La nueva generación de escritoras que retrata las inquietudes y los anhelos de todo el territorio no sería posible sin aquellas que, a finales del siglo XX, dieron un paso al frente para renovar géneros literarios.
En un país en el que la literatura se escribe con apellidos tan importantes como Cortázar o Borges, una nueva generación de escritoras se encargan hoy de plasmar, negro sobre blanco, la realidad de toda una generación. Nacidas en los años 80 y 90, esta nueva hornada de creadoras argentinas explora nuevas formas de realismo y dialoga con lo fantástico, el humor o el absurdo, sin renunciar a ofrecer una mirada crítica sobre la realidad.
Marcadas por la precariedad económica y la transición política que ha experimentado el país en las últimas décadas y con la hiperconectividad siempre presente, como corresponde a los Millenials, su principal interés es plasmar en sus historias la desaparición de las certezas y la construcción de la identidad ante las complejidades del presente. Y todo ello a través de una misma sensibilidad, desde la libertad creativa y sin tener dudas a la hora de poner sobre la mesa asuntos como la intimidad, el cuerpo, el territorio o los vínculos afectivos.
Nuevas formas de mirar el mundo que confirman la fertilidad de la literatura argentina y que tienen como destacadas representantes a tres escritoras que podemos encontrar en nuestra librería de cabecera.
Tres formas de ver la vida
En Atomizado Berlín (Anagrama), Julia Kornberg (Buenos Aires, 1996) retrata a la juventud acomodada que, a pesar de sus privilegios, vive angustiada por la falta de expectativas. Personajes inteligentes, alejados de los estereotipos, una prosa afilada y observadora y referencias culturales que forman parte del paisaje emocional sirven para radiografiar, sin juzgar, a toda una generación. Y lo hace con precisión y un humor ácido que sin duda redondea su particular retrato.
Salomé Esper (Jujuy, 1984) reivindica en La segunda venida de Hilda Bustamante (Sigilo) la literatura costumbrista y el realismo mágico, para relatar con dulzura e ingenio una forma distinta de entender la realidad, haciendo de la periferia un espacio de creativo. La línea entre lo ordinario y lo extraordinario se difumina para narrar la historia de una mujer, que regresa de entre los muertos, y de quienes asisten a tan extraordinario suceso.
Un restaurante familiar, una mudanza, un verano y una receta heredada son los elementos con los que Virginia Higa (Bahía Blanca, 1983) convierte lo cotidiano una reflexión sobre la memoria, el desarraigo, la inmigración y la búsqueda de la pertenencia. En Los Sorrentinos (Sigilo) la emoción surge de los detalles, el día a día atesora pequeñas revelaciones y lo que parece mínimo esconde, en realidad, verdades universales.
Tres autoras, tres géneros
Antes de que la literatura argentina actual ampliase horizontes con esta última hornada de escritoras, fueron otras quienes lograron proyección internacional, situando a la literatura argentina contemporánea entre las más estimulantes en lengua española. Y lo hicieron a través de unas obras de indiscutible calidad literaria, apostando por una particular renovación de géneros que terminó convirtiéndose en su particular sello.
Claudia Piñeiro (Burzaco, 1960), por ejemplo, es una de las voces propias del género policial en en nuestro idioma. Pero sus novelas, con títulos como Catedrales o La muerte ajena, ambas en Alfaguara, van más allá de lo convencional para analizar la sociedad a través de personajes que viven en urbanizaciones privadas, familias aparentemente ejemplares entre las que aflora la corrupción, el clasismo, la hipocresía y la violencia machista.
Selva Almada (Villa Elisa, 1973), ha hecho de lo rural un personaje a través de obras inevitablemente unidas a la naturaleza o los pueblos pequeños, pero no desde lo ideal, sino siendo un espacio en el que conviven la belleza, la violencia y el abandono. Si Chicas muertas (Random House), uno de sus libros más importantes, marcó un punto de inflexión en la literatura latinoamericana reciente, en El viento que arrasa y No es un río, ambos en Random House, los conflictos familiares, la violencia y la masculinidad atraviesan cada página.
No podemos terminar este repaso por la literatura argentina contemporánea en femenino sin mencionar a Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973), que reinterpreta el terror clásico para adaptarlo a la historia y el paisaje de Sudamérica. La autora de libros como Nuestra parte de la noche y Las cosas que perdimos en el fuego (ambos en Anagrama) recupera la tradición gótica para unirla a la violencia política, la pobreza, la dictadura militar o los miedos urbanos, creando fantasmas que, en realidad, son heridas compartidas.