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Ni magia ni maldiciones: un estudio revela el peligro real que pueden esconder las momias

Дата публикации: 18-08-2026 06:00:23

Restos humanos conservados y vendidos por Internet pueden contener sustancias tóxicas y microorganismos capaces de permanecer latentes o proliferar bajo unas condiciones de almacenamiento inadecuadasEncuentran bajo un campo de fútbol en Dinamarca un monasterio medieval que se creía perdido desde hace siglos
La llamada “maldición de la momia” pertenece a la cultura popular, pero el contacto con restos momificados sí puede entrañar peligros mucho más concretos. Una investigación publicada en International Journal of Cultural Property advierte de los riesgos químicos y biológicos asociados al comercio de momias humanas y animales, especialmente cuando circulan entre particulares sin controles adecuados.

El equipo estudió 128 publicaciones y lotes localizados en redes sociales, plataformas de comercio electrónico, tiendas digitales y casas de subastas. Encontró restos con signos visibles de biodeterioro, vendedores que no ofrecían instrucciones para manipularlos de forma segura y envíos que podían incumplir las normas postales. El problema deriva fundamentalmente de dos factores: las sustancias potencialmente tóxicas empleadas históricamente para conservar cadáveres y los microorganismos que pueden sobrevivir, recolonizar o multiplicarse en los tejidos preservados.

La investigación, firmada por Kirsty Squires, Dario Piombino-Mascali, Clara Urzì y Damien Huffer, pone el foco en un ámbito alejado de las condiciones controladas de museos y centros científicos: el mercado privado. Internet y, especialmente, las redes sociales han facilitado la circulación internacional de restos humanos y animales momificados, apreciados por algunos coleccionistas por su rareza. La muestra ilustrativa del estudio reúne publicaciones de 2015 a 2025 seleccionadas por su relevancia temática y estado de conservación, a partir de una monitorización periódica y no de una búsqueda sistemática. Para analizar la evolución temporal, los autores incorporaron además datos que se remontan hasta 2011. El conjunto no pretende ofrecer un censo exhaustivo del mercado, pero permite identificar prácticas que pueden exponer a compradores, vendedores y terceros a materiales cuya procedencia, conservación o tratamiento previo se desconoce.























Muestras de momias


Sustancias tóxicas y microorganismos
El primer peligro se encuentra en la propia historia de la conservación de los cadáveres. A lo largo del tiempo se han empleado sustancias que hoy se consideran nocivas, entre ellas metales pesados como arsénico, mercurio y plomo, además de diferentes compuestos orgánicos. El estudio recuerda que manipular sin protección restos tratados con determinados productos de embalsamamiento puede provocar exposición a materiales persistentes con posibles efectos agudos o crónicos. Entre los conservantes utilizados por culturas antiguas aparecen también el betún, el aceite de cedro o el natrón. Todos ellos pueden causar, en distinto grado, irritaciones cutáneas, oculares o respiratorias; en el caso del natrón, su fuerte alcalinidad puede llegar a producir quemaduras químicas tras un contacto prolongado.

A esa amenaza química se suma la biológica. La desecación durante siglos no garantiza que los restos estén libres de microorganismos. Bacterias, hongos y levaduras pueden permanecer latentes y, bajo determinadas condiciones, recolonizar o multiplicarse aprovechando el material orgánico disponible. Los ambientes húmedos, oscuros y mal ventilados favorecen especialmente el crecimiento de hongos, mientras que la manipulación y unas condiciones de conservación deficientes pueden acelerar el deterioro. Por eso, quienes trabajan profesionalmente con restos momificados utilizan equipos de protección como guantes, mascarillas y batas y mantienen las piezas en ambientes controlados. Estas medidas reducen la exposición tanto a conservantes potencialmente peligrosos como a esporas bacterianas y fúngicas o a productos aplicados posteriormente a las colecciones.























Fotografía publicada en Facebook por un comprador (en Estados Unidos) que adquirió restos humanos momificados del Reino Unido. Por los sellos y las etiquetas, se aprecia claramente que el envío se realizó a través de Royal Mail. Según la página web de la empresa, no está permitido enviar restos humanos momificados por correo.



Los indicios encontrados en el mercado digital muestran un escenario muy distinto. De las 128 entradas examinadas, 122 —el 95,3%— correspondían a restos humanos y seis a animales. Los investigadores localizaron 13 publicaciones de Facebook cuyas fotografías mostraban lo que interpretaron como una posible colonización fúngica visible, con manchas o crecimientos de diferentes tonalidades. Ocho de esos casos eran anuncios de venta y seis de ellos presentaban un biodeterioro extenso. Los autores advierten, además, de que cualquier resto momificado que conserve tejidos blandos presenta algún grado de colonización microbiana, aunque no siempre resulte visible. Las fotografías tampoco permitían determinar qué microorganismos concretos estaban presentes.
Cabezas, manos y otros restos vendidos en internet
El estudio también permite aproximarse al tipo de restos que circulan por este mercado. Las partes aisladas del cuerpo, como manos y pies, fueron la categoría más frecuente, con 27 casos, seguidas de 21 cabezas momificadas completas. Más de la mitad de la muestra —66 entradas, el 51,6%— estaba formada por cabezas en distintos estados de conservación: ejemplares completos o parciales, cráneos con restos de tejidos blandos o cabello y tsantsas, las llamadas cabezas reducidas asociadas al pueblo Shuar. En contraste, los investigadores encontraron un único cuerpo humano momificado completo anunciado en una tienda digital. El trabajo relaciona la popularidad actual de las cabezas con una tradición de coleccionismo de raíces coloniales y con su consideración como piezas especialmente valoradas dentro de determinados círculos privados.























Descripción general de la muestra del estudio. (a) Número de publicaciones con restos momificados en exhibición y/o venta. 37 (b) Número de publicaciones de exhibición frente a publicaciones de venta. (c) Categorías de restos momificados. (d) Procedencia de los restos (cuando se proporciona esta información). (e) Países donde se venden restos momificados. (f) Desglose de los estados de EE. UU. donde se ubican los vendedores. Tenga en cuenta que los datos presentados en los paneles (a) y (b) abarcan el período 2011-2025 para ilustrar tendencias generales a lo largo del tiempo. En cambio, los paneles (c) a (f) se centran específicamente en el período 2015-2025.



La información proporcionada por quienes comercializan estas piezas añade otra capa de incertidumbre. En 26 de las publicaciones analizadas, equivalentes al 20,3% de la muestra, se desconocía el origen geográfico de los restos, mientras que en otros casos la procedencia indicada no podía verificarse. Entre las 102 entradas que sí atribuían un origen a las piezas, Egipto era el más frecuente, con 44 casos, seguido de Sudamérica con 21. Desconocer la trayectoria de un cuerpo momificado dificulta saber dónde permaneció almacenado, en qué condiciones ambientales estuvo durante años o décadas y qué tratamientos recibió. Todos esos factores pueden influir tanto en su estado de conservación como en los posibles riesgos asociados a su manipulación.

El peligro tampoco se limita necesariamente a quien adquiere una pieza. Los investigadores localizaron 22 publicaciones en las que se manipulaban restos humanos momificados sin guantes. Un embalaje puede dañarse durante el transporte o ser abierto durante una inspección, exponiendo a personas que desconocen qué contiene. Trabajadores de almacenes, repartidores, empleados de centros logísticos y funcionarios de aduanas pueden entrar así en contacto con los restos sin utilizar el equipo de protección necesario. El problema se agrava cuando faltan las declaraciones, el etiquetado o el embalaje apropiados. Aunque el propio estudio señala que la probabilidad de que restos momificados históricos transmitan enfermedades a personas sanas es pequeña, advierte de que el riesgo puede ser mayor para quienes tienen el sistema inmunitario comprometido.
Un comercio que también esquiva las normas postales
El transporte es precisamente uno de los puntos que más preocupan a los autores. La revisión de las políticas de diferentes empresas postales y de mensajería muestra que, con algunas excepciones, el envío nacional o internacional de restos humanos está prohibido. Algunas compañías permiten transportar cenizas bajo condiciones específicas. Aun así, el equipo encontró evidencias de restos momificados enviados por correo dentro de un mismo país y entre países. Una de las imágenes analizadas correspondía a un comprador estadounidense que había recibido desde Reino Unido restos humanos momificados enviados mediante Royal Mail, pese a que las normas de la compañía prohíben transportar restos humanos distintos de los cremados. Los investigadores consideran que algunas directrices son difíciles de localizar o demasiado ambiguas y reclaman reglas más visibles y precisas.

El estudio también alerta sobre declaraciones aduaneras que no describen correctamente el contenido del paquete. Documenta, por ejemplo, un envío en Reino Unido clasificado mediante un código iniciado por 9023, destinado a instrumentos, aparatos y modelos utilizados con fines educativos o expositivos y que no permite transportar restos humanos. Los autores señalan también la posible utilización de códigos iniciados por 9705, destinados a colecciones y piezas de interés arqueológico, histórico o anatómico. A su juicio, estas categorías deberían mencionar explícitamente los restos momificados. De esa forma, vendedores, empleados postales y agentes de aduanas podrían identificar con mayor facilidad qué restricciones se aplican y detectar posibles clasificaciones incorrectas u ocultaciones del contenido.

Los riesgos asociados a los hongos tampoco son únicamente teóricos, aunque el propio trabajo pide cautela al relacionar episodios históricos concretos con las momias. Investigaciones anteriores han detectado géneros como Aspergillus, Penicillium y Stachybotrys en restos humanos y espacios funerarios. Sus esporas pueden permanecer latentes durante largos periodos y pasar al aire cuando se altera el entorno. El estudio recuerda el caso de los científicos que participaron en la apertura de la tumba del rey Casimiro IV Jagellón en Cracovia durante la década de 1970: la exposición e inhalación de esporas de Aspergillus se ha relacionado con la muerte de diez de los doce conservadores. También recoge la hipótesis de que una aspergilosis grave pudo contribuir a la muerte de Lord Carnarvon tras la apertura de la tumba de Tutankamón, aunque lo presenta como una posibilidad y no como un hecho demostrado.


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La llamada “maldición de la momia” pertenece a la cultura popular, pero el contacto con restos momificados sí puede entrañar peligros mucho más concretos. Una investigación publicada en International Journal of Cultural Property advierte de los riesgos químicos y biológicos asociados al comercio de momias humanas y animales, especialmente cuando circulan entre particulares sin controles adecuados.

El equipo estudió 128 publicaciones y lotes localizados en redes sociales, plataformas de comercio electrónico, tiendas digitales y casas de subastas. Encontró restos con signos visibles de biodeterioro, vendedores que no ofrecían instrucciones para manipularlos de forma segura y envíos que podían incumplir las normas postales. El problema deriva fundamentalmente de dos factores: las sustancias potencialmente tóxicas empleadas históricamente para conservar cadáveres y los microorganismos que pueden sobrevivir, recolonizar o multiplicarse en los tejidos preservados.

La investigación, firmada por Kirsty Squires, Dario Piombino-Mascali, Clara Urzì y Damien Huffer, pone el foco en un ámbito alejado de las condiciones controladas de museos y centros científicos: el mercado privado. Internet y, especialmente, las redes sociales han facilitado la circulación internacional de restos humanos y animales momificados, apreciados por algunos coleccionistas por su rareza. La muestra ilustrativa del estudio reúne publicaciones de 2015 a 2025 seleccionadas por su relevancia temática y estado de conservación, a partir de una monitorización periódica y no de una búsqueda sistemática. Para analizar la evolución temporal, los autores incorporaron además datos que se remontan hasta 2011. El conjunto no pretende ofrecer un censo exhaustivo del mercado, pero permite identificar prácticas que pueden exponer a compradores, vendedores y terceros a materiales cuya procedencia, conservación o tratamiento previo se desconoce.

Muestras de momias Sustancias tóxicas y microorganismos

El primer peligro se encuentra en la propia historia de la conservación de los cadáveres. A lo largo del tiempo se han empleado sustancias que hoy se consideran nocivas, entre ellas metales pesados como arsénico, mercurio y plomo, además de diferentes compuestos orgánicos. El estudio recuerda que manipular sin protección restos tratados con determinados productos de embalsamamiento puede provocar exposición a materiales persistentes con posibles efectos agudos o crónicos. Entre los conservantes utilizados por culturas antiguas aparecen también el betún, el aceite de cedro o el natrón. Todos ellos pueden causar, en distinto grado, irritaciones cutáneas, oculares o respiratorias; en el caso del natrón, su fuerte alcalinidad puede llegar a producir quemaduras químicas tras un contacto prolongado.

A esa amenaza química se suma la biológica. La desecación durante siglos no garantiza que los restos estén libres de microorganismos. Bacterias, hongos y levaduras pueden permanecer latentes y, bajo determinadas condiciones, recolonizar o multiplicarse aprovechando el material orgánico disponible. Los ambientes húmedos, oscuros y mal ventilados favorecen especialmente el crecimiento de hongos, mientras que la manipulación y unas condiciones de conservación deficientes pueden acelerar el deterioro. Por eso, quienes trabajan profesionalmente con restos momificados utilizan equipos de protección como guantes, mascarillas y batas y mantienen las piezas en ambientes controlados. Estas medidas reducen la exposición tanto a conservantes potencialmente peligrosos como a esporas bacterianas y fúngicas o a productos aplicados posteriormente a las colecciones.

Fotografía publicada en Facebook por un comprador (en Estados Unidos) que adquirió restos humanos momificados del Reino Unido. Por los sellos y las etiquetas, se aprecia claramente que el envío se realizó a través de Royal Mail. Según la página web de la empresa, no está permitido enviar restos humanos momificados por correo.

Los indicios encontrados en el mercado digital muestran un escenario muy distinto. De las 128 entradas examinadas, 122 —el 95,3%— correspondían a restos humanos y seis a animales. Los investigadores localizaron 13 publicaciones de Facebook cuyas fotografías mostraban lo que interpretaron como una posible colonización fúngica visible, con manchas o crecimientos de diferentes tonalidades. Ocho de esos casos eran anuncios de venta y seis de ellos presentaban un biodeterioro extenso. Los autores advierten, además, de que cualquier resto momificado que conserve tejidos blandos presenta algún grado de colonización microbiana, aunque no siempre resulte visible. Las fotografías tampoco permitían determinar qué microorganismos concretos estaban presentes.

Cabezas, manos y otros restos vendidos en internet

El estudio también permite aproximarse al tipo de restos que circulan por este mercado. Las partes aisladas del cuerpo, como manos y pies, fueron la categoría más frecuente, con 27 casos, seguidas de 21 cabezas momificadas completas. Más de la mitad de la muestra —66 entradas, el 51,6%— estaba formada por cabezas en distintos estados de conservación: ejemplares completos o parciales, cráneos con restos de tejidos blandos o cabello y tsantsas, las llamadas cabezas reducidas asociadas al pueblo Shuar. En contraste, los investigadores encontraron un único cuerpo humano momificado completo anunciado en una tienda digital. El trabajo relaciona la popularidad actual de las cabezas con una tradición de coleccionismo de raíces coloniales y con su consideración como piezas especialmente valoradas dentro de determinados círculos privados.

Descripción general de la muestra del estudio. (a) Número de publicaciones con restos momificados en exhibición y/o venta. 37 (b) Número de publicaciones de exhibición frente a publicaciones de venta. (c) Categorías de restos momificados. (d) Procedencia de los restos (cuando se proporciona esta información). (e) Países donde se venden restos momificados. (f) Desglose de los estados de EE. UU. donde se ubican los vendedores. Tenga en cuenta que los datos presentados en los paneles (a) y (b) abarcan el período 2011-2025 para ilustrar tendencias generales a lo largo del tiempo. En cambio, los paneles (c) a (f) se centran específicamente en el período 2015-2025.

La información proporcionada por quienes comercializan estas piezas añade otra capa de incertidumbre. En 26 de las publicaciones analizadas, equivalentes al 20,3% de la muestra, se desconocía el origen geográfico de los restos, mientras que en otros casos la procedencia indicada no podía verificarse. Entre las 102 entradas que sí atribuían un origen a las piezas, Egipto era el más frecuente, con 44 casos, seguido de Sudamérica con 21. Desconocer la trayectoria de un cuerpo momificado dificulta saber dónde permaneció almacenado, en qué condiciones ambientales estuvo durante años o décadas y qué tratamientos recibió. Todos esos factores pueden influir tanto en su estado de conservación como en los posibles riesgos asociados a su manipulación.

El peligro tampoco se limita necesariamente a quien adquiere una pieza. Los investigadores localizaron 22 publicaciones en las que se manipulaban restos humanos momificados sin guantes. Un embalaje puede dañarse durante el transporte o ser abierto durante una inspección, exponiendo a personas que desconocen qué contiene. Trabajadores de almacenes, repartidores, empleados de centros logísticos y funcionarios de aduanas pueden entrar así en contacto con los restos sin utilizar el equipo de protección necesario. El problema se agrava cuando faltan las declaraciones, el etiquetado o el embalaje apropiados. Aunque el propio estudio señala que la probabilidad de que restos momificados históricos transmitan enfermedades a personas sanas es pequeña, advierte de que el riesgo puede ser mayor para quienes tienen el sistema inmunitario comprometido.

Un comercio que también esquiva las normas postales

El transporte es precisamente uno de los puntos que más preocupan a los autores. La revisión de las políticas de diferentes empresas postales y de mensajería muestra que, con algunas excepciones, el envío nacional o internacional de restos humanos está prohibido. Algunas compañías permiten transportar cenizas bajo condiciones específicas. Aun así, el equipo encontró evidencias de restos momificados enviados por correo dentro de un mismo país y entre países. Una de las imágenes analizadas correspondía a un comprador estadounidense que había recibido desde Reino Unido restos humanos momificados enviados mediante Royal Mail, pese a que las normas de la compañía prohíben transportar restos humanos distintos de los cremados. Los investigadores consideran que algunas directrices son difíciles de localizar o demasiado ambiguas y reclaman reglas más visibles y precisas.

El estudio también alerta sobre declaraciones aduaneras que no describen correctamente el contenido del paquete. Documenta, por ejemplo, un envío en Reino Unido clasificado mediante un código iniciado por 9023, destinado a instrumentos, aparatos y modelos utilizados con fines educativos o expositivos y que no permite transportar restos humanos. Los autores señalan también la posible utilización de códigos iniciados por 9705, destinados a colecciones y piezas de interés arqueológico, histórico o anatómico. A su juicio, estas categorías deberían mencionar explícitamente los restos momificados. De esa forma, vendedores, empleados postales y agentes de aduanas podrían identificar con mayor facilidad qué restricciones se aplican y detectar posibles clasificaciones incorrectas u ocultaciones del contenido.

Los riesgos asociados a los hongos tampoco son únicamente teóricos, aunque el propio trabajo pide cautela al relacionar episodios históricos concretos con las momias. Investigaciones anteriores han detectado géneros como Aspergillus, Penicillium y Stachybotrys en restos humanos y espacios funerarios. Sus esporas pueden permanecer latentes durante largos periodos y pasar al aire cuando se altera el entorno. El estudio recuerda el caso de los científicos que participaron en la apertura de la tumba del rey Casimiro IV Jagellón en Cracovia durante la década de 1970: la exposición e inhalación de esporas de Aspergillus se ha relacionado con la muerte de diez de los doce conservadores. También recoge la hipótesis de que una aspergilosis grave pudo contribuir a la muerte de Lord Carnarvon tras la apertura de la tumba de Tutankamón, aunque lo presenta como una posibilidad y no como un hecho demostrado.

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