Los ministros del actual Gobierno menguante se podrían incluir en dos categorías: o despellejados o quemaditos. Los primeros son todos aquellos que se han comprometido a lo largo de su mandato a dejarse la piel en cualquier tarea que se les haya encomendado o cualquier crisis que hayan tenido que afrontar. Los segundos son todos los que han puesto la mano en el fuego por un colega o compañero de partido en apuros con la Justicia, normalmente vinculado –el apuro– con asuntos de corrupción, para terminar confesándose decepcionados. Y quemados.
Luego están los ministros que no es que discrepen sobre algún asunto importante, choquen por incompatibilidad de caracteres o mantengan relaciones distantes por mutua falta de empatía. Es que no se pueden ver. Se odian. Es el caso notorio de la ministra de Defensa, Margarita Robles, y el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. Ambos son jueces de profesión, ella más bien progresista y él más bien conservador, y los dos han mostrado una intensa pasión y ambición por la política, ella antes que él, que los ha llevado a la mesa del Consejo de Ministros desde la primera hora de Pedro Sánchez en el poder, hace ocho años. Ministros pata negra.
La verdad es que nunca se llevaron bien. Chocaron por celos y competencias durante el Covid, la tormenta Filomena y, sobre todo, por la administración y control de la Guardia Civil, un cuerpo en el que meten baza los dos ministerios, aunque el que lleva la voz cantante es Interior. El encontronazo más abierto y relevante acaba de producirse a propósito de la crisis de Ceuta. Robles, que fue la única ministra que denunció la responsabilidad de Marruecos en la invasión y reconoció que el Gobierno llegó tarde y mal, informó en el Congreso que el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), dependiente de ella, había alertado de movimientos sospechosos al otro lado de la frontera que apuntaban a un posible salto masivo hacia Ceuta. Marlaska la desmintió rápidamente: según él, no hubo ningún informe del CNI y Marruecos ha colaborado mucho en el retorno de los inmigrantes irregulares (de los que volvieron, se entiende, no de los cinco mil que siguen allí, parece que por bastante tiempo).
Lo curioso es que todos los ministros y ministras han creído la versión de Fernando Grande-Marlaska y rechazado la de Margarita Robles, pese a que la de ésta se antoja más verosímil si se piensa que hubo implicación de los servicios secretos y las fuerzas del orden de Marruecos y que nuestros propios espías en Ceuta y en la vecindad siguen tenazmente las redes sociales que tanto ayudaron a la irrupción de ochenta mil inmigrantes en un par de días. Se hace difícil pensar que no avisaron.
El caso es que Margarita se ha quedado sola en un tema no banal. Creo que seguirá. Le gusta mucho ser ministra de España y no le importa nada que otro ministro diga “es muy desleal, está mintiendo, va a lo suyo”. Tampoco Sánchez la va a destituir ahora, porque eso sería tanto como reconocer que pasamos por una crisis grave, que el Gobierno es frágil y que la legislatura se ha puesto imposible. Y dar alas a la oposición que, como es sabido, persigue acabar con el progreso y ya se ha echado en brazos de la ultraderecha.
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