Si usted, querido lector, forma parte de esa generación nacida entre 1957 y 1977, denominada Baby boom, que sepa que estamos todos muertos. Sí, tal cual lo leen. Yo, que no tengo ningún problema en decir mi edad (59 años), me encuentro dentro de un grupo en el que, por lo visto, somos zombis. Sí, efectivamente: esos muertos vivientes que no saben ni son conscientes de que han pasado a mejor vida y caminan por el mundo como autómatas.
Se preguntará que por qué afirmo esto con tanta rotundidad. Llegué a esta conclusión tras hablar con una amiga que acaba de ser madre y que, a la pregunta de si había apuntado a su hija de cuatro meses a nadar para que pueda disfrutar de la playa a lo grande, me contestó que no. Me dijo que su pediatra se lo había “prohibido” y que no podría meterla en el agua del mar o la piscina hasta los seis meses. Que era muy malo, peligroso y, en resumen, nada aconsejable.
Así que volví la vista atrás para recordar lo que, por lo visto, no se podía hacer y que nosotros hacíamos desde pequeños.
Días de clases eternas en los que, a mis seis años, mi madre me mandaba al colegio y me daba cinco duros para comprar tres vienas en la panadería del final de la calle Puerto de Piqueras, en el barrio de la Ciudad de los Condes de la Rochelambert.
Mañanas de recreo en las que la chiquillería salía a grito pelado corriendo hasta la tienda de Remedios para comprar lo que diera con cinco pesetas.
Veranos de sol en los que no nos ponían protección solar porque no recuerdo que existiera. Y en los que aprendíamos a nadar solos y nos tirábamos desde el trampolín más alto porque se suponía que eras más valiente.
Éramos la generación del blanco y negro. La de Un globo, dos globos, tres globos. Los que estábamos todo el día en la calle jugando al “cielo, cielo voy”, al teje, al escondite entre los pocos coches que había en el aparcamiento. Los que pasábamos horas enteras tirando un paracaidista de plástico amarillo para ver quién lo lanzaba más alto y más rápido.
Niños y niñas que nos juntábamos en las tardes de calor sentados en las escaleras de los bloques charlando vete tú a saber de qué. Escaleras que subíamos y bajábamos como si no hubiera un mañana.
Caminatas en verano por la playa sin chanclas, sobre una arena que abrasaba.
Éramos esos niños con ganas de caernos para tener una herida y embadurnarla de mercromina roja para que todo el mundo te preguntara qué te había pasado y escuchar un conjunto de voces unidas por el clásico: “¡Ooooooohhhhh!”.
Fuimos los que no adoptamos ningún rol porque no sabíamos que los hubiera. Los que eran llamados por las madres y nos ponían firmes con eso de “para arriba y sanseacabó, venga”. Esas madres a las que intentabas replicar y no te dejaban, con su famoso “ni peros ni peras”.
Somos, en definitiva, aquellos que no veíamos peligro en nada como nuestros padres y que, por ese pequeño detalle, precisamente, nadie se explica cómo estamos vivos.
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