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¿Por qué Kennedy era tan querido en América Latina?

Дата публикации: 19-08-2026 10:55:32

Yo debo confesar que tengo una gran admiración por el presidente Kennedy. En 1960, Kennedy publicó su libro The Strategy of Peace, una especie de manifiesto de política internacional de […]
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Yo debo confesar que tengo una gran admiración por el presidente Kennedy. En 1960, Kennedy publicó su libro The Strategy of Peace, una especie de manifiesto de política internacional de un aspirante a la presidencia de Estados Unidos. De las referencias a América Latina, conviene retener estas palabras:

«El desarrollo amargo, airado, apasionado, de la revolución cubana demuestra que las playas del hemisferio americano y de las islas del Caribe no son inmunes a las ideas y fuerzas que causan tormentas semejantes en otros continentes. Tal como nosotros redescubrimos nuestro propio pasado revolucionario a fin de comprender el espíritu y la significación de las insurgencias anticoloniales en Asia y África, debemos releer la vida de Simón Bolívar, el Libertador y, algunas veces, dictador de América del Sur, para apreciar el nuevo contagio por la libertad y las reformas que ahora se generaliza al sur de nuestras fronteras».

Kennedy se preguntó si Castro hubiera tomado una orientación más racional después de su victoria si el Gobierno de Estados Unidos no hubiera respaldado durante largo tiempo al dictador Batista, y si se le hubiera dado al fiero rebelde una acogida más calurosa en su hora de triunfo, especialmente durante su viaje a Estados Unidos. Dijo no estar seguro de esa hipótesis. Coincidió con Harry S. Truman en un juicio sobre el asunto y en una crítica despiadada al general Eisenhower.

Kennedy analizó las relaciones con América Latina a propósito de la Revolución cubana y de su inesperada influencia. No vio a Cuba, sin embargo, como un caso aislado, sino en el contexto general. Reconoció que Estados Unidos debía expresar preocupación por la libertad y la democracia, y revisar las relaciones con los dictadores que ahora, o en el futuro, traten de suprimir las aspiraciones de sus pueblos. Obviamente, estos puntos de vista establecían puntos de encuentro con las tesis de Rómulo Betancourt —quien fue presidente de Venezuela y fundador del partido Acción Democrática—. El candidato Kennedy añadió:

«Nosotros podemos tomar las decisiones largamente demoradas y requeridas para permitir que las olas revolucionarias que sacuden a América Latina se encausen a través de canales relativamente pacíficos, orientadas hacia las tareas constructivas que tenemos a mano».

John F. Kennedy fue el primer presidente de Estados Unidos que vino a Venezuela en visita de Estado. En diciembre de 1961, fue huésped de Rómulo Betancourt. Resultaron grandes y fieles amigos. Eran tiempos de la reforma agraria democrática. Ambos presidentes viajaron a La Morita, en el estado Aragua, donde un asentamiento campesino figuraba como ejemplo de lo que se emprendía en todo el país.

En La Morita, Betancourt le dijo a Kennedy:

«Esta reforma agraria nuestra se ha realizado enmarcada en fórmulas legales, por métodos pacíficos y acertando unas veces y errando otras, pero aprendiendo de lo que se hizo bien para hacerlo mejor en el futuro».

Kennedy reconoció la significación de Venezuela como proveedor de petróleo de Estados Unidos, en paz o en guerra. En febrero de 1963, Betancourt le retribuyó la visita a Kennedy. Fue, en suma, una gran etapa en las relaciones entre Caracas y Washington.

El historiador Arthur Schlesinger precedió a Kennedy en una visita de exploración a Venezuela como su consejero de mayor jerarquía. Conversó con el presidente Betancourt, a quien encontró en los tiempos del exilio. Su testimonio guarda sumo interés, y estas son sus palabras:

«Mi última parada fue Caracas. Yo no había visto a Betancourt desde hacía diez años en La Habana. Hasta el final de aquellos años había vivido una existencia de exilio político, a veces perseguido por los agentes de Pérez Jiménez, el brutal dictador venezolano y, durante algún tiempo, puesto en entredicho por el Departamento de Estado, hecho por el que no parecía guardar rencor. Vuelto a Venezuela tras la caída de Pérez Jiménez, fue elegido para la Presidencia. Ahora tenía esperanzas de ser el primer presidente venezolano que llegase al término de su magistratura».

Kennedy recurrió a un equipo de jóvenes profesionales, dinámicos y entusiastas, provenientes del ámbito universitario, algunos de ellos católicos y de origen irlandés, entre los que se encontraban Robert McNamara, Arthur Schlesinger, Ken O’Donnell y Theodore Sorensen, entre otros. A su vez, Kennedy y todos ellos construyeron un nuevo estilo, la New Frontier, en el que se combinaba la inspiración en el New Deal de Franklin D. Roosevelt (1933-1945) con una mayor participación de académicos en lugar de políticos en los asuntos de administración pública. Se trataba de una nueva mirada sobre cómo hacer las cosas, mucho más activa y optimista.

América Latina pasó a un primer lugar en la agenda de la política exterior de Kennedy quien, según Schlesinger y Sorensen, sentía un verdadero interés por el destino de la región. Ya en 1958, cuando era senador por Massachusetts, Kennedy pronunció un discurso en San Juan de Puerto Rico en el que abogó por una nueva relación con América Latina. Había dos puntos importantes aquí: uno, rememorar la política de la Buena Vecindad de Roosevelt; y dos, evitar una segunda Cuba.

El responsable nombrado por Kennedy para América Latina fue Richard «Dick» Goodwin, quien conformó un equipo de trabajo que delineó la propuesta de Kennedy para la política estadounidense hacia América Latina. En él participaron jóvenes académicos como Lincoln Gordon, de Harvard, quien había trabajado en el Plan Marshall; Robert Alexander, de Rutgers University, estudioso de la izquierda democrática en Latinoamérica; y Arthur Whitaker, de Pennsylvania, historiador especializado en América Latina.

Luego se incorporó el experimentado Adolf Berle. En la elaboración del programa de la Alianza influyó el optimismo universitario de sus redactores, la experiencia del Plan Marshall y las metas que se habían propuesto los economistas latinoamericanos de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina), creada a instancias de la ONU en 1948, en la que intervinieron de forma destacada el argentino Raúl Prebisch, el venezolano José Antonio Mayobre y el chileno Felipe Herrera.

La Alianza para el Progreso se proponía realizar en América Latina lo que el Plan Marshall había hecho por Europa (1947-1952). Este contemplaba un vasto plan de reformas económicas, sociales y educativas que permitiera acabar con el latifundio en la región, promover un nuevo reparto de la tierra a campesinos como pequeños propietarios, incentivar la industrialización, la diversificación de las economías, impulsar el comercio con los Estados Unidos, y favorecer la creación de viviendas, escuelas, hospitales y caminos. En esto los EE. UU. aportarían la asistencia financiera, mientras que los gobiernos latinoamericanos se debían comprometer a propiciar estos programas. Las metas eran elevadas y el tiempo propuesto, toda la década.

Kennedy y su equipo se proponían conducir los cambios económicos y sociales de forma gradual y dirigidos por gobiernos democráticos, de manera que propiciar el crecimiento económico, la estabilidad política, la paz social y la fraternidad interamericana contrarrestara de raíz los problemas que habían sido utilizados como banderas propagandísticas por la subversión comunista para generar violencia.

El 20 de enero de 1961, Kennedy juró como 35.° presidente de los EE. UU. En su discurso dijo:

«A nuestras Repúblicas hermanas, situadas al sur de nuestra frontera, les ofrecemos una promesa especial: convertir nuestras buenas palabras en buenos hechos, en una nueva alianza para el progreso, ayudando a los hombres libres y a los Gobiernos libres a arrojar lejos de sí las cadenas de la pobreza».

Sus palabras mostraron su firmeza y determinación en sus propósitos por una nueva relación de su país con los demás países americanos. Pronto, el joven presidente despertó la esperanza de América Latina, ganando el apoyo de varios líderes latinoamericanos como Rómulo Betancourt, de Venezuela, y Alberto Lleras Camargo, de Colombia, como también adversarios como Castro.

Más adelante, el 13 de marzo, en la Casa Blanca, ante los representantes diplomáticos latinoamericanos, el presidente Kennedy anunció formalmente la Alianza para el Progreso:

«Hemos de afrontar un problema de tan imponentes dimensiones que nuestro proceder debe ser audaz y a tono con la concepción majestuosa de la Operación Panamericana. Por eso he hecho un llamamiento a todos los pueblos del hemisferio para que nos unamos en una Alianza para el Progreso, en un vasto esfuerzo de cooperación, sin paralelo en su magnitud y en la nobleza de sus propósitos, a fin de satisfacer las necesidades fundamentales de los pueblos de América, las necesidades fundamentales de techo, trabajo y tierra, salud y escuelas».

Por vez primera, un presidente estadounidense se refería con preocupación a los problemas existentes en América Latina en un tono de optimismo que transmitía una expectativa generalizada en el continente. En muy poco tiempo, Kennedy había logrado despertar la atención de norteamericanos y latinoamericanos en torno a las posibilidades de poder realizar algo diferente y sin precedentes en el hemisferio. Además, entre sus palabras, citó los 139 años atrás (1822) en que los Estados Unidos reconocieron la independencia de las repúblicas latinoamericanas, y citó a Bolívar y su deseo de integración. Schlesinger, testigo de excepción, resaltó que Kennedy hizo notar que la revolución que se inició en Filadelfia en 1776 y en Caracas en 1811 no había terminado aún.

Esa es la historia.

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