarmen. Repitámoslo una vez más: en nuestro país, el derecho “lesionado” por Maricarmen (que es el derecho del propietario a hacer lo que quiera) está por encima del derecho de Maricarmen a disponer de una vivienda, porque el derecho a hacerse rico es más importante y más protegible que el derecho a tener un lugar donde vivir, a disponer de una sanidad pública gratuita o a gozar de una vida saludable. Y si se atreven a atropellar así a una mujer vulnerable de 87 años, ¿qué cree que harán con usted o con sus hijos cuando llegue el momento? Porque esto no es una anomalía del sistema, sino consecuencia natural de los valores que lo rigen, un sistema que confunde ambición con avaricia y que, entre el buitre y el bicho, se pone de parte del buitre. Dicen que bajo sus alas se esconden dos pollos, Fernando y Ricardo Alonso; pues que con su pan se lo coman. Es previsible que el desahucio de Maricarmen les permita cenar más veces en restaurantes de lujo o comprarse un coche más potente o una casa más grande; es igual. Dejar a esta anciana en el desamparo les hará ganar más dinero y esta intención es suficiente, en el mundo en que vivimos, para avalar como legal la agresión que ha sufrido esta mujer. Una agresión, como se pudo advertir, violenta, a porrazo limpio por policías que, supongo yo, serán todos propietarios. A golpes se nos va cayendo de la cabeza la ilusión de la democracia que soñó Lincoln y que hoy se nos presenta como un trampantojo, el gran engaño que nos defrauda día tras día.Porque claro, se nos van las fuerzas en denostar al régimen chino, alardeando, con una descarada superioridad moral, de que ellos no son demócratas como nosotros. Y no lo son, claramente. ¿Pero lo seremos nosotros, que vivimos en un mundo que no podemos cambiar? Los sustratos del poder público se han anquilosado bajo los grilletes de un poder económico que quiere usurparnos toda esperanza. Nuestra libertad está asentada en un constructo inmutable, ¡mucho más rígido que el chino!, fundado en legalizar el abuso del capital y donde las opciones que se nos ofrecen se van reduciendo drásticamente. Tanto, que un día quieres repartir por la calle bocadillos a gente sin hogar y la policía te lo prohíbe, y al día siguiente tienes a gente emperifollada comiendo en la calle delante de la catedral mientras la policía te impide pasar. La política se está convirtiendo en la gestión de lo miserable. Los problemas de la izquierda están en la base de esta desolación: ha sido incapaz de impedir que la vivienda se convierta en un activo financiero, de revertir la despoblación de los centros urbanos en favor del capital, de terminar con el lobby que fija el precio de la electricidad, de imponer las 35 horas semanales, de forzar la progresividad impositiva... ¿Qué nos queda? El voto a la izquierda se ha enquistado ya en un puro ejercicio de resistencia: se les vota simplemente para que no vengan los ultras y poco más. Pero sin un cambio de paradigma no hay mensaje de progreso, salvo que nos queramos quedar con leyes que prohíben fumar en las terrazas. Que está muy bien, ojo, pero ¿eso es todo?Soñamos con vivir en una casa democrática, pero alguien mueve los hilos haciendo que nuestro margen de maniobra sea cada vez sea menor. El poder del capital, cada vez mayor por acumulado en menos manos, es implacable y sobrepasa cualquier límite que una democracia sensible quiera ponerle. Desde hace años, la pared izquierda de nuestra casa se ha ido acercando al centro de la habitación, y por más que la empujamos para que se detenga con propuestas e ideas ilusionantes, una fuerza más poderosa que la democracia, negra como los buitres, impulsa su avance sobre nosotros. La habitación, con todo, no se achica, porque la pared de enfrente se aleja hacia la extrema derecha, hacia un lugar donde la casa ya no tiene suelo. Ahí caeremos, si no lo impedimos entre todos, desahuciados de nuestra democracia y bajo la égida de una nueva Ley del Talión que habrá destruido todos los puentes de la proporción: un ojo por la casa, la bolsa por la vida, el todo por la nada. _________________Carlos López-Keller es abogado, especialista en derecho penal. No ha escrito ningún libro.
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