Leyendo esta mañana a Paul Auster, uno advierte de nuevo que la vida puede venirse abajo con una facilidad increíble. Basta un instante, un cruce de caminos o una llamada inesperada para que el entramado cotidiano que creíamos sólida se desmorone. La conciencia de esta vulnerabilidad nos persigue a menudo como una sombra siniestra que proyectamos nosotros mismos, infundiéndonos una paradoja difícil de sostener: por un lado, una alegría desbordante por el mero hecho de estar vivos, de respirar, de notar el fresquito del amanecer septembrino, o el brillo del sol que todo lo alumbra; por otro, un miedo atroz a la noche eterna y sin luna, a los pensamientos negativos y encadenados; o lo que es peor, ese terror a perder a quienes amamos o a enfrentarnos al dolor físico e invalidante y a la muerte.
Leyendo esta mañana a Paul Auster, uno advierte de nuevo que la vida puede venirse abajo con una facilidad increíble. Basta un instante, un cruce de caminos o una llamada inesperada para que el entramado cotidiano que creíamos sólida se desmorone. La conciencia de esta vulnerabilidad nos persigue a menudo como una sombra siniestra que proyectamos nosotros mismos, infundiéndonos una paradoja difícil de sostener: por un lado, una alegría desbordante por el mero hecho de estar vivos, de respirar, de notar el fresquito del amanecer septembrino, o el brillo del sol que todo lo alumbra; por otro, un miedo atroz a la noche eterna y sin luna, a los pensamientos negativos y encadenados; o lo que es peor, ese terror a perder a quienes amamos o a enfrentarnos al dolor físico e invalidante y a la muerte.
Cuando estas ideas se instalan en el centro de la mente, como las espinas en la frente del Señor o la cruz clavada en el calvario, el riesgo de dejarnos arrastrar por la desesperanza es real. El temor a la pérdida futura puede volverse tan abrumador que, paradójicamente, terminamos desconectándonos del presente para intentarnos proteger de un dolor incierto. Nos ponemos corazas, nos agotamos en una hipervigilancia constante y dejamos de ver la belleza simple pero rotunda que nos rodea hoy.
Sin embargo, la propia naturaleza humana guarda sus propios mecanismos de defensa. Hay una intuición casi biológica en la forma en que la mente procesa el espanto: ante el impacto del duelo y el sufrimiento, el cerebro activa amortiguadores químicos y psicológicos, un sesgo de supervivencia indispensable que adormece la señal de alarma continua. Si no olvidáramos momentáneamente el horror de la finitud, el dolor nos volvería locos y la vida sería insostenible.
Aun así, por muy profundas que sean nuestras convicciones o nuestra fe, el miedo físico al dolor y a la muerte permanece. La espiritualidad no es una anestesia contra la condición humana ni borra el instinto de la carne ante la amenaza. Pero en esa tensión donde las fuerzas faltan, la tradición y el consuelo encuentran sus símbolos más potentes.
El pasado 15 de septiembre, al rezarle a la Virgen de los Dolores (ay, ese dolor glorioso de María…) en su altar de San Juan, uno siente que siempre hay que agradecer a Dios tener este contacto con las imágenes. Al verla al pie de la cruz, uno siente cierta estabilidad en este seísmo a pesar del dolor de pensar en la insoportable levedad del ser. Frente a ese abismo del sufrimiento, surge esa figura de la presencia callada: no es un amparo que elimine los clavos ni acalle la herida, sino uno que transforma la soledad en compañía viva. Y cuando la noche del dolor parece más cerrada, la imagen de la Stella Matutina —la Estrella de la Mañana— recuerda que la oscuridad nunca es eterna. Esa luz tenue pero constante no ciega: simplemente orienta en la penumbra y anuncia que el amanecer, el nuestro, vuelve a ser posible.
Todo este bálsamo a veces, muchas veces, lo encontramos en nuestras hermandades y cofradías —porque no somos tan malos…—, en esas comunidades de personas que en muchos casos son esos ángeles que nos sostienen y tiran de nosotros fuerte para sacarnos de ese anticipado purgatorio en vida que es la desazón que nos provoca el paso del tiempo y ese futuro no conocido.
Reconocer nuestra fragilidad no tiene por qué condenarnos al abismo, a estar enterrados en vida. Es, en última instancia, la razón más profunda para cuidar cada instante, aferrarnos a la presencia que nos sostiene y amar sin reservas hoy, el único suelo donde la vida sigue estando en pie, como la Azucena de San Juan, siempre presente sin que se rompa su tallo a pesar del viento preñado de incertidumbres.
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