Hay una paradoja que suele pasar inadvertida. Vivimos un poco obsesionados con las tareas pendientes. Los objetivos del trimestre, los proyectos con fecha de entrega, las lecturas pendientes, las listas de tareas acumuladas, las metas planteadas... Todo parece diseñado para cerrarse cuanto antes y dejar paso a lo siguiente. Intuyo que hay algo en nuestra experiencia cotidiana que se resiste a esa abrumadora lógica del cierre. Creo que los asuntos verdaderamente esenciales cobran profundidad cuando no encuentran una conclusión definitiva. De hecho, las vidas logradas no se reducen a encadenar objetivos cumplidos. Con el tiempo he comprobado que esa plenitud sigue como un cortejo a quien habita procesos que nunca se agotan. Cualquiera que haya conseguido alguna meta difícil –una oposición, un ascenso, una obra acabada...– reconoce un extraño sentimiento. Cerrar por fin la carpeta, apagar el ordenador, volver a casa y descubrir con sorpresa que el mundo sigue igual. No es tristeza, pero tampoco la satisfacción prometida. Surge de súbito una duda latente: ¿Y ahora qué? Los manuales del éxito preparan para alcanzar metas, pero rara vez enseñan a vivir una vez alcanzadas.
Los griegos tenían una palabra para el deseo que nos mueve hacia el bien: orexis. Mientras deseamos algo, caminamos hacia ello. En cambio, cuando un deseo logra la meta que lo sostenía, queda por un instante suspendido y sin brújula. Puede que el problema radique, más que en el logro de objetivos, en creer que conforman el horizonte de una vida. Hay, en cambio, otra forma más alta de empresa humana. Por ejemplo, el amor no conoce puerto de llegada. Amar es una tarea que nunca termina. Cada vez que creemos haber comprendido a quien amamos, esa persona revela una dimensión nueva, sea una fragilidad, una alegría, una herida o una grandeza inesperada. El amor no se perfecciona como lo hace una técnica. Se profundiza. Y en esa diferencia se juega casi todo. Ocurre lo mismo con la búsqueda de la verdad. El filósofo que dedica su vida a comprender la conciencia humana nunca llega a pronunciar del todo “ya sé”. Cada respuesta que merece ese nombre abre nuevas preguntas. Y eso, lejos de ser una frustración, es lo que hace que la filosofía, la ciencia honesta o cualquiera de los distintos saberes puedan ocupar una vida entera.
La diferencia se juega entre habitar y tener. Habitar algo es vivirlo desde dentro y dejarse transformar por ello. Se puede tener un cargo o cualquier otra señal de conquista. Pero, si todo alrededor se vuelve incierto, lo que sostiene la vida es la calidad del rumbo. Las tareas grandes, en cambio, se habitan. Quien ha criado a un hijo lo sabe. Nadie llega un día a casa y puede decir: “Ya está, ya he terminado de ser padre”. Cada etapa nos transforma. Y en la imposibilidad de agotarlas acaso resida la vida buena. En las cosas que importan no hay final; se entra cada vez más en el fondo. Los medievales llamaban desiderium al deseo que no cesa porque su objeto es inagotable. Quien se entrega a una tarea sin fin –quien ama de verdad, quien piensa en serio, contempla con paciencia, educa o crea– descubre algo paradójico. Porque nunca termina, tampoco se agota. Conserva viva la curiosidad y vivo el asombro. Y sigue creciendo incluso en la vejez.
¿Es esa la figura de la plenitud? No hablo de quien lo ha conseguido todo, sino de la plenitud de quien permanece en camino hacia algo más grande que él. La de quien no clausuró su propósito demasiado pronto. El secreto, si existe, debe de estar en descubrir esa tarea imposible de agotar y entregarle la vida entera. Sin la ansiedad de quien necesita terminarlo todo. Sin la soberbia de quien cree poder poseerlo todo. Sabiendo que nunca llegará el día en que pueda decirse que se acabó, que ya no hay más. Las cosas verdaderamente importantes nunca tienen una última casilla. En las cosas que importan, ese día no llega nunca. Y eso, amigo lector, lejos de ser una derrota, es la mejor de las noticias.
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