Abelardo de la Espriella da valor a la palaba reconstrucción en su toma de investidura, que debe implica ordenar, reparar, devolver confianza, fortalecer instituciones y recordar que el poder, en democracia, siempre es temporal y siempre está limitad
Hay días en los que un país no solo cambia de gobierno. Cambia de respiración. La investidura del nuevo presidente de Colombia pertenece a esa clase de momentos en los que la democracia se mira a sí misma y decide si quiere seguir viviendo instalada en la confrontación o si, por el contrario, está dispuesta a recuperar una cierta idea de país compartido.
El discurso de toma de posesión ha tenido un tono firme, pero también institucional. Ha hablado de ley, de seguridad, de confianza y de unidad. Y no es poco. Colombia llega a esta nueva etapa después de años de desgaste político, tensión social, deterioro de la seguridad en amplias zonas del territorio, incertidumbre económica y una polarización que ha terminado por convertir demasiadas discusiones públicas en trincheras emocionales. Por eso la palabra escogida para definir este tiempo —reconstrucción— tiene una fuerza especial.
Reconstruir no debe significar revancha. No puede equivaler a sustituir una fractura por otra ni a convertir la victoria electoral en una autorización para gobernar contra media nación. Reconstruir implica ordenar, reparar, devolver confianza, fortalecer instituciones y recordar que el poder, en democracia, siempre es temporal y siempre está limitado por la ley.
Como sevillano que lleva casi veinte años mirando a Colombia con afecto, gratitud y preocupación, me resultó especialmente significativa la referencia a la Transición española. Aquella etapa no fue perfecta, como no lo es ningún proceso político humano, pero tuvo una grandeza que hoy conviene reivindicar: la capacidad de separar las diferencias ideológicas de la responsabilidad histórica. España pudo avanzar porque muchas personas entendieron que la convivencia era más importante que la victoria absoluta.
La conocida frase “puedo prometer y prometo” no fue solo un recurso de campaña. Representaba una forma de entender la política: prometer lo que se está dispuesto a intentar cumplir dentro de los márgenes de la realidad, la ley y la responsabilidad. En tiempos de discursos inflamados, esa prudencia resulta casi revolucionaria. Colombia no necesita más promesas imposibles. Necesita compromisos realizables, gestión eficaz y respeto institucional.
También fue relevante la intervención del presidente del Senado al reivindicar la tolerancia y el respeto como virtudes públicas. No se trata de cortesía vacía. En una democracia madura, reconocer la legitimidad del adversario es tan importante como defender las propias ideas. La política deja de ser democrática cuando convierte al contrario en enemigo moral, cuando cada discrepancia se interpreta como traición y cuando cada elección se presenta como una batalla final.
El nuevo gobierno inicia su mandato con una oportunidad enorme, pero también con una responsabilidad proporcional. La seguridad será, sin duda, una de sus primeras pruebas. Sin seguridad no hay libertad real, no hay inversión sostenida, no hay escuela tranquila, no hay campo productivo ni Estado de derecho efectivo. Pero la seguridad que Colombia necesita debe ser constitucional, inteligente y permanente. No basta con la fuerza. Hace falta presencia territorial, justicia, inteligencia, coordinación institucional y recuperación de la autoridad legítima allí donde durante años han avanzado el miedo, la extorsión o la economía ilegal.
La recuperación de la confianza será el segundo gran desafío. La confianza no se decreta desde un atril. Se construye con estabilidad normativa, respeto a la propiedad, responsabilidad fiscal, lucha contra la corrupción, seguridad jurídica y reglas claras para quienes invierten, emprenden, trabajan y generan empleo. Colombia tiene talento, recursos naturales, ubicación estratégica, tejido empresarial y una sociedad extraordinariamente resistente. Pero ninguna nación puede desarrollar todo su potencial si vive atrapada en la sospecha permanente.
Por eso el tono del nuevo tiempo será tan importante como sus primeras decisiones. La firmeza no debe confundirse con arrogancia. La autoridad no puede degenerar en imposición. La necesaria corrección de errores no debe convertirse en ajuste de cuentas. Si la reconstrucción quiere ser verdadera, deberá convocar incluso a quienes no votaron por este proyecto político.
Colombia no necesita uniformidad. Necesita unidad. Y la unidad no consiste en pensar igual, sino en aceptar que todos caben bajo una misma Constitución. Ese es el pacto básico que debe sostener cualquier democracia: que se puede ganar sin humillar y perder sin incendiar el país.
Hoy comienza una etapa exigente. Ojalá sea también una etapa de madurez. Colombia merece seguridad, inversión, justicia social, estabilidad institucional y paz. Pero, sobre todo, merece dirigentes capaces de comprender que ningún proyecto político vale más que la convivencia nacional.
La promesa de reconstrucción está hecha. Ahora debe convertirse en método, conducta y resultados. Porque Colombia no necesita únicamente un nuevo gobierno. Necesita recuperar confianza en sí misma.
Daniel Molleja Conde es abogado
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