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En Buenos Aires los libros reaparecen. Uno los abandona en un volquete, los vende una familia que necesita hacer lugar, los compra un librero por kilo, los rescata alguien de una mesa instalada en la vereda y después de una cantidad indeterminada de años vuelven a entrar en una casa. El ejemplar cambia de dueño, el libro vuelve a ser leído y para las estadísticas no pasó nada.
Cada tanto se publican cifras alarmantes sobre la caída de la lectura. Se imprimieron tantos ejemplares, se vendieron tantos, los lectores abandonaron tal género. Los números tienen esa autoridad un poco abusiva del llegó a horario a una reunión y pasó lista. El problema es que cuentan lo que pueden contar, y lo que pueden contar coincide con lo que el mercado quiere saber: cuántos libros nuevos salieron de las librerías, qué títulos recuperaron la inversión, qué autor vendió más. La lectura queda reducida a una operación comercial.
Los libros usados no figuran. Tampoco suelen figurar los saldos, ese subsuelo de la industria editorial que en Buenos Aires ocupa depósitos, locales, ferias, mesas callejeras, kioscos de diarios y librerías enteras. Un título cuyo precio lo volvía inaccesible reaparece a una cuarta parte de su valor, amontonado junto a novelas que alguna editorial liquidó para recuperar espacio. Alguien lo compra, lo lee, lo recomienda, se lo presta a otro. Ninguno de esos movimientos modifica las estadísticas que afirman que se lee cada vez menos.
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Buenos Aires vuelve especialmente absurda esa omisión. Pocas ciudades tienen una circulación tan visible del libro que ya perdió su condición de novedad. En la avenida Corrientes, en Parque Rivadavia, en Parque Centenario, en Mercado Libre, en las librerías de usados los libros viven una segunda, una tercera o una cuarta vida. Algunos esperan décadas al lector que no encontraron cuando aparecieron. Otros fueron éxitos y sobreviven porque se imprimieron en cantidades enormes. También están los que vendieron poco, desaparecieron rápido y regresan convertidos en rarezas, cuando una conversación devuelve a su autor a la superficie.
La industria considera agotado un título cuando ya no dispone de ejemplares. El libro puede seguir circulando durante cincuenta años mientras para la editorial dejó de existir. Su vida comercial terminó; su vida verdadera a lo mejor recién empieza. Cada ejemplar usado contradice con discreción la idea de que publicación y lectura son fenómenos simultáneos. Se publica en una fecha; se lee cuando se puede, cuando se encuentra o cuando cuesta lo que alguien está dispuesto a pagar.
Los saldos agregan otra dificultad. En ellos se vuelve visible una zona que las cifras generales mantienen borrosa: el precio decide buena parte de lo que llamamos hábitos culturales. Un libro que a treinta mil pesos parecía no tener público descubre, a cinco mil, una multitud de lectores. Sería injusto concluir que el interés nació con la rebaja. Lo que cambió fue la posibilidad de convertirlo en compra. La estadística va a registrar la mala venta inicial, pero difícilmente va a contar con el mismo entusiasmo la resurrección posterior.
Esto no significa que las cifras sean falsas. Significa que contestan otra pregunta. Informan cuántos ejemplares nuevos se vendieron por los canales que aceptan ser medidos, no cuántas personas leyeron, qué leyeron ni de qué manera llegaron a esos libros. Confundir los datos permite transformar una crisis de ventas en una crisis de lectura y atribuir al desinterés del público lo que también puede explicarse por el precio, la distribución, la desaparición de títulos o la obstinación de considerar muerto lo que ya no figura en un catálogo.
Tal vez por eso las bibliotecas particulares de Buenos Aires se parecen tan poco a las listas de novedades. Están hechas de herencias, préstamos nunca devueltos, compras de ocasión, liquidaciones, mesas de saldo y ejemplares levantados de la calle. Cuando llegue la próxima estadística para informarnos cuánto leemos, convendría recordar esa circulación subterránea. Debajo de cada cifra quedan miles de libros que pasaron de una mano a otra sin dejar comprobante.
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