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El último, centenario y truculento viaje de Ildefons Cerdà, el autor de Barcelona

Дата публикации: 21-08-2026 04:30:00


El ingeniero que ideó el Eixample murió en un balneario de Cantabria


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El balneario de Las Caldas de Besaya, en Cantabria, no tiene ni un solo octógono en su arquitectura. Alzado como balneario en 1826, en 1865 pasó a tener un hotel adjunto, haciendo de la toma de aguas algo más que un tratamiento médico, sino recreacional. La propia reina de España, Isabel II, disfrutó del establecimiento. Tanto que hasta se llevó la bañera en la que se bañó.

Ildefons Cerdà, el ingeniero que fue el arquitecto de Barcelona, decidió reposar allí en el verano de 1876. En la época en que acudió a Las Caldas de Besaya, el establecimiento ofrecía baños termales individuales en bañeras de piedra y un baño general con capacidad para seis personas, además de habitaciones “con camas destinadas al reposo” y la sudación de los pacientes después del baño, según las descripciones históricas recogidas por el Centro de Estudios Montañeses. Las aguas, clasificadas como clorurado-sódicas termales, también se administraban por vía oral, y pocos años después aparecen documentados igualmente los tratamientos mediante inhalaciones. La literatura médica de finales del siglo XIX recomendaba las aguas de Las Caldas especialmente para el reumatismo y el artritismo, aunque también les atribuía efectos beneficiosos frente a neuralgias, parálisis y determinados trastornos gástricos e intestinales.

Pero el balneario no trataba las afecciones coronarias. Y el 21 de agosto de 1876, un infarto acababa con la vida de Cerdà mientras tomaba las aguas en Cantabria.

Imagen antigua del balneario de Las Caldas de Besaya.

Imagen antigua del balneario de Las Caldas de Besaya.LVE

La muerte de Cerdà se comunicó al día siguiente, 22 de agosto, al juzgado de Los Corrales de Buelna, autoridad judicial de la zona. El acta de defunción, pronunciada por el juez Alejandro Monasterio Ceballos, deja para la historia el testimonio del herrero de Barros —la población más cercana al Balneario—, José Riaño, que fue quien certificó la muerte del ingeniero. Manifestó (la transcripción es literal) que “D. Ildefonso Cerdá y Sunyer natural de Centillas en la provincia de Barcelona há fallecido el dia veinte y uno del corriente y hora de las diez de su mañana, á los sesenta años y nueve meses de edad á consecuencia de enfermedad crónica del corazón”. El juez Monasterio, que señala en el acta “que se ignora si [Cerdà] otorgó testamento”, ordena que se le dé “sepultura en el cementerio de la Yglesia parroquial de San Martín del pueblo de Barros”.

Aunque el historial médico de Cerdà no recoge enfermedades coronarias, la historia demuestra que, desde luego, necesitaba reposo. Solo por su actividad política, particularmente prolija tras la Revolución Gloriosa y la Primera República, lo habría merecido. También lo hubiera recomendado su situación personal. Cerdà tuvo tres hijas; su esposa, cuatro. Cerdà no reconoció la paternidad de Clotilde Cerdà, nacida en 1862, y vivía separado de su esposa desde 1864, cuando esta se trasladó a Madrid. El encono era tan grande que cuando al fin se abrió el testamento de Cerdà llamó la atención que ni su esposa ni la niña Clotilde merecían mención en el texto.

Pero seguramente nada estrechó más las vías coronarias de Ildefons Cerdà que el Plan Cerdà, su obra magna, aplaudida por muchos y denostada hasta la saciedad por sus contemporáneos, le trajo enormes quebraderos de cabeza, disgustos personales y una deuda económica —no contraída, sino adeudada— tanto por el Estado como por el Ayuntamiento de Barcelona que no fue satisfecha en vida del ingeniero.

No existe mejor ejemplo del acoso que sufrió Cerdà que lo recogido por Lluis Permanyer en La Vanguardia en 2009. “Cerdà pagó caro el haber sido impuesto por Madrid. Sufrió una campaña de desprestigio urdida con leyendas y mentiras, como el sentenciar que no era ni catalán. Resultaba que había nacido en el seno de una familia que poseía desde mediados del siglo XV una masía en Centelles; y proclamó la República Federal Catalana desde el balcón de la Generalitat. El arquitecto Lluís Domènech i Montaner hizo correr la especie de que en aquellas calles tan anchas del Eixample no se podría vivir a causa de las corrientes de aire; e imprimió una orientación a su hospital de Sant Pau con el fin de que no armonizara con la trama Cerdà. Y Domènech era un hombre razonable... El arquitecto Josep Puig i Cadafalch encargaba al librero Puig i Alfonso que le buscara cuanto había publicado aquel urbanista diabólico. Periódicamente era avisado para que pasara a recoger más volúmenes. Su destino era la hoguera, para evitar así que nadie se ‘contaminara’ con sus ideas”.

Los restos de Cerdà yacerían aún en Cantabria si su figura no hubiera sido recuperada por Fabián Estapé

En este contexto se entiende que nadie se preocupara por la última morada de Cerdà. Ni que el homenaje de la ciudad a su autor —un monumento planteado ya en 1889— tuviera que esperar a 2025 a ser aprobado. Y todavía espere a la llegada de 2027 para ver la luz. La ciudad se lo debía por muchas razones. También por haber dado su nombre a la plaza Cerdà, quizá la antítesis del proyecto urbanista del ingeniero, que tenía por costumbre inundarse con las lluvias, antes y después de su reforma, como ocurrió en septiembre de 1999 ante una inesperada tromba de agua.

Para entonces, al menos, Cerdà reposaba ya en Barcelona, después de que sus restos fueran trasladados de Barros a la capital catalana. De forma realmente abrupta, eso sí.

Cuando se abrió el testamento de Cerdà, cuya acta de apertura recoge el Arxiu Notarial de Barcelona, además de constatarse el olvido de su esposa y su hija, se anotó que el ingeniero había elegido como albaceas a su hermano Miquel Cerdà y a su primo Antoni Fàbregues, a los que hacía responsables de su sepultura. Y la decisión de los familiares fue que reposase en Cantabria, lejos de una Barcelona —la de entonces— que más que repudiarle, le ignoraba. El testamento, por cierto, y con el estímulo obrerista que acompañó a Cerdà en su vida, también recogía una cantidad de 10.000 reales “a la viuda del albañil de Barcelona que, bajo criterio de la Sociedad Económica de Amigos del País, haya acreditado mayor pobreza, virtudes conyugales y abnegación hacia los hijos de su marido”. Quizá, solo quizá, en esta donación había un reproche hacia su esposa.

Maqueta de yeso del monumento a Ildefons Cerdà, diseñada por Falqués y Manuel Fuxà, que no llegó a ser instalada (1889)

Maqueta de yeso del monumento a Ildefons Cerdà, diseñada por Falqués y Manuel Fuxà, que no llegó a ser instalada (1889)Arxiu Fotogràfic de Barcelona/Estorch

Tal vez los restos de Cerdà yacerían aún en Barros si su figura no hubiera sido recuperada por Fabián Estapé, economista y catedrático que dio al fin a Cerdà el peso que se merece. Cerdà había quedado asociado al Eixample, pero Estapé se enamoró del corpus teórico del ingeniero. Con ocasión del centenario de Teoría general de la urbanización, publicada originalmente por Cerdà en 1867, Estapé recuperó los textos para el siglo XX, a los que añadió un tercer volumen, publicado en 1971: Vida y obra de Ildefonso Cerdá. Bibliografía y anexo documental.

Estapé añadió a su obsesión por recuperar la memoria de Cerdà la de recuperar sus restos para la ciudad que creó. Y de esa historia, que tiene algún tinte macabro, hay constancia del regreso de Cerdà a Barcelona… Pero no de su salida de Cantabria.

La exhumación del cadáver, obviamente, se produjo, pero en el pequeño cementerio de Baños no queda registro del quién ni del cómo ni del cuándo. Algunos autores cifran el momento en 1970, otros en 1971… Y el propio Estapé explicó a Abc (edición de Sevilla) en 1995 que, durante un tiempo, los restos de Cerdà no estuvieron ni en Barros ni en Montjuïc, sino en su propia casa. “Recuperé los restos de Cerdá, que permanecían en Las Caldas de Besaya. Me llevaron el baúl con los despojos a mi casa y los tuve… hasta que el Ayuntamiento de la época le hizo una sepultura en uno de los sitios más bonitos del cementerio de Montjuïc. La lápida tiene tres dimensiones y está representado el Eixample, con la Diagonal, pero se equivocaron con la fecha del nacimiento: pusieron 1816 en vez de 1815”, la errata que denuncia Estapé esta corregida desde hace años.

Tumba de Ildefons Cerdà en el cementerio de Montjuïc.

Tumba de Ildefons Cerdà en el cementerio de Montjuïc.Nacho Vera / Propias

Y así, el 18 de noviembre de 1971, Ildefons Cerdà volvió —a tenor del testamento, tal vez contra su voluntad— a reposar en su ciudad. La inauguración de la lápida, recogida por La Vanguardia, contó con la presencia “del biznieto del ingeniero; el comisario adjunto del Plan de Desarrollo, profesor Estapé, que había resaltado la personalidad de Ildefonso Cerdá en una conferencia; el delegado provincial de Urbanismo, señor Martorell; delegado de Servicios de Relaciones Públicas del Ayuntamiento, doctor Miravitlles, y otras personalidades”. Ese mismo año, en 1971, se desmontaba la estatua de Cerdà que figuraba en medio de la plaza con su nombre, por —paradójicamente— necesidades urbanísticas. Habían pasado casi cien años de su muerte, pero al fin la figura de Cerdà reposaba en Barcelona.

Como apunte final, si Barcelona necesitó un siglo para llegar a un acuerdo con la memoria de Cerdà, su familia necesitó apenas trece años. A finales de la década de 1880, las tres hijas de Cerdà, junto a su viuda (de la que vivía separado) y la cuarta hija que el ingeniero no había reconocido, acordaron demandar al Ayuntamiento de Barcelona y al Estado para cobrar la deuda impagada que las instituciones le habían dejado. De acuerdo con la nota que acompaña al testamento de Cerdà en el Arxiu Notarial, el caso se resolvió a favor de las administraciones local y estatal, que no pagaron ni un real a sus herederas.

Javier Dale Becedoniz

Javier Dale Becedóniz (Santander, 1975) es periodista. Tras ser coordinador de contenidos del fin de semana en La Vanguardia (edición digital), fue Jefe de Redacción en Newtral.es y portadista en ABC

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