Mis amigas están en esa etapa en la que ya no quieren perderse ninguna. Lo de que ‘a partir de tal edad vas cuesta abajo’ quiere decir, en realidad, que te lanzas por todos los toboganes. Y no veas qué risas.
Mis amigas están en esa etapa en la que ya no quieren perderse ninguna. Lo de que ‘a partir de tal edad vas cuesta abajo’ quiere decir, en realidad, que te lanzas por todos los toboganes. Y no veas qué risas.
Sin embargo, sin entradas para los conciertos de Rosalía y Fito Páez, ya buscaban planes B nombrando músicos que ni conozco. Las interrumpí con un «¡Lo importante es estar juntas!». ¿Y si nos vamos a alguno de esos lugares donde se vea estupendamente el eclipse?
Y, lo mismito que en ‘El Alquimista’, de Paulo Coelho —¡alerta espóiler!—, donde un joven pastor viaja desde España hasta Egipto en busca de un tesoro oculto para descubrir que siempre estuvo en el punto de partida, va y resulta que Ibiza, nuestra Ibiza, estaba en esa «franja de la totalidad» —que anda que no suena estupendo eso—.
Es más, iremos juntas a verlo exactamente a mi pueblo: Sant Antoni. Porque, aunque amanece que no es poco, pocos lugares tan privilegiados para despedir al Sol sobre el Mediterráneo.
Dicho y hecho. Compré los billetes y hasta puede que fuera de los primeros seres humanos en hacer acopio de gafas homologadas.
Otra instantánea para el álbum de la memoria. La superluna azul de sangre —se denominó así a la extraordinaria coincidencia de un eclipse total de Luna con una superluna y una luna azul— de 2018 me pilló viviendo en Benarés, India. Paralizando la ciudad, no por curiosidad, como apunta el eclipse solar, sino por miedo. Porque aunque India es el país con más ingenieros —no se me pongan celosos, que España es el país con más calvos—, convive con una exuberante colección de supersticiones. Los eclipses son considerados un mal presagio y aquella convergencia de factores solo podía ir acompañada de calamidades.
La creencia más extendida es que los eclipses son obra del demonio Rahu. Decapitado por Vishnu —uno de los dioses más venerados del hinduismo—, su cabeza vaga desde entonces persiguiendo al Sol y la Luna. Cuando los atrapa... los devora, defecándolos poco después.
En la mitología coreana es un Bulgae —o perro de fuego—, una bestia del reino de la oscuridad quien persigue los astros, causando eclipses cuando alcanza a morder los cuerpos celestes.
En Vietnam es una rana gigante quien se traga el Sol. Y es su amo, el señor de Han, quien la convence de que lo escupa. Según los indígenas Choctaw, una ardilla roe el Sol, y según los Pomo, un oso. En la mitología javanesa es Batara Kala, dios de la oscuridad quien se lo traga e intentan convencer de que lo escupa ofreciéndole sacrificios y tocando tambores. También en China el ruido de tambores puede salvar al Sol de que se lo coma un dragón celestial. De hecho, la palabra china para eclipse, rìshí, significa literalmente comerse el Sol.
En la mitología andina, para evitar la muerte del astro devorado por un puma, hay que ahuyentarlo con los gritos de los niños. Para los Kwakiutl —costa occidental de Canadá—, hay que danzar y cantar alrededor de una hoguera humeante con la esperanza de provocar que la criatura celestial que se tragó al Sol lo estornude.
Para los Batammariba —un pueblo africano de la región de Koutammakou—, un eclipse no está causado por ninguna criatura, sino por los propios astros cuando entran en conflicto. El único modo de evitar que el Sol y la Luna «lleguen a las manos» es que los habitantes de la Tierra resuelvan, a su vez, todos sus conflictos.
En la antigua Grecia —eclipse deriva del griego ekleípseis; desaparición. No en vano en Esparta se llamaba ekleipon a los soldados desertores—, se interpretaba como un enojo de los dioses que tiraban la toalla abandonando el mundo.
Al final, cada cultura acabó criando su propio monstruo. No se me pongan celosos. También nosotros.
Porque aunque el miedo más conocido quizá sea el de los irreductibles galos resistiendo al invasor y, sin embargo, temiendo que el cielo cayera sobre sus cabezas, todos somos descendientes del miedo. Desde aquellos tiempos en que vivíamos en una cueva y la misión de nuestro cerebro era mantenernos con vida en un mundo con depredadores. Libres de ellos, en lugar de celebrarlo, nuestras partes más primitivas quedaron huérfanas. Y compran y nos dejan a merced de unos pocos viejos miedos heredados. Y de otros muchos nuevos, recién inventados en TikTok. Quiero decir que hay miedos que no son miedos. Son elección.
Cada uno elige sus lobos, osos, dragones, demonios, ranas gigantes, dioses airados, profetas o algoritmos… qué pena elegir los que viven de asustarnos, ¿no?
Aquella asombrosa superluna azul de sangre tenía el Ganges ebullendo de gente entregada, cada uno a su distinto miedo, a su creencia distinta… Repitiendo mantras, oraciones. Balanceándose como campanas. Purificándose en el agua y pidiendo a todos los dioses su perdón. Y yo, tan hipnotizada mirándolos que cada tanto tenía que recordarme levantar la vista al cielo. Al eclipse.
« ‘No entiendo cómo buscan a Dios en el seminario’, pensó mientras miraba el sol». ‘El Alquimista’.
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