Calor; la charla deriva hacia la crisis de Ceuta, con más silencios que disenso
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En la novela de Patricia Highsmith Mar de fondo (Deep water, 1957), una cena de verano entre parejas acomodadas acumula tanta tensión –por celos, deseo y engranajes de poder– que culminará, unos capítulos más adelante, con un cadáver en la piscina. Aquí, en esta velada, no va a morir nadie salvo algún mosquito a manotazos; luego, en la habitación del hotel, ya en la alta madrugada, contabilizaré quince picaduras en mi pierna izquierda: son las hembras electrizadas las que pican para alimentar sus huevos, según estipula el orden natural de las cosas.

Aquí, digo, no estamos en Nueva Inglaterra, sino en la Catalunya interior, con una chicharrera de narices. Pan con tomate, embutidos, escalivada y tortilla sobre la mesa casi inapetente a la que nos hemos sentado una docena de boomers: parejas con solera, solteros, divorciados recalcitrantes, arrejuntados. Gentes amables, conocidos, saludados e ignotos hasta la fecha. Los jóvenes han huido como de la peste bubónica, como hacíamos nosotros de aquellas sobremesas que olían a naipes viejos y posguerra. Se oye a lo lejos el petardeo de una moto. La belleza de la noche y del momento, el regocijo de seguir vivo. ¿Tensión erótica? Más bien justita.
Calor; la charla deriva hacia la crisis de Ceuta, con más silencios que disensoEl calor apabullante preside la conversación y apelmaza la galbana. Alguien recuerda el verano tórrido en que ardió Lloret de Mar, en la Costa Brava, y apostilla, con la ayuda del móvil y de Google, que sucedió el 7 de agosto de 1979. Yo también recuerdo aquella noche de ventanas abiertas de par en par, cuando las pavesas apagadas, copos de hollín, llegaban incluso a Barcelona. Se oye un chapuzón en la piscina del hotel, detrás del seto. A un caballero, frío ante el argumento del cambio climático, el sudor le perla la frente y la sotabarba con insidia.
Poco a poco, por decantación, la charla deriva hacia la crisis en Ceuta, y extrañamente el asunto concita menos discrepancias de las que habría cabido imaginar. Casi ninguna. Cae sobre la mesa la patata asada de Marruecos, con su llave maestra. Un contertulio recuerda la marcha verde sobre el Sáhara en tiempos de Hasan II, con Franco agonizante en el hospital; el incidente en el islote de Perejil y aquella frase que hizo fortuna: “Al alba y con tiempo duro de levante…”. El panorama admite escasas bromas.
Las dudas, las conjeturas, las preguntas sin respuesta también suscitan una rara conformidad. ¿Nadie detectó la inminencia de una avalancha de 70.000 jóvenes? Alguien apunta que, si la población ceutí ronda las 84.000 personas, la angustia en el enclave debió de ser considerable al ver cómo se desbordaba el espigón de El Tarajal. ¿Y por qué Marruecos se avino a frenar una segunda oleada? ¿Qué prebendas ha recibido a cambio? A Mohamed VI debió de contrariarle la visita de Pedro Sánchez a Argelia, el 20 de julio, para enmendar en lo posible las relaciones tras el giro español sobre el Sáhara y asegurar el suministro de gas natural. No solo una crisis migratoria: también una maniobra geopolítica.
Traen hielo y vuelve a resonar el tintineo de los cubitos en las copas –ahora lo que se lleva es el vino blanco o rosado on the rocks –. Qué cómodo resulta ordenar el puzle del mundo desde la distancia salvífica. El caballero de antes dice que la gestión del Gobierno ha sido pésima, y se espesa el silencio por falta de disenso. No se sabe siquiera cuántos migrantes quedan en Ceuta –algunas oenegés elevan la cifra hasta los 8.000–, y no parece que las carpas vayan a solventar la papeleta. Para colmo, el episodio de los soldados con sarna.
Pero la oposición también patina: no se puede hablar de devolución masiva y en caliente cuando la legislación no lo avala. Si no les gusta, tendrán que cambiar la ley: un menor que pone pie en territorio español queda automáticamente bajo la tutela del Estado. Habrá que reforzar la frontera, sí; la demagogia, en cambio, solo levanta polvo y ruido.
Pienso en las niñas: ¿qué será de ellas? La noche de verano se achica y alguien amaga con empezar a recoger los platos vacíos.
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