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Valencia, DANA, 2035

Дата публикации: 16-09-2026 04:01:11

“Y así, gracias a los momentos de reconocimiento que me imponía el entorno, también tomé conciencia de la proximidad ineludible de presencias no humanas”. (El gran delirio, de Amitav Ghosh).Han pasado treinta días desde que la peor DANA de la historia reciente de la provincia de Valencia asolara el norte de la comarca. Un mes después, las aguas han retrocedido, pero el barro y las preguntas siguen ahí, enquistados en las calles de Bétera, Moncada, Alfara del Patriarca, Vinalesa, Tavernes Blanques, Alboraya y los barrios del norte de la ciudad de València. El balance provisional —todavía provisional— es sobrecogedor: decenas de víctimas mortales aún por contabilizar, más centenares de heridos, miles de evacuados y daños materiales entre casas, fábricas, carreteras, puentes y líneas de metro y ferrocarril, que los peritos cifran ya en miles de millones de euros. Pero los números no cuentan toda la historia. La verdadera dimensión de lo ocurrido entre el 2 y el 4 de octubre de 2035 solo se comprende cuando se analiza la perfecta tormenta —nunca mejor dicho— de factores climáticos, geográficos y territoriales que convirtieron la cuenca del Carraixet en una trampa hidráulica mortal.Quienes conocían los informes técnicos de la DANA de 2024 sabían que el escenario era posible. El artículo de 2026 ya advertía con claridad meridiana: "Si trasladamos ese patrón de la DANA de octubre de 2024 al norte de la provincia, estamos hablando de escorrentías súbitas en todos los barrancos principales y secundarios, con tiempos de respuesta muy cortos". El informe señalaba además que el Carraixet, diseñado para un caudal máximo de 1.250 metros cúbicos por segundo —periodo de retorno de 500 años— no superaría el "test de estrés" si se producía un episodio similar al de 2024. Pero lo que nadie había previsto fue que esa advertencia se vería superada por una combinación de factores que la convertirían en alarmantemente optimista. Pero este informe es uno de tantos otros como el de Camarasa y Soriano de 2008, que advirtieron de esta posibilidad hoy real.El episodio comenzó el 2 de octubre con la formación de un tren convectivo que se dirigió hacia la sierra de Javalambre y el Rincón de Ademuz. Las precipitaciones, que alcanzaron los 450 mm en 24 horas en la cabecera del Turia, superaron con creces los registros de 2024. Pero el verdadero problema fue que el sistema no descargó toda su energía en esa zona. Lo realmente grave se produjo cuando, durante 36 horas, la "manguera" de lluvia se desplazó lentamente hacia el este, centrando su núcleo sobre la vertiente sur de la sierra de la Calderona, cabecera del barranco del Carraixet. La velocidad de formación del tren de tormentas pilló por sorpresa a los modelos predictivos. En apenas seis horas, las precipitaciones pasaron de 20 mm/h a picos de 180mm/h. Los satélites mostraban una masa nubosa que se regeneraba constantemente, alimentada por la humedad de un Mediterráneo que en 2035 está 4,2 °C más cálido que en la década de 2020. Pero había dos factores multiplicadores que los modelos no pudieron anticipar con suficiente precisión. Los incendios de 2030 y 2033 habían arrasado más de 8.000 hectáreas en la sierra de la Calderona, más de un tercio del suelo declarado como protegido del Parque Natural que no se han podido recuperar. El suelo, expuesto y desprotegido, perdió su capacidad de retención hídrica. Los suelos forestales que deberían haber absorbido al menos el 40% de la precipitación se comportaron como una losa de hormigón. La escorrentía que llegó al Carraixet fue, según los técnicos de la Confederación Hidrográfica del Júcar, un 65% superior a la que se habría generado con cobertura forestal intacta. El agua discurrió con una violencia que nadie recordaba. Los caudales pico en el tramo alto del Carraixet se estiman ahora en 4.200 m³/s, muy por encima de los 1.250 que podía absorber. La fuerza del agua arrancó árboles, arrastró vehículos y —lo que sería clave en las horas siguientes— movilizó toneladas de cañaverales y vegetación muerta que, como un ariete sólido, avanzaba río abajo.Pero el factor más inesperado, el que convirtió una inundación grave en una catástrofe de dimensiones imprevisibles, llegó desde el mar. Una marejada ciclónica de magnitud desconocida —los climatólogos y oceanógrafos aún discuten su origen exacto— elevó el nivel del Mediterráneo frente a la costa de Valencia en más de dos metros provocando aumentos catastróficos en zonas planas del interior de la huerta por debajo de 5 metros de elevación. El fenómeno, que coincidió además con una marea viva, creó un verdadero muro de agua que bloqueó la desembocadura de todos los barrancos del norte de la provincia. Así el Carraixet, que debería haber desaguado al mar, se encontró con una barrera infranqueable. El agua que llegaba desde la sierra con una violencia inusitada no podía salir. El remanso se fue extendiendo hacia el interior, inundando primero la huerta de Alboraya, después Tavernes Blanques, luego Vinalesa y Alfara del Patriarca. El cauce, rebosado, se convirtió en un lago de aguas turbulentas que avanzaba sin encontrar resistencia hacia sus riberas.En Bétera, el punto donde el barranco inicia su descenso hacia la llanura, el agua alcanzó los tres metros de altura. Los puentes de la CV-33 colapsaron al acumularse árboles y vehículos, formando diques improvisados que al romperse liberaron olas de agua y sedimentos. Moncada, con sus estrechamientos urbanos, actuó como un embudo: el agua que no podía pasar se desbordó hacia el casco antiguo, inundando más de 600 viviendas. Lo mismo pasó en las zonas más bajas de Godella, Rocafort y Burjassot donde, además, la urbanización de la Torre del Pirata provocó el desvío de las lluvias caídas hacia el centro de la población que sin salida natural anegó parte de la ciudad.El tramo entre Alfara y Vinalesa, donde el desdoblamiento de la CV135 —construido en 2028— había sido criticado por su excesiva altura y escasos pasos naturales, se convirtió en una trampa mortal al canalizar hacia esa zona el agua que lograba salir y quedaba atrapada entre esta y las ampliaciones de la CV304 y la CV3017. La vegetación arrastrada se acumuló contra sus pilares, reduciendo aún más la sección del cauce y elevando el nivel del agua por encima de los 5 metros. Desde allí, el agua se extendió como un manto sobre los polígonos industriales de Tavernes Blanques, donde el drenaje, insuficiente, no pudo evacuar ni una fracción del volumen que llegaba.La desembocadura, bloqueada por la marejada, convirtió las zonas más elevadas de Alboraya en islas rodeadas de agua. Las antiguas zonas de marjal, incomprensiblemente urbanizadas en las últimas décadas para servicios turísticos, quedaron anegadas durante semanas. La playa de la Patacona, el Cabañal y Malvarrosa desaparecieron bajo un metro de agua que no pudo retirarse hasta que el viento cambió y la marejada remitió, ya en la madrugada del 5 de octubre. Desde los barrios de de Benicalap, Rascanya, Benimaclet y el campus de la UPV se podía ver el agua llegar superando en algunos tramos de la Avenida de los Hermanos Machado y la V-21.El artículo de 2026 era explícito: "La cartografía de riesgo de inundación elaborada para el Carraixet en 2008 mostraba de forma gráfica cómo su potencial desbordamiento afectaría a un amplio conjunto de municipios de Horta Nord y a la propia ciudad de València, y de manera especial al norte de los distritos de Benimaclet, Rascanya y Algirós". Esa cartografía estaba disponible. Los informes técnicos existían. La advertencia era clara. Sin embargo, la planificación territorial siguió su curso. Las urbanizaciones en el piedemonte de la Calderona continuaron creciendo. Los polígonos en zonas inundables se ampliaron. Las obras hidráulicas necesarias no se ejecutaron o se hicieron con criterios de ahorro que ahora parecen criminales. La limpieza de cauces, objeto de disputas políticas entre administraciones, nunca se realizó con la periodicidad necesaria. Los cañaverales siguieron proliferando que, producto de las sequías de años anteriores no arrelaba y se convertía en basura seca.A un mes de la tragedia, las preguntas se acumulan. ¿Se revisarán ahora los planes de ordenación territorial con la urgencia que exigen los nuevos escenarios climáticos? ¿Se ejecutarán las obras de encauzamiento y laminación que los técnicos vienen reclamando desde hace décadas? ¿Se aceptarán las propuestas de decostrucción en lugar de hablar de planes de reconstrucción? ¿O volveremos a esperar a la próxima DANA —porque habrá otra— para reaccionar? Los científicos ya advierten de que el Mediterráneo seguirá calentándose y que fenómenos como el de 2035 serán cada vez más frecuentes e intensos. Las proyecciones apuntan a un aumento de la intensidad de las tormentas en torno al 25% para 2050. La pregunta no es si volverá a ocurrir, sino cuándo y con qué magnitud.Mientras tanto, los municipios del norte de Valencia intentan reconstruirse. Las escuelas siguen cerradas, las empresas buscan locales alternativos, las familias cuentan sus pérdidas. Los voluntarios siguen retirando barro. Las aseguradoras despliegan sus equipos de tasación. Y, en los despachos oficiales, las comisiones de estudio se multiplican cuando los estudios lleva hechos hace décadas.Pero una cosa parece clara: el escenario que se describía desde 2008 y recordada en 2026 como una hipótesis de trabajo se ha convertido en la realidad más cruel. La DANA de 2035 no será recordada solo por sus cifras, sino por ser el punto de inflexión en el que Valencia entendió que los fenómenos extremos que parecían improbables en el pasado son ahora inevitables. El norte de Valencia, la Horta Nord, ya no volverá a ser la misma. El mapa de riesgo se ha reescrito con sangre y barro. Queda por ver si, esta vez, las lecciones se aprenderán de verdad. La historia de 2024 —y la de 2035— debería ser suficiente para no repetirla. Pero la experiencia sugiere que la memoria, como los suelos de la Calderona después de un incendio, es frágil y tarda en recuperarse.Ahora en noviembre de 2035, un mes después. Las aguas han retrocedido, pero el agua salada de la marejada ciclónica ha dejado su huella en los campos de Alboraya, donde el arroz no volverá a crecer esta temporada. El barro en las calles de Moncada ya casi se ha secado. Pero la pregunta, esa que late bajo cada conversación en los bares de la Horta Nord, sigue sin respuesta: ¿estábamos preparados? La respuesta, todos lo saben, es que no. La verdadera cuestión, la que realmente importa, es si estaremos preparados para la próxima vez. Porque la próxima vez, en este Mediterráneo caliente y violento, siempre llega.En este punto me desperté de la pesadilla descubriendo que todavía es 2026. _____________Alfonso Puncel es socio de infoLibre.

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“Y así, gracias a los momentos de reconocimiento que me imponía el entorno, también tomé conciencia de la proximidad ineludible de presencias no humanas”. (El gran delirio, de Amitav Ghosh).

Han pasado treinta días desde que la peor DANA de la historia reciente de la provincia de Valencia asolara el norte de la comarca. Un mes después, las aguas han retrocedido, pero el barro y las preguntas siguen ahí, enquistados en las calles de Bétera, Moncada, Alfara del Patriarca, Vinalesa, Tavernes Blanques, Alboraya y los barrios del norte de la ciudad de València. El balance provisional —todavía provisional— es sobrecogedor: decenas de víctimas mortales aún por contabilizar, más centenares de heridos, miles de evacuados y daños materiales entre casas, fábricas, carreteras, puentes y líneas de metro y ferrocarril, que los peritos cifran ya en miles de millones de euros. Pero los números no cuentan toda la historia. La verdadera dimensión de lo ocurrido entre el 2 y el 4 de octubre de 2035 solo se comprende cuando se analiza la perfecta tormenta —nunca mejor dicho— de factores climáticos, geográficos y territoriales que convirtieron la cuenca del Carraixet en una trampa hidráulica mortal.

Quienes conocían los informes técnicos de la DANA de 2024 sabían que el escenario era posible. El artículo de 2026 ya advertía con claridad meridiana: "Si trasladamos ese patrón de la DANA de octubre de 2024 al norte de la provincia, estamos hablando de escorrentías súbitas en todos los barrancos principales y secundarios, con tiempos de respuesta muy cortos". El informe señalaba además que el Carraixet, diseñado para un caudal máximo de 1.250 metros cúbicos por segundo —periodo de retorno de 500 años— no superaría el "test de estrés" si se producía un episodio similar al de 2024. Pero lo que nadie había previsto fue que esa advertencia se vería superada por una combinación de factores que la convertirían en alarmantemente optimista. Pero este informe es uno de tantos otros como el de Camarasa y Soriano de 2008, que advirtieron de esta posibilidad hoy real.

El episodio comenzó el 2 de octubre con la formación de un tren convectivo que se dirigió hacia la sierra de Javalambre y el Rincón de Ademuz. Las precipitaciones, que alcanzaron los 450 mm en 24 horas en la cabecera del Turia, superaron con creces los registros de 2024. Pero el verdadero problema fue que el sistema no descargó toda su energía en esa zona. Lo realmente grave se produjo cuando, durante 36 horas, la "manguera" de lluvia se desplazó lentamente hacia el este, centrando su núcleo sobre la vertiente sur de la sierra de la Calderona, cabecera del barranco del Carraixet. La velocidad de formación del tren de tormentas pilló por sorpresa a los modelos predictivos. En apenas seis horas, las precipitaciones pasaron de 20 mm/h a picos de 180mm/h. Los satélites mostraban una masa nubosa que se regeneraba constantemente, alimentada por la humedad de un Mediterráneo que en 2035 está 4,2 °C más cálido que en la década de 2020. Pero había dos factores multiplicadores que los modelos no pudieron anticipar con suficiente precisión.

Los incendios de 2030 y 2033 habían arrasado más de 8.000 hectáreas en la sierra de la Calderona, más de un tercio del suelo declarado como protegido del Parque Natural que no se han podido recuperar. El suelo, expuesto y desprotegido, perdió su capacidad de retención hídrica. Los suelos forestales que deberían haber absorbido al menos el 40% de la precipitación se comportaron como una losa de hormigón. La escorrentía que llegó al Carraixet fue, según los técnicos de la Confederación Hidrográfica del Júcar, un 65% superior a la que se habría generado con cobertura forestal intacta. El agua discurrió con una violencia que nadie recordaba. Los caudales pico en el tramo alto del Carraixet se estiman ahora en 4.200 m³/s, muy por encima de los 1.250 que podía absorber. La fuerza del agua arrancó árboles, arrastró vehículos y —lo que sería clave en las horas siguientes— movilizó toneladas de cañaverales y vegetación muerta que, como un ariete sólido, avanzaba río abajo.

Pero el factor más inesperado, el que convirtió una inundación grave en una catástrofe de dimensiones imprevisibles, llegó desde el mar. Una marejada ciclónica de magnitud desconocida —los climatólogos y oceanógrafos aún discuten su origen exacto— elevó el nivel del Mediterráneo frente a la costa de Valencia en más de dos metros provocando aumentos catastróficos en zonas planas del interior de la huerta por debajo de 5 metros de elevación. El fenómeno, que coincidió además con una marea viva, creó un verdadero muro de agua que bloqueó la desembocadura de todos los barrancos del norte de la provincia. Así el Carraixet, que debería haber desaguado al mar, se encontró con una barrera infranqueable. El agua que llegaba desde la sierra con una violencia inusitada no podía salir. El remanso se fue extendiendo hacia el interior, inundando primero la huerta de Alboraya, después Tavernes Blanques, luego Vinalesa y Alfara del Patriarca. El cauce, rebosado, se convirtió en un lago de aguas turbulentas que avanzaba sin encontrar resistencia hacia sus riberas.

En Bétera, el punto donde el barranco inicia su descenso hacia la llanura, el agua alcanzó los tres metros de altura. Los puentes de la CV-33 colapsaron al acumularse árboles y vehículos, formando diques improvisados que al romperse liberaron olas de agua y sedimentos. Moncada, con sus estrechamientos urbanos, actuó como un embudo: el agua que no podía pasar se desbordó hacia el casco antiguo, inundando más de 600 viviendas. Lo mismo pasó en las zonas más bajas de Godella, Rocafort y Burjassot donde, además, la urbanización de la Torre del Pirata provocó el desvío de las lluvias caídas hacia el centro de la población que sin salida natural anegó parte de la ciudad.

El tramo entre Alfara y Vinalesa, donde el desdoblamiento de la CV135 —construido en 2028— había sido criticado por su excesiva altura y escasos pasos naturales, se convirtió en una trampa mortal al canalizar hacia esa zona el agua que lograba salir y quedaba atrapada entre esta y las ampliaciones de la CV304 y la CV3017. La vegetación arrastrada se acumuló contra sus pilares, reduciendo aún más la sección del cauce y elevando el nivel del agua por encima de los 5 metros. Desde allí, el agua se extendió como un manto sobre los polígonos industriales de Tavernes Blanques, donde el drenaje, insuficiente, no pudo evacuar ni una fracción del volumen que llegaba.

La desembocadura, bloqueada por la marejada, convirtió las zonas más elevadas de Alboraya en islas rodeadas de agua. Las antiguas zonas de marjal, incomprensiblemente urbanizadas en las últimas décadas para servicios turísticos, quedaron anegadas durante semanas. La playa de la Patacona, el Cabañal y Malvarrosa desaparecieron bajo un metro de agua que no pudo retirarse hasta que el viento cambió y la marejada remitió, ya en la madrugada del 5 de octubre. Desde los barrios de de Benicalap, Rascanya, Benimaclet y el campus de la UPV se podía ver el agua llegar superando en algunos tramos de la Avenida de los Hermanos Machado y la V-21.

La DANA de 2035 no será recordada solo por sus cifras, sino por ser el punto de inflexión en el que Valencia entendió que los fenómenos extremos que parecían improbables en el pasado son ahora inevitables

El artículo de 2026 era explícito: "La cartografía de riesgo de inundación elaborada para el Carraixet en 2008 mostraba de forma gráfica cómo su potencial desbordamiento afectaría a un amplio conjunto de municipios de Horta Nord y a la propia ciudad de València, y de manera especial al norte de los distritos de Benimaclet, Rascanya y Algirós". Esa cartografía estaba disponible. Los informes técnicos existían. La advertencia era clara. Sin embargo, la planificación territorial siguió su curso. Las urbanizaciones en el piedemonte de la Calderona continuaron creciendo. Los polígonos en zonas inundables se ampliaron. Las obras hidráulicas necesarias no se ejecutaron o se hicieron con criterios de ahorro que ahora parecen criminales. La limpieza de cauces, objeto de disputas políticas entre administraciones, nunca se realizó con la periodicidad necesaria. Los cañaverales siguieron proliferando que, producto de las sequías de años anteriores no arrelaba y se convertía en basura seca.

A un mes de la tragedia, las preguntas se acumulan. ¿Se revisarán ahora los planes de ordenación territorial con la urgencia que exigen los nuevos escenarios climáticos? ¿Se ejecutarán las obras de encauzamiento y laminación que los técnicos vienen reclamando desde hace décadas? ¿Se aceptarán las propuestas de decostrucción en lugar de hablar de planes de reconstrucción? ¿O volveremos a esperar a la próxima DANA —porque habrá otra— para reaccionar? Los científicos ya advierten de que el Mediterráneo seguirá calentándose y que fenómenos como el de 2035 serán cada vez más frecuentes e intensos. Las proyecciones apuntan a un aumento de la intensidad de las tormentas en torno al 25% para 2050. La pregunta no es si volverá a ocurrir, sino cuándo y con qué magnitud.

Mientras tanto, los municipios del norte de Valencia intentan reconstruirse. Las escuelas siguen cerradas, las empresas buscan locales alternativos, las familias cuentan sus pérdidas. Los voluntarios siguen retirando barro. Las aseguradoras despliegan sus equipos de tasación. Y, en los despachos oficiales, las comisiones de estudio se multiplican cuando los estudios lleva hechos hace décadas.

Pero una cosa parece clara: el escenario que se describía desde 2008 y recordada en 2026 como una hipótesis de trabajo se ha convertido en la realidad más cruel. La DANA de 2035 no será recordada solo por sus cifras, sino por ser el punto de inflexión en el que Valencia entendió que los fenómenos extremos que parecían improbables en el pasado son ahora inevitables. El norte de Valencia, la Horta Nord, ya no volverá a ser la misma. El mapa de riesgo se ha reescrito con sangre y barro. Queda por ver si, esta vez, las lecciones se aprenderán de verdad. La historia de 2024 —y la de 2035— debería ser suficiente para no repetirla. Pero la experiencia sugiere que la memoria, como los suelos de la Calderona después de un incendio, es frágil y tarda en recuperarse.

Ahora en noviembre de 2035, un mes después. Las aguas han retrocedido, pero el agua salada de la marejada ciclónica ha dejado su huella en los campos de Alboraya, donde el arroz no volverá a crecer esta temporada. El barro en las calles de Moncada ya casi se ha secado. Pero la pregunta, esa que late bajo cada conversación en los bares de la Horta Nord, sigue sin respuesta: ¿estábamos preparados? La respuesta, todos lo saben, es que no. La verdadera cuestión, la que realmente importa, es si estaremos preparados para la próxima vez. Porque la próxima vez, en este Mediterráneo caliente y violento, siempre llega.

En este punto me desperté de la pesadilla descubriendo que todavía es 2026.

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Alfonso Puncel es socio de infoLibre.

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