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Carta de amor al arte bajo los olivos de Eivissa

Дата публикации: 19-08-2026 04:40:00


En Santa Gertrudis, Soho Farmhouse Ibiza despliega una colección permanente donde cerámica, esparto, fotografía, pintura y luz dialogan con la tierra, la arquitectura y los mitos de la isla


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Levantas la vista y descubres las más de 200 pequeñas piezas de cerámica que colonizan el techo como una constelación doméstica. No están ahí para decorar, sino para obligar al visitante a cambiar el ritmo, a mirar despacio, a descubrir.

Hay hoteles que compran arte para parecer más interesantes. Y hay lugares donde el arte acaba explicando algo que la arquitectura, por sí sola, no podría decir. Es el caso de este club para socios con vena creativa. Soho Farmhouse Ibiza, una finca rústica de 3,6 hectáreas, con 14 habitaciones y dos villas, produce aceite y verduras que sirve en sus restaurantes, pero también cultiva arte.

Soho House ha abierto un conjunto de clubs privados en todo el mundo enfocados a gente creativa

Soho House ha abierto un conjunto de clubs privados en todo el mundo enfocados a gente creativaEdvinas Bruzas

“Es como una carta de amor a todo el arte que se está haciendo en estas islas”, dice Lazenby al comienzo del recorrido. Y ese amor se concreta en 70 obras, 21 artistas y tres instalaciones site-specific que marcan un hito dentro de la colección global de Soho House. “Es un proyecto muy ambicioso para nosotros –añade-. Tenemos nuestra primera instalación lumínica al aire libre, la escultura más pesada de la Soho House Art Collection y también nuestra primera instalación escultórica en el techo”.

En la casa, situada en una finca de Santa Gertrudis, no hay grandilocuencia de museo ni teatralidad de resort, sino una secuencia de hallazgos. El arte está ahí para acompañar el ritmo lento de la propiedad, esa mezcla de cal, terracota, sombra vegetal y sociabilidad descalza que define cierta idea contemporánea del lujo ibicenco.

La premisa es trabajar con artistas nacidos, formados o que vivan en cada uno de los lugares donde tiene sede este exquisito club

La colección nace de la mano de Kate Bryant, directora global de arte de Soho House. Desde el 2016 lidera la estrategia artística del grupo y supervisa la creación de sus colecciones en las distintas sedes internacionales con la premisa de  trabajar con artistas nacidos, formados o que vivan en cada uno de los lugares donde tiene sede este exquisito club. “Cuando llegamos a este sitio, queríamos construir una colección que reflejara no solo Eivissa, sino también Baleares”, explica Lazenby. Por eso hay artistas de Mallorca, Formentera y de la propia isla, junto a creadores internacionales que han encontrado aquí un lenguaje, un estudio o una forma de vida.  Algunas obras, de hecho, se han adquirido mediante un intercambio por membresías, fórmula que permite a los artistas habitar el espacio que su obra ayuda a definir: venir a comer, traer coleccionistas, reunirse con colegas o simplemente usar la casa como un lugar más de su ecosistema creativo.

La recepción establece el tono. Allí aparece una obra de Li Ramet, artista argentina con estudio literalmente a la vuelta de la esquina. Ramet trabaja con materiales de la zona e incorpora danza y música a su práctica. Sus piezas hablan de feminidad, sensualidad y cuerpo. En el centro de una de ellas se intuye una forma vulvar que, al principio, generó cierta resistencia. Lazenby recuerda la escena con humor: “Nos dijimos si no se puede poner una vulva en la pared en Eivissa, ¿dónde se puede?”. Esa mezcla de irreverencia, territorio y materialidad atraviesa todo el recorrido.

La instalación lumínica de Javier Riera convierte los árboles en lienzos

La instalación lumínica de Javier Riera convierte los árboles en lienzosEdvinas Bruzas

En el exterior, la instalación lumínica de Javier Riera, artista entre Barcelona y las islas, convierte el jardín en una superficie de proyección. Su trabajo se basa en la relación entre matemáticas y naturaleza: geometrías de luz proyectadas sobre paisajes naturales. La pieza se activa al atardecer, cuando el jardín entra en esa suspensión tan ibicenca entre día y noche. 

A pocos pasos, la escultura monumental de Jesús de Miguel, cuya instalación fue “una auténtica pesadilla” por las estrechas carreteras de la isla. Pero la anécdota logística queda absorbida por la presencia de la obra: dos metros de ancho, dos metros y medio de alto, una superficie clara que recuerda el yeso blanco de las villas ibicencas. La pieza toma inspiración del gato fenicio y de los fameliars, pequeños duendecillos o genios protectores de la mitología local que, según la leyenda, trabajaban a destajo para los campesinos. Frente a ella, un olivo milenario casi forma un díptico con la escultura.

Escultura de la serie ‘InMundus’, de Jesús de Miguel

Escultura de la serie ‘InMundus’, de Jesús de MiguelSafia Shakarchi

En el club hall, la colección se vuelve más táctil. Adriana Meunié, afincada en Mallorca, utiliza hierbas autóctonas para construir piezas que parecen cascadas secas. Una de ellas se titula precisamente La cascada. Lazenby la describe como una “elegancia monstruosa”: bella, táctil, pero también extraña, incluso incómoda. “Parece una caída de agua, pero en realidad es inherentemente seca”, explica. La contradicción es importante, buena parte de esta colección trabaja desde ahí, desde materiales humildes o locales que se convierten en objetos ambiguos, sofisticados, a veces casi rituales.

La pared reúne también una pintura de Grason Mikal Ratowsky, artista nacido en Nueva York y establecido en Mallorca, cuya obra se vincula con el expresionismo alemán y el subconsciente. “Construye estas pinturas sin saber del todo adónde van a llegar, y luego emergen”, dice. En una de ellas, dos jinetes parecen duplicarse como en un test de Rorschach, con colores que se reflejan entre sí. Cerca, obras de Malvina Kang Hughes, Isabel Echarri, Anja Hobson y Stella Rahola Matutes completan una conversación sobre color, memoria, migración, artesanía y cuerpo a la que pone humor reflexivo y crítica al mundo de arte Adrián Martínez, en una obra sobre fieltro de lana de oveja mallorquina.

'La cascada' vegetal de Adriana Meunié, pinturas de Grason Mikal Ratowsky, Adrián Martínez, Li Ramet, Malvina Kang Hughes, Isabel Echarri,  Ania Hobson y Stella Rahola Matutes

'La cascada' vegetal de Adriana Meunié, pinturas de Grason Mikal Ratowsky, Adrián Martínez, Li Ramet, Malvina Kang Hughes, Isabel Echarri,  Ania Hobson y Stella Rahola MatutesSafia Shakarchi

La curaduría no busca una armonía obvia. “Siempre pensamos en una variedad de textura y color, pero también en cosas que ‘canten’ juntas”, explica Lazenby. La frase describe una forma de componer espacios que no depende del matching decorativo, sino de una afinidad más intuitiva.

Ese dorado aparece con fuerza en las obras de Stefan Brüggemann, vecino de la propiedad y figura ya habitual en otras casas de Soho House. Sus pinturas, ornamentadas y atravesadas por símbolos que evocan crucifijos, exploran el cruce entre publicidad, grafiti, catolicismo y deseo. En su obra, la espiritualidad no aparece como fe, sino como residuo cultural: algo que sigue actuando sobre la imaginación incluso en sociedades aparentemente secularizadas. 

Instalación en el techo de la biblioteca, de Natalie Rich

Instalación en el techo de la biblioteca, de Natalie RichEdvinas Bruzas

En la biblioteca, la mirada se desplaza hacia arriba. Allí, Natalie Rich [una de sus obras ilustra el carré Marcelina de Hermès] ha creado la primera instalación escultórica de techo de la colección global de Soho House, un particular alfabeto hecho con más de 200 piezas de cerámica y madera en las vigas del espacio. Al principio, el equipo se disculpó por esas vigas, pensando que complicarían el encargo, pero a Rich le encantaron. En su estudio recreó el techo completo para trabajar a partir de esa estructura. El resultado es una constelación de tótems en la que aparecen figuras geométricas y una particular caligrafía. 

Más allá, las fotografías de Cristina Stolhe  capturan zapatos de mujeres en Eivissa con una precisión cromática casi de editorial de moda. La artista explora la experiencia humana exponiendo la intimidad del momento a través de una lente voyeur, y se nota en el encuadre, en los cortes, en la manera de aislar un gesto cotidiano hasta convertirlo en retrato social.  En esas imágenes están la luz, la sombra y el color de la isla, pero también una forma de elegancia popular que raramente entra en las narrativas oficiales del arte.

En esta finca rústica el club produce su propio aceite y sus miembros pueden reunirse, trabajar, comer o descansar a la sombra de los olivos

En esta finca rústica el club produce su propio aceite y sus miembros pueden reunirse, trabajar, comer o descansar a la sombra de los olivosEdvinas Bruzas

Georgia Merton trabaja con cianotipia, un proceso fotográfico que expone imágenes a la luz y las transforma en azules profundos. Gran parte de su obra trata sobre el agua y la luz. Inspirada por David Hockney y la natación, Merton ha creado obras para las habitaciones que parecen prolongar la experiencia física de la casa: la piscina, el sol, el cuerpo suspendido en el agua. Cada dormitorio incluye una obra suya, junto a piezas de Malvina Kang Hughes, Felicity Rowbotham, Li Ramet o Stella Rahola Matutes.

La colección también se permite rincones más secretos. En una esquina aparece una obra textil de Vincente Hernández, dueño de la tienda Ganesha, reconocible por sus telas, sus bordados y su presencia casi mitológica. Su pieza, una sensual tela bordada, aparece como una sorpresa dentro del edificio, una de esas obras que confirman que la casa no pretende domesticar del todo el espíritu de la isla.

'La guardiana de los misterios’, de Bárbara Velli

'La guardiana de los misterios’, de Bárbara VelliSafia Shakarchi

En otro punto, una obra de Ángela de la Cruz, premio Nacional de Artes Plásticas 2017, introduce una reflexión sobre los límites entre pintura y escultura. La artista, nacida en Madrid y afincada en Londres, construye capas de óleo sobre lienzo hasta que la superficie adquiere una presencia de látex casi metálica. Cerca, una pieza de Bárbara Velli realizada con tufting se adentra en la simbología del tarot, la fertilidad y el misticismo. Su título, La guardiana de los misterios, podría leerse como una clave secreta de todo el proyecto.

Begoña Corzo Suarez

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